Senderos que frenan la despoblación en la Alpujarra de Motril

Club Costa Tropical · El Diario

Senderos que frenan la despoblación en la Alpujarra de Motril

En las pedanías de Motril, como Cázulas o Los Tablones, el senderismo atrae a 12.000 visitantes anuales y abre una vía contra el abandono rural. ## La Alpujarra de Motril: un territorio en riesgo de vaciarse El descenso demográfico en las pedanías motrileñas de la Alpujarra no es un fenómeno

En las pedanías de Motril, como Cázulas o Los Tablones, el senderismo atrae a 12.000 visitantes anuales y abre una vía contra el abandono rural.

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La Alpujarra de Motril: un territorio en riesgo de vaciarse

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El descenso demográfico en las pedanías motrileñas de la Alpujarra no es un fenómeno reciente, sino el resultado de un proceso de erosión silenciosa que se arrastra desde hace décadas. Núcleos como Cázulas, Los Tablones o Puntalón, antaño sustentados por una agricultura de minifundio y el cultivo de secano, han visto cómo sus censos se desplomaban hasta situarse, según los últimos datos del INE, muy por debajo de los 200 habitantes empadronados. La rentabilidad del campo, esquilmada por la falta de relevo generacional y la mecanización de las grandes explotaciones del litoral, empujó a los jóvenes a buscar oportunidades en la costa o en las capitales de provincia.

Este vaciamiento progresivo sitúa a estas localidades en una posición de vulnerabilidad extrema. La Ley de Despoblación de Andalucía establece el umbral de los 3.000 habitantes para declarar un municipio en riesgo, una cifra que multiplica por quince la población real de estas pedanías, que dependen administrativamente de Motril. La falta de servicios básicos actúa como un mecanismo de expulsión: la ausencia de centros educativos, comercios de proximidad o una red de transporte público eficiente convierte la vida cotidiana en un ejercicio de resistencia para los pocos vecinos que permanecen.

El abandono de la agricultura tradicional ha tenido un efecto dominó sobre el tejido social y económico del territorio. Las acequias de origen morisco, que durante siglos vertebraron el paisaje y la economía local, se deterioran sin manos que las mantengan, mientras las terrazas de cultivo se cubren de matorral. La despoblación no solo borra habitantes del padrón, sino que erosiona un paisaje cultural construido durante generaciones, un patrimonio que ahora se intenta revalorizar desde otras perspectivas, como el senderismo o el turismo rural.

La presión urbanística del litoral motrileño, a apenas veinte minutos en coche, ha actuado como un imán irresistible para las nuevas generaciones. El contraste entre la oferta de empleo y ocio de la costa y la quietud de las cumbres alpujarreñas ha decantado la balanza de manera contundente. Mientras los municipios costeros crecen y diversifican su economía, las pedanías del interior se convierten en refugios de fin de semana o segundas residencias, un uso estacional que no genera tejido social permanente ni demanda de servicios estables.

Las administraciones públicas son conscientes de la gravedad de la situación, aunque las soluciones tardan en materializarse sobre el terreno. La Diputación de Granada y el propio Ayuntamiento de Motril han incluido a estas pedanías en sus estrategias contra la despoblación, con programas de ayudas a la rehabilitación de viviendas o la promoción de sus recursos naturales. Sin embargo, los vecinos denuncian que las medidas llegan con cuentagotas y que la burocracia frena iniciativas que podrían fijar población, como la creación de alojamientos rurales o la recuperación de huertas para el autoconsumo.

El futuro de estas localidades se juega en la capacidad de generar un modelo económico alternativo que no dependa exclusivamente de la agricultura tradicional. La cercanía a la costa y la existencia de un patrimonio natural y etnográfico singular son activos que, bien gestionados, podrían atraer a nuevos pobladores. Pero el tiempo corre en contra: cada cierre de un bar, cada casa que se derrumba, cada anciano que fallece sin relevo, consolida una dinámica de declive que resulta muy difícil de revertir.

Vía Verde de la Costa Tropical: un corredor que conecta y reactiva

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El antiguo trazado del ferrocarril Motril-Granada, clausurado en la década de los ochenta, ha renacido bajo una nueva identidad. La Vía Verde de la Costa Tropical se ha convertido en un corredor de vida que serpentea entre el litoral y las primeras estribaciones de la Alpujarra, rescatando del olvido un patrimonio ferroviario que durante décadas fue el pulso económico de la comarca. El tramo ya rehabilitado entre Motril y Vélez de Benaudalla registra más de 50.000 usos anuales, una cifra que evidencia la consolidación de este itinerario como infraestructura de ocio y movilidad cotidiana, según los datos del Consorcio de la Vía Verde.

Este trazado de aproximadamente doce kilómetros discurre paralelo al curso del río Guadalfeo, ofreciendo un paisaje cambiante donde los cultivos subtropicales dan paso a los cortados calizos y los túneles que antaño horadaban la montaña. La rehabilitación ha respetado los elementos originales de la línea, como las estaciones de Puntalón y Los Tablones, que ahora funcionan como áreas de descanso y puntos de información para los usuarios. El firme, compactado y accesible, permite que ciclistas, caminantes y personas con movilidad reducida disfruten de un recorrido seguro, alejado del tráfico rodado.

La conexión con las pedanías de la Alpujarra de Motril es uno de los aspectos más relevantes de este proyecto. La Vía Verde actúa como un eje vertebrador que comunica núcleos como Puntalón, Tablones o el propio Vélez de Benaudalla, facilitando el desplazamiento de los vecinos que aún residen en estas pequeñas localidades. Para muchos de ellos, este corredor se ha convertido en una alternativa real al vehículo privado para sus desplazamientos diarios, ya sea para acudir al centro de salud, realizar gestiones administrativas o simplemente para mantener viva la conexión con la capital costera.

El impacto turístico de la infraestructura se percibe con claridad en los negocios locales. Los establecimientos hosteleros de Vélez de Benaudalla han visto incrementar su clientela durante los fines de semana, atraída por un público que combina la práctica deportiva con el descubrimiento gastronómico de la zona. Los alojamientos rurales de las pedanías intermedias comienzan a recibir reservas de visitantes que buscan una experiencia diferente, alejada del turismo masivo de la costa, y que encuentran en este corredor verde el hilo conductor perfecto para explorar el interior.

La proyección de la Vía Verde hacia la Alpujarra representa una oportunidad estratégica para frenar la despoblación. El Consorcio trabaja en la prolongación del trazado hacia Órgiva, la capital histórica de la comarca, un tramo que atravesaría los municipios más afectados por la pérdida de habitantes. Esta extensión, que sigue el antiguo corredor del ferrocarril, permitiría conectar directamente el litoral con la Alpujarra media, creando un eje de movilidad sostenible que facilitaría la llegada de nuevos residentes atraídos por la calidad de vida de la zona.

Los estudios preliminares para esta prolongación contemplan la recuperación de varios túneles y viaductos que salvan los desniveles de la geografía alpujarreña, un desafío técnico que ha requerido de un minucioso trabajo de ingeniería. Las administraciones implicadas, entre ellas la Diputación de Granada y los ayuntamientos de la comarca, han mostrado su compromiso con un proyecto que consideran fundamental para el desarrollo económico del interior. La financiación europea, a través de los fondos de recuperación, podría cubrir una parte sustancial de los costes de esta ambiciosa infraestructura.

Más allá de su función turística, la Vía Verde se perfila como un elemento clave en la estrategia de fijación de población. La posibilidad de vivir en un entorno rural y desplazarse de forma sostenible hasta los núcleos urbanos cambia las reglas del juego para aquellos que teletrabajan o desarrollan profesiones vinculadas al sector servicios. La combinación de viviendas rehabilitadas a precios asequibles, un entorno natural privilegiado y una conexión directa con la costa convierte a las pedanías bañadas por este corredor en un destino atractivo para nuevos pobladores.

El fenómeno no es exclusivo de esta comarca granadina, pero aquí adquiere matices propios. La cercanía con Motril, una ciudad de más de 58.000 habitantes, garantiza el acceso a servicios sanitarios, educativos y comerciales sin renunciar a la tranquilidad del entorno rural. La Vía Verde actúa como ese hilo invisible que une dos realidades aparentemente contrapuestas, demostrando que la despoblación no es un destino inevitable sino el resultado de la falta de infraestructuras y oportunidades.

Los datos de uso del tramo ya operativo invitan al optimismo. Las 50.000 utilizaciones anuales se reparten de manera equilibrada entre los meses de temporada alta y los de invierno, lo que indica que no se trata de un fenómeno estacional sino de una infraestructura plenamente integrada en la vida de la comarca. Las escuelas de la zona organizan salidas didácticas por el trazado, los clubes ciclistas han establecido rutas regulares y numerosos vecinos han adoptado este corredor como su espacio habitual para el ejercicio físico.

La recuperación del patrimonio ferroviario tiene también un valor simbólico innegable. Las antiguas estaciones, los puentes de hierro y los túneles excavados a mano durante la dictadura de Primo de Rivera constituyen un legado histórico que merece ser preservado. La Vía Verde no solo recupera una infraestructura de transporte, sino que rescata la memoria de toda una época en la que el ferrocarril representó la esperanza de progreso para estas tierras. Cada kilómetro rehabilitado es un homenaje a aquellos trabajadores que construyeron una línea férrea considerada en su momento una de las más complejas de España por su orografía.

El futuro inmediato pasa por consolidar los logros alcanzados y ampliar el radio de acción de este corredor. La conexión con la red de senderos de la Alpujarra, que ya cuenta con rutas consolidadas como el GR-7 o el Sendero de los Cahorros, permitiría crear una malla de itinerarios que potenciaría aún más el atractivo de la zona. La coordinación entre las distintas administraciones y la implicación del sector privado serán determinantes para que este proyecto no se quede en una mera anécdota turística, sino que se convierta en el motor de una transformación profunda del territorio.

Ruta de los Tajos: un sendero que revaloriza el patrimonio rural

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El ascenso por la Ruta de los Tajos exige respeto, pero recompensa con creces al caminante que se atreve a mirar hacia abajo. El sendero se aferra a la roca, recortado sobre el vacío, y discurre por los acantilados que separan las cumbres de la Alpujarra de Motril del mar que se intuye a lo lejos. Es, probablemente, la experiencia más vertical y sobrecogedora de cuantas ofrece la comarca, y esa fama ha terminado por convertirla en una de las más demandadas por los aficionados al senderismo. Los datos de la Asociación de Senderismo de Motril confirman el fenómeno: la ruta ha registrado un incremento del treinta por ciento en el número de visitantes en los últimos dos años, una cifra que ha llamado la atención de los ayuntamientos de la zona.

Ese crecimiento no es fruto de la casualidad, sino de un trabajo de recuperación que ha sabido mirar al pasado para construir el futuro. El trazado aprovecha antiguos caminos de herradura que durante siglos comunicaron las pedanías con los cortijos y los bancales, y que el abandono había ido borrando del mapa. La rehabilitación ha sacado a la luz también un sistema de acequias de origen morisco que aún riega las huertas, y ha consolidado las construcciones de piedra seca que jalonan el recorrido, desde muros de contención hasta refugios de pastores. Todo ese patrimonio, que durante décadas fue considerado un simple vestigio del pasado, se ha convertido ahora en el principal activo de un territorio que busca alternativas a la despoblación.

La respuesta institucional no se ha hecho esperar. Los ayuntamientos de la Alpujarra de Motril han comprendido que la puesta en valor de estos recursos es una inversión estratégica, y han destinado partidas presupuestarias al mantenimiento y la señalización del sendero. Los paneles informativos que jalonan el recorrido explican al visitante la función de cada elemento patrimonial, desde la acequia que canaliza el agua de deshielo hasta los restos de una era de trilla. De este modo, la ruta deja de ser un simple ejercicio físico para convertirse en un viaje al corazón de una cultura agraria que se resiste a desaparecer.

El perfil del senderista que llega hasta estos tajos ha cambiado también en los últimos tiempos. Si antes predominaba el visitante ocasional, atraído por la espectacularidad del paisaje, ahora es frecuente encontrar a grupos organizados que buscan una experiencia más completa, que combine el esfuerzo con el conocimiento del territorio. Las empresas de turismo activo de la comarca han incorporado la ruta a sus catálogos, y los alojamientos rurales la ofrecen como uno de los atractivos principales de la zona. El resultado es un flujo constante de personas que, en muchos casos, prolongan su estancia y consumen en los comercios y restaurantes de las pedanías.

La conservación de este patrimonio no es, sin embargo, una tarea concluida. El mantenimiento de los muros de piedra seca requiere de un oficio que se está perdiendo, y las acequias necesitan una limpieza periódica para cumplir su función. Los ayuntamientos han empezado a colaborar con las asociaciones de vecinos y con los propietarios de las fincas para garantizar que el sendero se mantenga en condiciones óptimas, pero todos son conscientes de que el éxito de la iniciativa depende de la implicación de la comunidad local. La ruta, en definitiva, ha demostrado que el patrimonio rural puede ser un motor de desarrollo, pero también que su conservación exige un compromiso constante.

La experiencia de la Ruta de los Tajos ha servido de modelo para otras iniciativas similares en la comarca, que han visto en el senderismo una vía para frenar la sangría demográfica. Los caminos que durante siglos fueron la única conexión entre los pueblos y el exterior se han convertido ahora en una oportunidad económica, y los vecinos han empezado a mirar con otros ojos unos recursos que siempre tuvieron delante. El sendero, que antes era un simple paso entre campos, es hoy un argumento para quedarse y un reclamo para quienes buscan un turismo diferente, alejado del bullicio de la costa.

Testimonios de alcaldes pedáneos: entre la nostalgia y la esperanza

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El sol de media mañana apenas calienta las callejas empedradas de Cázulas cuando su alcalde pedáneo, José Antonio Rodríguez, señala hacia la puerta recién pintada de una casa rural. "Aquí no había nada hace cinco años", dice con una mezcla de orgullo y cautela. La pedanía motrileña, que apenas supera los ochenta habitantes censados, ha visto abrir dos alojamientos rurales en los últimos tres años, un síntoma de que algo se mueve en este rincón de la Alpujarra que durante décadas solo conocía la dirección de salida.

El regidor, que compagina su cargo con las tareas agrícolas, recuerda que el senderismo ha traído "un aire nuevo" a unas calles que parecían condenadas al silencio. Los fines de semana, grupos de caminantes recorren la Ruta de los Tajos y luego se detienen en el bar del pueblo, el único comercio que resiste. Esa pequeña inyección económica, aunque irregular, ha devuelto la vida a una plaza que durante los días laborables solo frecuentan los mayores y algún que otro niño durante las vacaciones.

En Los Tablones, la historia se repite con matices propios. Su alcalde pedáneo, Francisco Martínez, ha impulsado la recuperación del antiguo horno de pan, una infraestructura que durante generaciones fue el corazón social de la pedanía y que ahora se ofrece como atractivo turístico. "La gente quiere ver cómo se hace el pan como se hacía antes", explica Martínez, que ha convertido el viejo edificio en un punto de encuentro entre visitantes y vecinos. La iniciativa ha tenido tal acogida que ya se plantean organizar talleres periódicos durante la temporada alta de senderismo.

Ambos regidores coinciden en que el fenómeno no es casualidad. La señalización de las rutas, la promoción institucional y el boca a boca entre los aficionados al montañismo han colocado a estas pedanías en el mapa de los que buscan naturaleza auténtica. Sin embargo, también comparten una preocupación: el turismo de paso no basta para revertir la despoblación si no se resuelven los problemas estructurales que arrastran sus municipios desde hace décadas.

La falta de transporte público es, para ambos, la asignatura pendiente más urgente. Quien no tiene coche particular queda prácticamente aislado, dependiendo de la generosidad de los vecinos o de unos horarios de autobús que apenas existen. "Un joven no se viene a vivir aquí si no tiene forma de ir a trabajar a Motril o Granada", razona Rodríguez, que ve cómo la población de Cázulas envejece sin relevo generacional a la vista. La conexión con la capital comarcal resulta vital para cualquier proyecto de vida; hoy por hoy, esa conexión es un privilegio, no un derecho.

La cobertura móvil constituye el otro gran caballo de batalla. En pleno siglo XXI, con el teletrabajo como opción real para muchos profesionales, las pedanías de la Alpujarra de Motril siguen siendo zonas de sombra digital. Las llamadas se cortan, los datos no cargan y cualquier gestión online se convierte en una odisea. Martínez lo resume con una frase contundente: "Es difícil pedirle a alguien que se instale aquí cuando ni siquiera puede responder un correo electrónico desde su casa". Esta carencia, denunciada en reiteradas ocasiones ante el Ayuntamiento de Motril, sigue sin tener una solución a corto plazo.

A pesar de las dificultades, los dos alcaldes pedáneos mantienen un discurso en el que la esperanza pesa más que la nostalgia. Ambos han visto cómo el senderismo ha despertado el interés de personas que buscan una segunda residencia o un proyecto vital alternativo a la ciudad. Las casas que durante años permanecieron cerradas con llave y telarañas comienzan a mostrar signos de vida, aunque sea de forma intermitente. "No somos un pueblo muerto, somos un pueblo que respira más despacio", matiza Rodríguez, que prefiere hablar de oportunidades antes que de lamentos.

La clave, coinciden, está en que las administraciones entiendan que el senderismo no es un fin en sí mismo, sino una puerta de entrada a algo más grande. Un visitante que llega caminando puede convertirse en un futuro residente si encuentra las condiciones adecuadas. Y esas condiciones pasan por servicios básicos que hoy brillan por su ausencia. Mientras tanto, los vecinos de Cázulas y Los Tablones siguen haciendo de anfitriones, mostrando sus pueblos con orgullo y esperando que el esfuerzo colectivo dé sus frutos.

La conversación con ambos regidores deja una impresión clara: la despoblación no se combate solo con rutas señalizadas ni con folletos turísticos. Se combate con políticas valientes que garanticen la conectividad, la movilidad y los servicios esenciales. El senderismo ha abierto una ventana de oportunidad, pero la ventana puede volver a cerrarse si no se actúa con determinación. En sus palabras, hay una mezcla de gratitud por lo conseguido y de urgencia por lo que queda por hacer.

Vecinos que se quedan: historias de arraigo y emprendimiento

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El bar de María en Motril cerraba a las dos de la madrugada los fines de semana, pero el cansancio de servir copas no le impedía soñar con otra vida. Hace tres años, esta vecina de 45 años cambió la barra por las llaves de un albergue rural en Puntalón, una pedanía donde el silencio pesa tanto como la historia. Su establecimiento, con capacidad para una docena de huéspedes, se llena cada primavera con caminantes que recorren los senderos que unen la costa con las cumbres de Sierra Nevada.

La decisión de María no fue un arrebato romántico, sino una apuesta calculada tras observar durante años cómo los grupos de senderistas pasaban por Puntalón sin un lugar donde descansar. El albergue ofrece ahora literas, desayunos con productos de la zona y un punto de información sobre las rutas que atraviesan el valle. Los ingresos, reconoce, no alcanzan las cifras del bar, pero el balance entre calidad de vida y trabajo compensa con creces el cambio.

A pocos kilómetros, Juan, de 60 años, ha protagonizado la otra cara de esta moneda: la del regreso a la tierra. Heredó de sus padres unas parcelas de secano que llevaban dos décadas abandonadas, invadidas por el matorral y la maleza. En lugar de venderlas a un fondo de inversión, decidió recuperarlas y plantarlas de aguacates, un cultivo que en la Alpujarra de Motril encuentra un microclima privilegiado gracias a la cercanía del mar.

La producción de Juan no termina en la cooperativa, sino que viaja directamente a los restaurantes de la costa granadina, donde el aguacate de proximidad se ha convertido en un reclamo gastronómico. Sus árboles, que ya producen unas cuatro toneladas anuales, dan trabajo de forma temporal a tres vecinos de la pedanía durante la recolección. El negocio, dice, no le hará rico, pero le permite vivir donde creció y mantener vivo un paisaje que sin agricultura se convertiría en un erial.

Estas dos historias ilustran una tendencia que los técnicos municipales observan con cautela: el senderismo no solo trae visitantes que gastan en bares y tiendas, sino que también genera un ecosistema de oportunidades para quienes deciden quedarse. Los albergues, las casas rurales y los pequeños productores se benefician de un flujo constante de caminantes que buscan experiencias auténticas, lejos del turismo masivo de la costa.

El arraigo, sin embargo, no es un sentimiento abstracto, sino una decisión que implica superar obstáculos concretos. María tuvo que reformar un edificio antiguo con sus propios ahorros y enfrentarse a una burocracia que, en su opinión, no está pensada para los pequeños emprendedores rurales. Juan, por su parte, invirtió tres años en acondicionar el terreno y esperar a que los aguacates empezaran a dar fruto, un periodo sin ingresos que no todos pueden permitirse.

Las administraciones han comenzado a tomar nota de estas experiencias. El programa de senderismo de Almuñécar, que organiza rutas mensuales por la comarca, ha incluido en su calendario paradas en negocios locales como el albergue de María o la finca de Juan. La idea, explican los organizadores, es que los participantes conozcan de primera mano el trabajo de quienes mantienen vivo el territorio, y no solo el paisaje.

Los testimonios de estos emprendedores coinciden en un punto: la despoblación no se combate solo con infraestructuras, sino con la creación de un tejido económico que haga viable la vida en las pedanías. El senderismo, en este sentido, actúa como un catalizador que pone en valor recursos que siempre han estado ahí, pero que necesitaban una demanda para convertirse en sustento.

María ya piensa en ampliar el albergue con un pequeño huerto para dar de comer a sus huéspedes, mientras que Juan estudia la posibilidad de abrir una tienda online para vender sus aguacates fuera de la provincia. Ambos saben que su éxito no depende solo de su esfuerzo, sino también de que los senderos sigan atrayendo visitantes año tras año. Por eso colaboran con las asociaciones de vecinos y con los ayuntamientos para mantener limpios los caminos y señalizadas las rutas.

La apuesta de estos vecinos no ha pasado desapercibida para los más jóvenes. En Puntalón, dos hermanos de veintitantos años han empezado a rehabilitar una casa familiar con la idea de convertirla en una casa de turismo rural. Su proyecto, todavía en fase inicial, se inspira directamente en el ejemplo de María, que ha demostrado que es posible ganarse la vida en un pueblo de menos de doscientos habitantes.

El futuro de la Alpujarra de Motril, sugieren estas historias, no pasa por recuperar las cifras de población de hace medio siglo, sino por construir un modelo sostenible donde cada vecino que se queda genera un efecto multiplicador. Un albergue atrae a caminantes, esos caminantes compran aguacates, y esos aguacates dan trabajo a los recolectores. La cadena es frágil, pero funciona, y cada eslabón que se suma refuerza al conjunto.

Mientras el sol se pone tras las montañas, María prepara las habitaciones para un grupo de alemanes que llegará al día siguiente. Juan riega sus árboles con el agua de la acequia que sus abuelos ya utilizaban. Ninguno de los dos piensa en marcharse, y esa obstinación silenciosa es, quizá, la mejor noticia para una comarca que se resiste a desaparecer del mapa.

El auge del senderismo: cifras que invitan al optimismo

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Los números dibujan un panorama que contradice la tendencia general de la comarca. Según los registros de la Federación Andaluza de Montañismo, el número de senderistas en la Costa Tropical ha crecido un 25% en los últimos cinco años, un incremento que tiene en la Alpujarra de Motril su epicentro principal. Las rutas de la zona, con la Vía Verde y la Ruta de los Tajos a la cabeza, concentran el 40% de las visitas de toda la comarca, lo que convierte a estos caminos en el principal activo turístico del interior motrileño.

La Oficina de Turismo de Motril maneja cifras que refuerzan esta tendencia. El 60% de los turistas que visitan la zona realiza alguna ruta de senderismo durante su estancia, y lo que resulta más significativo para la economía local: el 30% de ellos pernocta en las pedanías. Este dato rompe con la dinámica histórica del turismo de sol y playa, donde el visitante se limitaba a bajar a la costa al caer la tarde, dejando los pueblos del interior como un simple decorado de paso.

El perfil del senderista que llega a la Alpujarra de Motril ha evolucionado en los últimos años. Ya no se trata únicamente del excursionista ocasional que busca una actividad complementaria a sus días de playa, sino de un viajero más especializado, que planifica su ruta con antelación y que valora la autenticidad del paisaje y la tranquilidad de los núcleos rurales. La Vía Verde, que discurre por el antiguo trazado del ferrocarril, se ha convertido en la puerta de entrada perfecta para aquellos que se inician en esta práctica, mientras que la Ruta de los Tajos atrae a los caminantes con más experiencia, aquellos que buscan la dificultad técnica y las vistas vertiginosas sobre el valle.

El impacto económico de esta afluencia se deja notar en los pequeños establecimientos de las pedanías. Los bares y casas rurales de Cázulas, Lobres o Puntalón han visto aumentar su clientela fuera de la temporada estival, un fenómeno que hace una década era impensable. Los fines de semana de primavera y otoño, las plazas de estos pueblos se llenan de coches con matrículas de Granada, Málaga y Madrid, y los negocios locales han aprendido a adaptar sus horarios y ofertas a este nuevo perfil de visitante.

La estacionalidad sigue siendo una asignatura pendiente, pero los datos apuntan a que el senderismo está contribuyendo a suavizar la curva. Si tradicionalmente la actividad turística se concentraba en julio y agosto, ahora los meses de marzo, abril, mayo, septiembre y octubre registran una ocupación notable en las rutas y alojamientos rurales. Esta distribución más equilibrada a lo largo del año permite que los negocios locales mantengan una actividad más constante, lo que a su vez genera empleo estable en lugar de los contratos temporales ligados exclusivamente al verano.

Las administraciones públicas han tomado nota de esta tendencia y han comenzado a invertir en la mejora de la señalización y el mantenimiento de los senderos. La Junta de Andalucía, a través de su programa de homogeneización de rutas, ha trabajado en la unificación de los paneles informativos y en la creación de nuevos trazados que conecten los núcleos de población con los puntos de mayor interés paisajístico. Estas actuaciones, aunque todavía insuficientes, han contribuido a que las rutas de la Alpujarra de Motril sean más accesibles y seguras, un factor que los expertos consideran clave para mantener el crecimiento del número de visitantes.

El fenómeno no es exclusivo de esta comarca, pero aquí adquiere una dimensión particular por el contexto de despoblación en el que se produce. Mientras los censos municipales siguen cayendo, los caminos registran un tránsito creciente de personas que, aunque no se quedan a vivir, sí dejan un beneficio económico que ayuda a mantener servicios básicos en los pueblos. La relación entre senderismo y repoblación no es directa, pero los alcaldes pedáneos consultados coinciden en que sin esta actividad, la situación de sus localidades sería todavía más crítica.

Los datos de la Federación Andaluza de Montañismo también revelan un cambio en la procedencia de los senderistas. Si hace una década el visitante era mayoritariamente británico o alemán, ahora el peso se ha desplazado hacia el turismo nacional, con especial presencia de andaluces y madrileños. Este cambio tiene implicaciones positivas para la zona: el visitante nacional tiende a repetir, a recomendar los destinos a su entorno y a gastar más en la economía local que el turista internacional que llega con todo incluido desde su país de origen.

La consolidación de este modelo dependerá de la capacidad de las administraciones para mantener los senderos en buen estado y de la iniciativa privada para ofrecer servicios de calidad. Algunas pedanías ya han comenzado a organizar sus propias rutas guiadas, con la colaboración de vecinos que conocen cada recoveco del terreno y que actúan como prescriptores naturales de un patrimonio que les pertenece. Estas experiencias, todavía incipientes, demuestran que el senderismo puede ser algo más que una actividad de ocio: una herramienta de desarrollo rural con efectos tangibles sobre la economía y la demografía de la comarca.

Impacto económico: el senderismo como motor de negocio local

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El impacto económico del senderismo en las pedanías de la Alpujarra de Motril ya no se mide solo en kilómetros recorridos o en instantáneas compartidas en redes sociales. Un estudio de la Universidad de Granada cuantifica el efecto real: cada visitante que calza botas en estos senderos deja una media de 25 euros diarios en restauración, alojamiento y comercios de proximidad. Esa cifra, aparentemente modesta, se ha traducido en la apertura de tres nuevos establecimientos de restauración en Cázulas y Los Tablones durante los últimos dos años, un dato que contrasta con la tendencia al cierre que domina en otras zonas del interior granadino.

La restauración ha sido el primer eslabón en beneficiarse de esta corriente de excursionistas. Los antiguos bares de carretera, que durante décadas sobrevivieron gracias a la clientela local, han ampliado sus terrazas y renovado sus cartas para acoger a un público que busca productos de la tierra tras una jornada de marcha. El flujo constante de senderistas durante los fines de semana, especialmente en primavera y otoño, ha permitido consolidar plantillas que antes se reducían a la unidad familiar, generando empleo estable en núcleos donde la oferta laboral se limita tradicionalmente a la agricultura.

Más allá de los bares y restaurantes, el fenómeno ha impulsado la creación de pequeñas empresas de turismo activo que operan desde estas pedanías. Guías locales certificados ofrecen rutas interpretadas por los antiguos caminos de acequias y los bosques de castaños, mientras que otras iniciativas han apostado por el alquiler de bicicletas de montaña y por experiencias de ecoturismo que incluyen observación de aves o talleres de artesanía tradicional. Estos negocios, gestionados en su mayoría por emprendedores menores de cuarenta años, han encontrado en el senderismo una vía para asentarse en el territorio sin depender de la estacionalidad del turismo de sol y playa de la costa cercana.

El alojamiento rural ha experimentado una evolución paralela, aunque más lenta. Las casas rurales que antes se alquilaban por semanas completas durante el verano han adaptado su oferta a estancias más cortas, pensadas para el excursionista que pernocta una o dos noches. Los datos del estudio universitario indican que el gasto en alojamiento representa aproximadamente un tercio del desembolso total diario del senderista, lo que ha animado a varios propietarios a rehabilitar antiguas viviendas familiares para destinarlas al turismo rural, un proceso que también contribuye a frenar el deterioro del parque inmobiliario de estos núcleos.

La dinamización económica no se limita a los sectores directamente vinculados al visitante. Las panaderías, las pequeñas tiendas de ultramarinos y los productores locales de miel, vino o queso han visto incrementadas sus ventas gracias a la demanda de los senderistas que buscan llevarse un recuerdo gastronómico de la comarca. Algunos establecimientos han comenzado a ofrecer productos de kilómetro cero en sus desayunos y menús, creando un circuito de consumo que beneficia a toda la cadena productiva local y que refuerza la identidad del territorio como destino de turismo sostenible.

La creación de estas empresas de turismo activo ha tenido, además, un efecto multiplicador en el empleo juvenil. Los puestos de guía de montaña, monitores de actividades o responsables de alquiler de material requieren una cualificación específica que ha llevado a varios jóvenes de las pedanías a formarse en titulaciones relacionadas con el deporte y el medio ambiente. Esta profesionalización del sector constituye una alternativa real a la emigración hacia la costa o hacia las grandes ciudades, ofreciendo un proyecto de vida vinculado al territorio y a sus recursos naturales.

El Ayuntamiento de Motril, del que dependen administrativamente estas pedanías, ha observado con atención este fenómeno y ha comenzado a incorporar el senderismo en sus estrategias de desarrollo local. La señalización de nuevas rutas, la adecuación de áreas de descanso y la promoción conjunta de los senderos de la Alpujarra de Motril en ferias de turismo activo son algunas de las medidas que pretenden consolidar una tendencia que, por ahora, se sostiene sobre la iniciativa privada y el boca a boca entre aficionados al montañismo.

Los comercios locales, que durante años vieron pasar los autobuses de turistas sin que estos se detuvieran, han aprendido a adaptar sus horarios y su oferta a las necesidades del senderista. La venta de agua, frutos secos, fruta fresca o calzado de repuesto se ha convertido en un complemento de ingresos nada desdeñable para establecimientos que antes dependían exclusivamente de la clientela fija del pueblo. Esta adaptación demuestra que el impacto económico del senderismo no requiere grandes inversiones, sino una actitud receptiva hacia un visitante que valora la autenticidad del entorno.

La sostenibilidad del modelo dependerá, en buena medida, de la capacidad de estas pedanías para gestionar el crecimiento sin perder los valores que atraen al excursionista. La presión sobre los senderos más populares, la necesidad de aparcamientos o la gestión de residuos son retos que ya comienzan a plantearse en las reuniones vecinales, conscientes de que el equilibrio entre desarrollo económico y conservación del paisaje será la clave para que este motor no se agote.

El papel de las administraciones: inversiones y planes de futuro

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La apuesta institucional por los senderos como herramienta contra la despoblación se materializa en cifras concretas. El Ayuntamiento de Motril, en colaboración con la Junta de Andalucía, ha destinado 1,2 millones de euros a la mejora de la red de caminos de la Alpujarra de Motril, una inversión enmarcada en el Plan de Sostenibilidad Turística. Ese presupuesto no se queda en el asfaltado de rutas: contempla la señalización de nuevos trazados, la creación de áreas de descanso y la rehabilitación de antiguas vías de comunicación que el abandono había ido borrando del mapa.

La actuación más ambiciosa de este paquete es la solicitud formal para que la Vía Verde sea declarada Bien de Interés Cultural. El reconocimiento, que ahora estudia la Consejería de Cultura, otorgaría a este corredor un marco legal de protección que facilitaría tanto su conservación como su promoción turística a largo plazo. Los técnicos municipales consideran que esta figura administrativa blindaría el trazado frente a futuras especulaciones urbanísticas o degradaciones ambientales, garantizando que el recurso siga generando actividad económica para las pedanías durante décadas.

La inversión pública no se limita a la infraestructura física; busca crear un ecosistema económico alrededor del senderismo. Los fondos del Plan de Sostenibilidad Turística incluyen partidas específicas para la formación de guías locales, la creación de una marca promocional propia para la comarca y el desarrollo de aplicaciones móviles que permitan a los visitantes recorrer las rutas de manera autónoma. Estas iniciativas pretenden que el valor añadido de la actividad se quede en el territorio, generando empleo cualificado que fije población joven en los núcleos rurales.

La coordinación entre administraciones ha sido uno de los retos más complejos de este proceso. El Ayuntamiento de Motril actúa como entidad ejecutora, pero la Junta de Andalucía aporta la financiación y la Diputación Provincial colabora en la conservación de los tramos que discurren fuera del término municipal. Este esquema de gobernanza compartida ha requerido meses de negociaciones técnicas para delimitar competencias, aunque el resultado ha sido un plan integral que aborda tanto la vertiente turística como la social del fenómeno senderista.

Los responsables municipales ya trabajan en la siguiente fase del proyecto, que contempla la conexión de la red de senderos con los municipios vecinos de la Alpujarra granadina. La idea es crear un itinerario continuo que permita a los excursionistas recorrer la comarca de punta a punta, pernoctando en los distintos pueblos y generando un flujo económico distribuido de manera más equitativa. Para ello, se han iniciado conversaciones con los ayuntamientos de Cádiar, Ugíjar y Torvizcón, que han mostrado su disposición a sumarse al proyecto.

La financiación europea juega un papel determinante en estos planes de futuro. Los fondos Next Generation, canalizados a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, han abierto una ventana de oportunidad que las administraciones locales no quieren desaprovechar. Los técnicos municipales trabajan contrarreloj para presentar proyectos elegibles antes de que finalice el plazo de ejecución de los fondos, previsto para 2026. La burocracia administrativa se convierte así en un obstáculo cotidiano que los equipos municipales sortean con paciencia y oficio.

Más allá de las infraestructuras, las administraciones han comenzado a abordar el problema de la vivienda, uno de los principales escollos para fijar población en las pedanías. La escasez de oferta de alquiler asequible ha llevado al Ayuntamiento de Motril a estudiar la rehabilitación de edificios municipales en desuso para convertirlos en viviendas de alquiler social destinadas a jóvenes y familias que quieran establecerse en la zona. Este proyecto, aún en fase de estudio, complementaría las actuaciones en materia de senderismo con una política habitacional que ataque la raíz del problema demográfico.

La apuesta por el senderismo como herramienta de desarrollo rural no está exenta de críticas. Algunos colectivos vecinales han expresado su preocupación por el impacto que la masificación de rutas pueda tener en el entorno natural, especialmente en los tramos que discurren por espacios protegidos de Sierra Nevada. Las administraciones han respondido con la elaboración de un plan de aforos y la implantación de sistemas de reserva previa para las rutas más demandadas, una medida que busca compatibilizar el desarrollo económico con la preservación del patrimonio natural.

El futuro inmediato pasa por consolidar los logros alcanzados y ampliar el radio de acción. La declaración de la Vía Verde como Bien de Interés Cultural, que se espera para los próximos meses, marcaría un hito en la estrategia de revitalización de la comarca. Mientras tanto, los operarios continúan trabajando en la señalización de los nuevos tramos, en la instalación de paneles informativos y en la adecuación de las áreas de descanso que jalonan las rutas. El paisaje de la Alpujarra de Motril se transforma lentamente, adaptándose a un nuevo modelo económico que busca reconciliar el desarrollo con la conservación de un territorio único en Europa.

Comparativa con otras comarcas: lecciones de la Alpujarra almeriense

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Al otro lado de la frontera provincial, la Alpujarra almeriense ofrece un espejo donde mirarse. Municipios como Laujar de Andarax o Pampaneira han conseguido lo que la vertiente granadina aún persigue: convertir los senderos en una industria capaz de retener población. Los datos de la Diputación de Almería reflejan un incremento del 40% en las pernoctaciones de casas rurales durante los últimos cinco años, un síntoma inequívoco de que el visitante ya no pasa de largo, sino que se queda a dormir y a consumir.

La diferencia no radica tanto en la belleza del paisaje, que es comparable, sino en la gestión del producto turístico. En la comarca almeriense, las rutas de senderismo están señalizadas con una coherencia que permite al caminante moverse sin depender de aplicaciones móviles o de la buena voluntad de un vecino. Cada sendero cuenta con paneles informativos, zonas de descanso y una conexión directa con los establecimientos de hostelería local, creando un circuito económico cerrado que beneficia a toda la cadena de valor.

El modelo almeriense se sustenta sobre una red de colaboración público-privada que en Granada aún se percibe como asignatura pendiente. Las asociaciones de empresarios turísticos de Laujar o Pampaneira mantienen reuniones periódicas con los ayuntamientos para coordinar calendarios de actividades, promociones conjuntas y mejoras en las infraestructuras. Esa comunicación fluida ha permitido que las rutas se adapten a la demanda real, con una oferta que combina recorridos de dificultad baja para familias con propuestas más exigentes para montañeros experimentados.

La promoción exterior es otro de los frentes donde la Alpujarra almeriense ha tomado ventaja. Las campañas de comercialización se dirigen específicamente a mercados europeos con alta tradición senderista, como Alemania, Países Bajos o Reino Unido, con materiales traducidos y una presencia activa en ferias internacionales de turismo activo. Esa estrategia ha logrado desestacionalizar la demanda, de manera que los meses de otoño e invierno registran ocupaciones que en la vertiente granadina se consideran impensables fuera del verano.

Las cifras de población acompañan este esfuerzo. Laujar de Andarax, cabecera histórica de la Alpujarra almeriense, ha logrado estabilizar su censo en torno a los 1.500 habitantes, una cifra modesta pero que contrasta con la sangría constante que sufren localidades similares del lado granadino. Pampaneira, con apenas 300 vecinos, ha conseguido mantener abiertos sus comercios tradicionales gracias al flujo constante de excursionistas que recorren la ruta de las Alpujarras, uno de los itinerarios más consolidados del sur peninsular.

La clave del éxito almeriense reside en la concepción del senderismo como una actividad económica seria, no como un complemento folclórico. Los ayuntamientos han invertido en la creación de empleo especializado, con técnicos de turismo que diseñan productos específicos y atienden las demandas de los visitantes con criterios profesionales. Esa apuesta por la cualificación ha generado puestos de trabajo estables en zonas donde la agricultura tradicional ya no ofrece oportunidades para los jóvenes.

El contraste con la Alpujarra de Motril resulta evidente en aspectos tan básicos como la conexión entre rutas. Mientras que en Almería los senderos forman una red articulada que permite recorrer la comarca durante varios días sin repetir trazados, en la vertiente granadina predominan los itinerarios aislados, pensados para la excursión de una jornada y sin apenas opciones de pernoctación intermedia. Esa falta de continuidad limita el gasto medio del visitante y reduce el impacto económico sobre el territorio.

Las infraestructuras de acogida marcan otra diferencia sustancial. La Alpujarra almeriense ha desarrollado una red de alojamientos rurales con estándares de calidad homologables a los de cualquier destino europeo de montaña, con certificaciones que garantizan servicios mínimos y una experiencia satisfactoria. En el lado granadino, la oferta de casas rurales sigue siendo heterogénea, con establecimientos que no siempre reúnen las condiciones necesarias para competir en un mercado cada vez más exigente.

La lección que arroja esta comparativa es clara: la despoblación no se combate con subvenciones ni con declaraciones institucionales. Hace falta una estrategia integral que convierta los recursos naturales en activos económicos reales, con inversión sostenida en señalización, promoción y formación. La Alpujarra almeriense ha demostrado que revertir la tendencia demográfica es posible cuando existe voluntad política y coordinación entre los agentes implicados.

El margen de mejora para la Alpujarra de Motril es considerable, pero también lo es el potencial. Los paisajes, la cercanía a la costa y la autenticidad de sus pueblos son activos que ningún competidor puede replicar con facilidad. Lo que falta es trasladar ese potencial a una oferta estructurada, con criterios profesionales y una visión de largo plazo que trascienda los ciclos electorales.

La experiencia almeriense demuestra que el senderismo puede ser mucho más que una actividad de ocio para los fines de semana. Bien gestionado, se convierte en una herramienta de desarrollo rural que genera empleo, fija población y preserva el patrimonio natural. La pregunta flota en el aire: ¿está la vertiente granadina dispuesta a aprender de su vecina, o preferirá seguir contemplando cómo los pueblos se vacían mientras los caminos se llenan de visitantes que no encuentran motivos para quedarse?

Las administraciones locales y provinciales tienen ahora la palabra. Los fondos europeos destinados a la lucha contra la despoblación ofrecen una oportunidad histórica para acometer las inversiones necesarias, pero el dinero sin estrategia se diluye. La Alpujarra almeriense no ha hecho nada extraordinario: solo ha aplicado sentido común y constancia durante años. Ese es el modelo que la comarca de Motril debería estudiar con atención si realmente quiere frenar la hemorragia demográfica que la amenaza.

Retos pendientes: accesibilidad, transporte y servicios básicos

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El espejismo del paraíso se desvanece en cuanto se intenta llegar a estas pedanías sin vehículo privado. La línea de autobús que conecta Motril con los núcleos de la Alpujarra alta ofrece apenas dos servicios diarios, un horario que convierte cualquier gestión administrativa, visita médica o trámite bancario en una odisea de jornada completa. Los vecinos que no disponen de coche, principalmente mayores y jóvenes, quedan atrapados en una dependencia estructural que condiciona su vida cotidiana y desincentiva la llegada de nuevos pobladores.

La brecha digital golpea con especial crudeza en este rincón granadino. La cobertura de telefonía móvil es intermitente y la conexión a internet por fibra óptica sigue siendo una asignatura pendiente en la mayoría de los núcleos dispersos. Esta carencia no solo frustra las expectativas de los nómadas digitales que podrían establecerse en la zona, sino que también lastra la digitalización de los pocos negocios existentes y dificulta la teleasistencia sanitaria, un recurso cada vez más necesario en una población progresivamente envejecida.

El estado de la red viaria secundaria constituye otro frente abierto. Las carreteras que serpentean entre los barrancos presentan un firme irregular y sufren desprendimientos periódicos tras los episodios de lluvia, lo que obliga a continuos desvíos y ralentiza los desplazamientos. Los vecinos llevan años reclamando un plan de mejora integral que garantice la seguridad vial, especialmente en los tramos que unen las pedanías con los núcleos urbanos de la costa, donde se concentran los servicios especializados.

La asistencia sanitaria se ha convertido en el símbolo más visible de estas carencias. El consultorio médico de Cázulas, que da servicio a varias pedanías del entorno, solo abre sus puertas dos días por semana, lo que obliga a los pacientes a desplazarse a Motril para cualquier urgencia o seguimiento médico. La apertura de un consultorio con atención diaria se ha convertido en una reivindicación histórica de los residentes, que ven cómo la calidad de vida en el territorio se resiente por una decisión administrativa que no contempla las particularidades de la dispersión geográfica.

Las administraciones han presentado iniciativas para paliar estas deficiencias, aunque los resultados se antojan lentos. El Ayuntamiento de Motril ha incluido en sus presupuestos partidas para el acondicionamiento de caminos rurales, y la Junta de Andalucía ha anunciado estudios para mejorar la conectividad digital en las zonas de montaña. Sin embargo, los plazos se dilatan y los residentes expresan su escepticismo ante lo que consideran promesas recurrentes que no terminan de materializarse en mejoras tangibles.

La cuestión de fondo radica en la rentabilidad económica de estos servicios. Las administraciones argumentan que mantener líneas de transporte regulares o consultorios médicos abiertos a tiempo completo en áreas con tan baja densidad poblacional resulta difícilmente sostenible. Los vecinos, por su parte, responden que sin servicios básicos garantizados resulta imposible fijar población, generándose un círculo vicioso que perpetúa la despoblación.

Algunas voces apuntan a soluciones innovadoras que combinan la prestación tradicional con nuevas fórmulas. El transporte a demanda, ya implantado con éxito en otras comarcas rurales andaluzas, podría adaptarse a las necesidades de estas pedanías, optimizando recursos sin renunciar a la cobertura. Del mismo modo, la telemedicina podría complementar la atención presencial en el consultorio de Cázulas, reduciendo desplazamientos innecesarios y mejorando la respuesta sanitaria.

La accesibilidad universal se presenta como otro reto pendiente. Las rutas de senderismo que han revitalizado la economía local no siempre cuentan con las condiciones adecuadas para personas con movilidad reducida, lo que limita un segmento turístico en crecimiento. La adecuación de algunos tramos y la señalización inclusiva podrían ampliar el abanico de visitantes y, con ello, las oportunidades de negocio para los emprendedores locales.

El transporte público, más allá de la conexión con Motril, adolece de una falta de interconexión entre las propias pedanías. Los desplazamientos entre núcleos vecinos requieren en muchos casos pasar por la capital municipal, lo que multiplica los tiempos de viaje y encarece cualquier actividad económica que requiera movilidad. Una red de transporte comarcal coordinada, que conecte las pedanías entre sí y con los municipios limítrofes, podría dinamizar un tejido productivo que hoy se encuentra fragmentado.

La presión sobre los servicios básicos se intensifica durante los fines de semana y periodos vacacionales, cuando la población flotante se multiplica por la afluencia de visitantes y propietarios de segundas residencias. Los recursos existentes, dimensionados para una población censal reducida, se ven desbordados puntualmente, generando tensiones entre residentes habituales y temporales que requieren una planificación más flexible.

El futuro de la Alpujarra de Motril no depende exclusivamente de la promoción de sus senderos, sino de la capacidad de las administraciones para abordar estas carencias estructurales. La apuesta por el turismo activo ha demostrado su potencial como revulsivo económico, pero difícilmente podrá consolidarse si quienes visitan la zona no encuentran unas condiciones mínimas de habitabilidad que inviten a quedarse. La mejora de la accesibilidad, el transporte y los servicios básicos se configura así como la condición indispensable para que el senderismo deje de ser una simple anécdota turística y se convierta en el motor de un verdadero proyecto de revitalización territorial.

El futuro: ¿puede el senderismo revertir la despoblación?

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El geógrafo José Antonio Camacho, profesor de la Universidad de Granada, prefiere alejarse de los dogmas cuando se le pregunta por el futuro de la comarca. En su análisis, el senderismo no es una panacea que vaya a devolver por sí solo los habitantes que se han marchado, pero sí constituye un engranaje fundamental para reactivar una economía que lleva décadas estancada. La clave, sostiene, está en entender que las rutas y los miradores son solo la punta de lanza de una estrategia mucho más compleja que debe abordar carencias estructurales.

El experto incide en que la creación de empleo vinculada al mantenimiento de senderos, la hostelería o las empresas de guías genera un tejido productivo que antes no existía en las pedanías de la Alpujarra de Motril. Esa actividad económica, por modesta que sea, actúa como un imán para que algunos jóvenes consideren quedarse o regresar. Sin embargo, Camacho advierte de que este impulso inicial se diluirá si no se acompaña de políticas decididas en materia de vivienda, servicios públicos y digitalización.

El reto de fondo es evitar que estos núcleos rurales se conviertan en meros escenarios turísticos, decorados pintorescos que se visitan los fines de semana y se abandonan el resto del año. La transformación debe ser más profunda: conseguir que la gente quiera vivir aquí, no solo contemplar el paisaje. Para ello, los ayuntamientos y la Diputación tienen la palabra, con iniciativas que van desde la rehabilitación de casas vacías hasta la mejora de la conectividad por carretera.

La digitalización aparece como un factor diferencial en este tablero. Un nómada digital que puede teletrabajar desde una casa con vistas a la vega necesita una fibra óptica fiable, no una señal intermitente que le obligue a volver a la ciudad. En este sentido, las inversiones en infraestructuras tecnológicas son tan importantes como la señalización de una nueva ruta de montaña. Sin esa base, el senderismo se queda en una experiencia de un día, sin capacidad de retener población.

Los datos demográficos de la zona siguen siendo preocupantes, con una media de edad que supera los cincuenta años en varias pedanías y una natalidad que no alcanza la tasa de reemplazo. Los expertos consultados coinciden en que el senderismo no revertirá esta tendencia por sí solo, pero sí puede ser el catalizador que haga atractiva la zona para nuevos proyectos vitales. La combinación de naturaleza, tranquilidad y una economía mínimamente activa es un cóctel que ya está funcionando en otras comarcas del sur de Europa.

La experiencia de la vecina Alpujarra almeriense demuestra que el camino es posible, aunque no exento de dificultades. Allí, el turismo de naturaleza ha logrado fijar población en municipios que hace veinte años parecían condenados al abandono. La diferencia, apuntan los especialistas, está en la capacidad de las administraciones locales para tejer alianzas con el sector privado y con los propios vecinos, evitando que la especulación turística expulse a quienes aún resisten.

En la Alpujarra de Motril, el futuro se juega en la capacidad de convertir los senderos en una herramienta de desarrollo integral, no en un fin en sí mismos. Las rutas que serpentean entre bancales y acequias son el escaparate, pero la verdadera batalla contra la despoblación se libra en las escuelas, los centros de salud y las oficinas bancarias. Si esos servicios básicos no están garantizados, ningún sendero, por espectacular que sea, logrará que una familia decida echar raíces en estas montañas.

Los próximos años serán decisivos para comprobar si las inversiones anunciadas se materializan en mejoras tangibles para los residentes. La administración autonómica ha mostrado sensibilidad hacia el problema, pero la coordinación entre las distintas consejerías y los ayuntamientos de la comarca sigue siendo una asignatura pendiente. Mientras tanto, los vecinos que han decidido quedarse miran con esperanza cada nueva señalización, cada grupo de excursionistas que llena los bares del pueblo, cada proyecto que promete traer algo de vida a sus calles.

La pregunta de si el senderismo puede revertir la despoblación no tiene una respuesta única. Depende de cómo se gestione, de qué políticas lo acompañen y de la voluntad colectiva de no convertir estos pueblos en museos al aire libre. Lo que parece claro es que, sin esta actividad, el panorama sería aún más desolador. El senderismo no es la solución mágica, pero es una de las pocas cartas que quedan sobre la mesa para intentar cambiar el rumbo de una comarca que se resiste a desaparecer del mapa.

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