Club Costa Tropical · El Diario
La Costa Tropical riega con algoritmos
En Motril, 1.200 sensores de humedad guían el riego de 3.500 hectáreas de subtropicales, fusionando la acequia tradicional con la inteligencia artificial.
En Motril, 1.200 sensores de humedad guían el riego de 3.500 hectáreas de subtropicales, fusionando la acequia tradicional con la inteligencia artificial.
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Del tajo a la tableta: la nueva piel del campo
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El surco abierto en la tierra húmeda de la vega de Motril ya no se mide solo con la vara de aceitunero, ni se comprueba únicamente hundiendo el dedo en el barro. Sobre la mesa de trabajo de muchos agricultores de la Costa Tropical conviven ahora dos herramientas que hace una década parecían incompatibles: el azadón heredado del abuelo y una tableta con la pantalla agrietada por el sol. La nueva piel del campo granadino se está cosiendo con sensores de humedad, estaciones meteorológicas portátiles y aplicaciones que prometen decir cuándo, cuánto y cómo regar. Pero el proceso no es uniforme ni mucho menos sencillo, porque la tecnología avanza más deprisa que la confianza de quienes llevan toda la vida leyendo el cielo.
Los datos de la Universidad de Granada dibujan un panorama de transición acelerada pero incompleta. El 60% de las explotaciones de chirimoya y aguacate en la costa granadina ya incorpora algún tipo de sensor, desde sondas de humedad enterradas a medio metro de profundidad hasta estaciones climáticas que miden la evapotranspiración en tiempo real. La cifra sorprende si se compara con la imagen tópica del agricultor reacio a cualquier novedad. Sin embargo, el mismo estudio revela un matiz decisivo: la mayoría de esos productores utiliza la tecnología como complemento, no como sustituto, del conocimiento tradicional. El sensor confirma lo que el agricultor ya intuía al observar el color de las hojas o la textura del suelo al amanecer.
Esa coexistencia entre lo analógico y lo digital define el momento actual del campo motrileño. Antonio Jiménez, técnico de campo de una cooperativa hortofrutícola de la comarca, lo explica con una imagen que circula entre los regantes: la app es como el parte meteorológico de la radio, se escucha, pero luego cada cual mira por la ventana antes de salir. La frase no es desprecio hacia la herramienta, sino una descripción precisa de cómo se está produciendo la adopción tecnológica. El agricultor no abandona su criterio; lo afina con datos que antes no tenía. El problema aparece cuando la brecha generacional convierte ese afinamiento en un privilegio.
El 80% de los andaluces usa la administración digital, según los registros oficiales de la Junta, pero en el campo motrileño la realidad se aleja de esa media autonómica. Solo el 35% de los agricultores mayores de 55 años maneja aplicaciones de riego con soltura, una cifra que contrasta con la penetración casi total entre los menores de 40. La brecha no es solo de acceso a dispositivos, que en muchos casos ya existen en los hogares, sino de familiaridad con interfaces diseñadas en despachos urbanos. Un formulario de la administración electrónica se puede rellenar con paciencia; una app de riego exige interpretar gráficos de humedad, ajustar umbrales y confiar en algoritmos que recomiendan abrir o cerrar válvulas.
Los técnicos de la Oficina Comarcal Agraria de Motril han detectado un patrón recurrente en sus visitas a las fincas. Los agricultores veteranos aceptan instalar los sensores, incluso pagan por ellos, pero luego delegan la lectura en un hijo, un nieto o un técnico externo. La información llega filtrada, traducida al lenguaje del campo, y el agricultor decide sin tocar la pantalla. Ese modelo de intermediación tecnológica funciona mientras hay alguien disponible para ejercer de puente, pero se vuelve frágil en explotaciones pequeñas donde el relevo generacional no está garantizado. La Costa Tropical produce aguacates y chirimoyas de altísimo valor, pero su estructura agraria sigue basada en minifundios familiares con márgenes estrechos.
La paradoja es que la tecnología de riego inteligente promete precisamente ahorrar agua, un recurso cada vez más caro y vigilado en una comarca con estrés hídrico crónico. Los sensores permiten regar por debajo de las dotaciones tradicionales sin mermar la producción, algo que los ensayos de la UGR han demostrado en parcelas experimentales de aguacate. El ahorro medio oscila entre un 15% y un 25% según el tipo de suelo y la pendiente del terreno. Esos porcentajes, traducidos a euros y a metros cúbicos, deberían bastar para convencer a cualquier productor. Pero la adopción no se rige solo por la lógica económica; intervienen la desconfianza ante lo que no se entiende, el miedo a perder una cosecha por un fallo técnico y la inercia de métodos que han funcionado durante generaciones.
En las terrazas abancaladas que trepan hacia la sierra, la señal de datos no siempre acompaña. Hay fincas donde el sensor envía lecturas intermitentes porque la cobertura móvil se pierde entre los bancales. Esa discontinuidad técnica alimenta el escepticismo de los más mayores: si la herramienta falla justo cuando más se necesita, la responsabilidad sigue recayendo en el ojo humano. Los fabricantes de equipos han empezado a instalar repetidores y a ofrecer soluciones con almacenamiento local, pero el problema de fondo persiste en las zonas más abruptas del litoral granadino.
La nueva piel del campo motrileño no es una sustitución limpia de lo viejo por lo nuevo. Es un tejido híbrido donde conviven el tajo y la tableta, la sabiduría del riego a manta y la precisión del gotero monitorizado. Los datos de la UGR confirman que el 60% de explotaciones con sensores no ha abandonado sus prácticas tradicionales; las ha enriquecido con una capa de información que antes no existía. El desafío para los próximos años no será tanto instalar más dispositivos como lograr que quienes hoy dependen de un intermediario para leerlos puedan algún día hacerlo solos. Mientras tanto, el campo granadino seguirá regándose con una mezcla de algoritmos y memoria.
Sensores que hablan con las acequias
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En la franja litoral que separa la sierra de la Alpujarra del Mediterráneo, la modernización hídrica ha adoptado una forma insólita: la de un diálogo entre la cerámica nazarí y el silicio. El Plan REGADÍA, alineado con la Sociedad Mercantil Estatal de Infraestructuras Agrarias (SEIASA), financia la modernización de 12.000 hectáreas en la Costa Tropical granadina. No se trata de sustituir los sistemas antiguos por otros nuevos, sino de injertar tecnología en un esqueleto hidráulico que lleva siglos funcionando. La comarca se ha convertido en un banco de pruebas donde los algoritmos aprenden a leer el lenguaje de las acequias.
La comunidad de regantes del Río Verde, en Almuñécar, ejemplifica esta convivencia. Sus responsables han instalado 450 caudalímetros y 120 sondas de humedad repartidos por una red de riego que se remonta, en algunos tramos, a la época nazarí. Los caudalímetros miden el flujo exacto que circula por cada ramal, mientras las sondas registran la humedad del suelo a distintas profundidades. Toda esa información viaja a una plataforma central donde los regantes pueden consultar, desde un teléfono móvil, cuánta agua necesita cada parcela en tiempo real. La acequia sigue siendo la misma; lo que ha cambiado es la precisión con la que se decide cuándo abrir o cerrar una compuerta.
Los resultados de esta hibridación han llamado la atención de los investigadores. Según datos de la Universidad de Granada, el agua ahorrada en la zona alcanza un 22% en solo dos años. Ese porcentaje no se traduce en una reducción del riego que pueda perjudicar a los cultivos subtropicales de la comarca —aguacates, mangos, chirimoyas—, sino en una gestión más afinada del recurso. El agua que antes se perdía por escorrentía o por un reparto desigual entre parcelas ahora se reinvierte en mejorar la eficiencia de las infraestructuras históricas. Las acequias, lejos de quedar obsoletas, reciben una segunda vida gracias a los datos que generan sus propios usuarios.
El caso del Río Verde desmonta la idea de que la digitalización del campo implica necesariamente el abandono de los saberes tradicionales. Los acequieros, figuras encargadas históricamente de distribuir el agua según turnos y costumbres, siguen siendo imprescindibles. Lo que ocurre es que ahora disponen de una capa adicional de información: saben, por ejemplo, que una finca concreta necesita menos agua porque la sonda indica que el suelo conserva humedad de la noche anterior. Esa decisión, que antes dependía de la intuición y la experiencia acumulada, se apoya ahora en mediciones objetivas. La tecnología no sustituye al acequiero; le proporciona un instrumento más para ejercer su oficio.
El Plan REGADÍA ha priorizado precisamente este enfoque de modernización respetuosa. En lugar de financiar grandes obras de hormigón que transformen el paisaje, los fondos se destinan a sensores, sistemas de telecontrol y pequeñas intervenciones que mejoran la estanqueidad de las conducciones. La lógica es clara: cada metro cúbico que no se pierde en el transporte es un metro cúbico que no hay que extraer del acuífero ni desalar en la planta de Motril. En una comarca donde la presión sobre los recursos hídricos es creciente debido al turismo y a la agricultura intensiva, ese ahorro tiene un valor estratégico.
La convivencia entre sensores y acequias plantea también retos de mantenimiento y formación. Un caudalímetro instalado en un ramal centenario requiere una calibración periódica y una protección adecuada frente a las avenidas de agua. Los regantes de mayor edad, acostumbrados a leer el caudal por la altura del agua en la acequia, han tenido que familiarizarse con interfaces digitales y alertas automáticas. Las comunidades de regantes han organizado sesiones formativas para que ningún comunero quede excluido del nuevo sistema. El proceso no ha estado exento de resistencias, pero la evidencia del ahorro ha ido convenciendo a los más escépticos.
Los datos recogidos por los sensores del Río Verde alimentan además investigaciones académicas sobre el comportamiento hidrológico de la comarca. La Universidad de Granada utiliza esa información para modelar escenarios de sequía y evaluar la resiliencia de los cultivos subtropicales ante el cambio climático. De este modo, una infraestructura de origen medieval se convierte en fuente de conocimiento científico para planificar el futuro del regadío en el litoral andaluz. La paradoja es fértil: cuanto más se digitaliza la acequia, más se comprende su lógica original de reparto equitativo y adaptación al terreno.
El modelo de la Costa Tropical empieza a despertar interés en otras zonas regables de Andalucía. La combinación de sensores de bajo coste, plataformas de gestión accesibles y respeto por las infraestructuras históricas ofrece una vía de modernización que no exige grandes inversiones en obra civil. El Plan REGADÍA, con sus 12.000 hectáreas financiadas, demuestra que la agricultura inteligente no es patrimonio exclusivo de las grandes explotaciones intensivas de Almería o Huelva. También puede arraigar en una comarca de minifundio y terrazas, donde cada gota de agua ha sido siempre un bien negociado entre vecinos.
La UGR como puente entre dos mundos
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En el edificio del Instituto de Investigación y Formación Agraria y Pesquera, a las afueras de Granada, un equipo de ingenieros agrónomos observa cada mañana una pantalla dividida en dos mitades. A la izquierda, los datos brutos que llegan del satélite Sentinel-2, con sus bandas espectrales y sus índices de vegetación normalizados. A la derecha, un mapa de la costa tropical salpicado de puntos verdes, amarillos y rojos que indican, finca por finca, si un aguacate necesita agua hoy, mañana o pasado. Entre ambos mundos media un trabajo de traducción que el grupo de investigación Tecnología del Riego, adscrito a la Universidad de Granada, lleva quince años perfeccionando.
El equipo, coordinado desde la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica y de Montes, comenzó a monitorizar cultivos subtropicales en la costa granadina cuando el aguacate aún no había alcanzado la extensión actual. Entonces trabajaban con estaciones meteorológicas dispersas y muestreos manuales en campo, un método lento que obligaba a visitar cada parcela para medir la humedad del suelo con sondas portátiles. La irrupción de las imágenes satelitales de acceso abierto cambió el enfoque por completo, al permitir observar el estrés hídrico de la vegetación desde el espacio con una frecuencia de pocos días.
La precisión actual del sistema alcanza el 92% en la estimación de necesidades hídricas del aguacate, una cifra que los investigadores consideran suficiente para tomar decisiones de riego en tiempo real. El modelo predictivo cruza dos fuentes principales: las imágenes multiespectrales del satélite Sentinel-2, que capturan la reflectancia de las hojas y permiten inferir el estado fisiológico del árbol, y los datos meteorológicos de la estación de Motril, que aportan temperatura, humedad relativa, velocidad del viento y evapotranspiración de referencia. Con esas variables, el algoritmo calcula cuánta agua ha consumido cada zona del cultivo y cuánta necesitará en los próximos días.
La labor de la UGR no termina en el cálculo matemático. El verdadero desafío, explican desde el grupo, consiste en convertir una serie temporal de valores espectrales en una recomendación que un agricultor pueda aplicar sin necesidad de interpretar gráficas complejas. Para ello han desarrollado una interfaz que traduce los resultados a un lenguaje sencillo: una alerta en el móvil que indica “riego recomendado en parcela 4, sector norte, durante 3 horas a caudal medio”. Ese mensaje resume en una frase lo que el satélite ha tardado días en medir y el servidor minutos en procesar.
La relación entre la universidad y los productores de la costa no fue inmediata. Durante los primeros años, muchos agricultores recelaban de un sistema que pretendía sustituir el conocimiento heredado por una aplicación informática. Los investigadores optaron entonces por una estrategia de validación continua: instalaron parcelas piloto en fincas colaboradoras, compararon las recomendaciones del modelo con las decisiones de los regantes experimentados y documentaron los resultados en términos de ahorro de agua y calidad de la cosecha. Los datos acumulados durante más de una década han terminado por convencer a buena parte del sector.
El papel de la UGR como puente entre el mundo digital y el mundo agrícola se materializa también en la formación. El grupo organiza jornadas técnicas en cooperativas de Motril, Almuñécar y La Herradura, donde los investigadores explican el funcionamiento del sistema con ejemplos prácticos y recogen las dudas que surgen desde el terreno. Esas sesiones han servido para ajustar el modelo a las particularidades locales, como la influencia del viento de poniente en la evapotranspiración o el comportamiento diferencial de las variedades Hass y Fuerte frente al estrés hídrico.
El trabajo de monitorización abarca hoy una superficie significativa de la costa tropical, con especial incidencia en los términos municipales de Motril, Salobreña, Almuñécar y Vélez de Benaudalla. Los investigadores han comprobado que las necesidades hídricas varían notablemente entre la franja litoral y las laderas más elevadas, donde la radiación solar y la pendiente modifican el balance de agua del cultivo. El modelo incorpora esas diferencias mediante una zonificación que divide el territorio en unidades homogéneas de manejo, cada una con su propia curva de demanda hídrica.
La financiación del proyecto procede de convocatorias autonómicas y nacionales de investigación aplicada, complementadas con convenios de colaboración con comunidades de regantes y empresas del sector. Esa combinación de fondos públicos y privados ha permitido mantener la continuidad del equipo durante tres lustros, un periodo inusualmente largo para un proyecto de investigación en el ámbito agrario. La estabilidad ha sido clave para acumular la serie histórica de datos que hoy sustenta la precisión del modelo.
Los próximos pasos del grupo apuntan hacia la integración de sensores de suelo en tiempo real y la ampliación del sistema a otros cultivos subtropicales, como el mango y el chirimoyo. También exploran la posibilidad de incorporar predicciones meteorológicas a medio plazo para anticipar las necesidades de riego con una semana de antelación, lo que permitiría a las comunidades de regantes planificar mejor la distribución del agua en periodos de escasez. La universidad, en este esquema, no pretende sustituir al agricultor, sino dotarle de una herramienta que amplíe su capacidad de decisión.
El puente entre los dos mundos se sostiene sobre una premisa que los investigadores repiten en cada jornada de campo: el dato solo tiene valor si se convierte en acción. Un mapa satelital sin interpretación es una imagen bonita; una recomendación de riego sin validación en campo es una opinión. La UGR ha construido su credibilidad en la costa tropical precisamente porque ha sabido recorrer ese camino en ambos sentidos, llevando la ciencia al surco y trayendo el surco a los laboratorios.
Chirimoya y aguacate: los cultivos que aprenden
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En la finca experimental de El Zahorí, a las afueras de Motril, la chirimoya ha dejado de ser un cultivo de intuiciones para convertirse en un organismo monitorizado. Los técnicos de la Universidad de Granada han comprobado que este frutal, emblema de la costa granadina, responde con una sensibilidad extrema al estrés hídrico. La falta de agua no solo reduce la producción, sino que castiga el calibre del fruto, ese parámetro que determina si una chirimoya alcanza la categoría comercial premium o se queda en el mercado de segunda.
Los ensayos realizados durante varias campañas demuestran que el riego deficitario controlado, guiado por algoritmos que procesan datos de sensores y estaciones meteorológicas, mantiene la producción estable. El hallazgo más relevante es que el calibre mejora, porque el árbol deja de competir consigo mismo y concentra los recursos hídricos en los frutos que ya tiene cuajados.
El algoritmo no decide por capricho, sino que aprende de cada ciclo fenológico. En la fase de crecimiento vegetativo, la chirimoya tolera una reducción hídrica moderada sin penalización productiva. En la fase de engorde del fruto, el sistema ajusta los aportes para evitar el rajado y la caída prematura.
Los datos recogidos en El Zahorí indican que el ahorro de agua oscila entre un 15 y un 20 por ciento según la campaña, sin mermas significativas en kilos por hectárea. La clave reside en la anticipación: el algoritmo cruza la humedad del suelo con la evapotranspiración del cultivo y la previsión meteorológica a cinco días. Así, el riego se adelanta o se retrasa en función de lo que el árbol va a necesitar, no de lo que ya ha consumido.
El aguacate, ese cultivo que ha transformado el paisaje y la economía de la costa tropical en las últimas dos décadas, presenta un comportamiento hídrico distinto. Su sistema radicular es más profundo y su demanda de agua más constante a lo largo del año. Los sensores instalados a tres profundidades —30, 60 y 90 centímetros— permiten conocer en tiempo real dónde está la humedad disponible y hacia dónde se desplaza el bulbo de riego. Esta información resulta crucial para evitar el riego superficial, que moja los primeros centímetros del suelo pero no alcanza las raíces activas. Los ensayos coordinados por la Universidad de Granada en fincas comerciales de la vega de Motril han logrado reducir un 18 por ciento el consumo de agua sin pérdida de cosecha.
El ajuste del riego a la fenología del aguacate exige una precisión que el riego tradicional no puede ofrecer. Durante la floración y el cuajado, el árbol necesita una humedad constante en el perfil de suelo, pero sin encharcamientos que provoquen asfixia radicular. En la fase de engorde del fruto, la demanda hídrica se dispara y el sistema debe responder con aportes más frecuentes. Los sensores a tres profundidades detectan si el agua está quedando retenida en la capa superficial o si está percolando más allá de los 90 centímetros, donde las raíces del aguacate apenas llegan. Esa información permite corregir la dosis y la frecuencia de riego en cuestión de horas, no de días.
La comparación entre ambos cultivos revela una paradoja interesante. La chirimoya, con su sistema radicular superficial y su sensibilidad al estrés, se beneficia de un riego deficitario que en el aguacate sería contraproducente. El aguacate, con raíces profundas y una demanda más estable, responde mejor a un ajuste fino de la frecuencia y la dosis que a una restricción global del agua. Los algoritmos no aplican recetas universales, sino que adaptan las estrategias a la fisiología de cada especie. Esa es la diferencia entre la agricultura de precisión y la simple automatización del riego.
Los agricultores de la zona han empezado a observar estos resultados con una mezcla de curiosidad y pragmatismo. El coste de los sensores y las plataformas de gestión ha bajado lo suficiente como para que una explotación mediana pueda asumirlo sin depender de subvenciones. La comunidad de regantes de la vega de Motril, que gestiona el agua procedente del río Guadalfeo, ha integrado algunos de estos sistemas en sus turnos de riego. El resultado es una distribución más equitativa del recurso y una reducción de los conflictos entre regantes en los meses de estiaje.
El 18 por ciento de ahorro en aguacate no es una cifra de laboratorio, sino un promedio obtenido en parcelas comerciales con árboles en plena producción. Las mediciones se realizaron durante tres campañas consecutivas, con variedades Hass y Fuerte, las dos más extendidas en la costa granadina. La producción se mantuvo dentro de los rangos habituales de cada finca, con una ligera mejora en el calibre medio del fruto en las parcelas monitorizadas. Los técnicos atribuyen esa mejora a la mayor estabilidad hídrica durante el engorde, que reduce el estrés del árbol y favorece la acumulación de materia seca en el fruto.
La chirimoya, por su parte, ha encontrado en el riego deficitario controlado una herramienta para sobrevivir a las restricciones de agua que se han vuelto recurrentes en la cuenca del Guadalfeo. Los periodos de sequía prolongada, cada vez más frecuentes, obligan a los agricultores a elegir entre regar menos o arrancar árboles. Los ensayos de El Zahorí demuestran que la primera opción es viable si se aplica con criterio técnico. El calibre del fruto, lejos de resentirse, mejora en las parcelas donde el déficit hídrico se aplica en las fases adecuadas del ciclo.
La transferencia de estos conocimientos al sector productivo no ha sido inmediata. Los agricultores veteranos desconfían de un sistema que recomienda regar menos de lo que dicta la costumbre. La labor de los técnicos de la Universidad de Granada y del Instituto de Investigación y Formación Agraria y Pesquera ha consistido en demostrar, con datos de sus propias fincas, que el ahorro de agua no implica una merma de ingresos. Las jornadas de campo organizadas en El Zahorí reúnen cada primavera a decenas de productores que acuden a ver los sensores, tocar la tierra y comparar los calibres de la fruta.
El siguiente paso en esta línea de trabajo es la integración de los datos de riego con los modelos de predicción de cosecha. Si el algoritmo sabe cuánta agua ha recibido cada árbol y en qué fase fenológica se encontraba, puede estimar con semanas de antelación el volumen y el calibre de la producción. Esa información permitiría a las cooperativas planificar mejor la comercialización y negociar precios con las cadenas de distribución desde una posición de mayor conocimiento. La chirimoya y el aguacate, dos cultivos que durante décadas dependieron del ojo clínico del agricultor, empiezan a generar datos que valen tanto como la propia fruta.
El relevo generacional que viene con wifi
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En la cooperativa de Motril, las asambleas de regantes han cambiado de paisaje en los últimos tres años. Donde antes se sentaban hombres con las manos agrietadas y gorras descoloridas, ahora aparecen nietos con el móvil en la mano y una tablet bajo el brazo. El dato que resume esta transformación lo aporta la Universidad de Granada: el 45% de los agricultores de la Costa Tropical supera los sesenta años, pero el 70% de las explotaciones que han incorporado riego inteligente están gestionadas por menores de cuarenta y cinco. La brecha no es solo tecnológica, es también biográfica.
Los técnicos de la UGR que trabajan en el Instituto de Investigación y Formación Agraria y Pesquera han detectado un patrón consistente en sus encuestas de campo. Los jóvenes que heredan explotaciones familiares son los que impulsan la digitalización, mientras que la generación anterior se resiste con argumentos que mezclan desconfianza y orgullo profesional. Un agricultor de setenta años que lleva medio siglo leyendo el cielo y la textura del suelo no acepta fácilmente que un algoritmo le diga cuándo regar. Su hijo, en cambio, ha crecido con internet y ve en los sensores una herramienta tan natural como la azada lo fue para su abuelo.
El relevo generacional en el campo andaluz no es un fenómeno nuevo, pero la digitalización le ha dado un matiz inédito. Antes, heredar una finca significaba aprender los gestos del oficio: podar, abonar, recolectar. Ahora significa también configurar una red de sensores, interpretar gráficas de humedad y tomar decisiones a partir de datos que llegan al teléfono. Los ingenieros agrónomos que asesoran a las cooperativas de la comarca describen escenas que se repiten: el padre observa con escepticismo mientras el hijo instala un nodo de medición junto al tronco de un aguacate. Meses después, cuando la factura del agua baja y la cosecha se mantiene, el padre empieza a preguntar cómo funciona aquello.
La Junta de Andalucía ha identificado este relevo como una oportunidad formativa. El programa Elevate, concebido originalmente para el sector turístico, ha servido de modelo para un curso piloto de competencias digitales agrícolas celebrado en Motril. La convocatoria reunió a doscientos asistentes, una cifra que sorprendió incluso a los organizadores. No se trataba de un público homogéneo: había jóvenes que acababan de incorporarse a la actividad agraria, agricultores de mediana edad que buscaban actualizarse y algunos veteranos que acudían con la curiosidad de quien se asoma a un mundo ajeno. El curso no pretendía convertir a nadie en ingeniero, sino familiarizar a los participantes con las herramientas básicas del riego inteligente y la gestión digital de la explotación.
Los formadores del programa detectaron una dinámica particular durante las sesiones prácticas. Los asistentes menores de cuarenta y cinco años absorbían los contenidos con rapidez y planteaban preguntas sobre integración de datos o compatibilidad entre plataformas. Los mayores, en cambio, necesitaban más tiempo para asimilar conceptos que chocaban con décadas de conocimiento empírico. Un técnico de la UGR que participó en el curso lo resumió con una imagen: los jóvenes llegan con el manual en la cabeza y los mayores con el campo en las manos. La clave, según este especialista, está en conseguir que ambos lenguajes se encuentren.
Ese encuentro no siempre es fácil. En algunas explotaciones de la vega de Motril, la convivencia entre generaciones ha generado tensiones que van más allá de lo tecnológico. El padre que ha regado a manta durante cuarenta años siente que el sistema de goteo controlado por sensores cuestiona su autoridad. El hijo que propone instalar una estación meteorológica conectada percibe la resistencia paterna como un freno a la modernización. Los psicólogos rurales que han trabajado con familias agrarias de la comarca hablan de un duelo silencioso: el del agricultor que ve cómo su saber deja de ser imprescindible justo cuando llega el momento de ceder el testigo.
Los datos de la UGR apuntan, sin embargo, a una transición más fluida de lo que sugieren los casos conflictivos. El 70% de explotaciones digitalizadas en manos de menores de cuarenta y cinco años no implica que los mayores hayan desaparecido del mapa. Muchos siguen trabajando la tierra, pero han delegado en sus hijos las decisiones relacionadas con la tecnología. Otros han encontrado un punto intermedio: mantienen el control de la poda y la recolección, mientras que la gestión del agua y la fertilización queda en manos de la generación que entiende los gráficos. La digitalización, en estos casos, no sustituye al agricultor tradicional, sino que redistribuye las funciones dentro de la unidad familiar.
El curso piloto de Motril ha dejado una lección que la Junta estudia aplicar en otras comarcas agrícolas andaluzas. La formación en competencias digitales no puede limitarse a enseñar el manejo de aplicaciones; necesita incorporar un componente de mediación generacional. Los organizadores observaron que los talleres más productivos eran aquellos en los que un joven y un mayor de la misma familia trabajaban juntos frente a la misma pantalla. En esas sesiones, el joven traducía los menús y las opciones del software, mientras que el mayor aportaba el conocimiento del terreno que ningún sensor puede captar: qué parcela se encharca en invierno, dónde sopla el viento con más fuerza, cuándo conviene adelantar la poda.
Esa combinación de saberes es, según los investigadores de la UGR, el verdadero motor de la modernización agrícola en la Costa Tropical. Los sensores miden la humedad del suelo, pero no saben que una ladera concreta recibe menos sol en diciembre. Los algoritmos calculan la evapotranspiración, pero ignoran que un aguacate plantado junto a un muro de piedra necesita menos agua que otro expuesto al viento. El relevo generacional que viene con wifi no consiste en sustituir la experiencia por la tecnología, sino en tender un cable entre ambos mundos. Los doscientos asistentes al curso de Motril representan ese puente en construcción.
La memoria del agua: saberes que no se programan
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A las siete de la mañana, cuando el sol apenas roza los lomos de la sierra de la Almijara, Antonio Jiménez recorre los bancales de chirimoyos con un gesto que ningún sensor ha logrado imitar. Se agacha, coge un puñado de tierra, lo desmenuza entre los dedos y lo huele. Luego mira el envés de una hoja, donde el verde ha empezado a tornarse mate, y decide que hoy no hará falta abrir la compuerta. Lleva cincuenta y tres años regando en Almuñécar y asegura que la tierra le habla, solo que en un idioma que no cabe en una pantalla.
Ese idioma es el que un equipo de la Universidad de Granada ha intentado documentar antes de que desaparezca. Durante tres años, investigadores del departamento de Antropología Social y de la Escuela de Ingeniería Agronómica han recopilado cuarenta entrevistas en profundidad a agricultores mayores de setenta años de la comarca de la Costa Tropical. El proyecto, financiado con fondos del plan andaluz de investigación, no busca convertir esos saberes en algoritmos, sino preservarlos como patrimonio inmaterial y, sobre todo, entender qué información manejan los regantes veteranos que los sensores no capturan.
Los resultados del estudio revelan una paradoja incómoda para el discurso triunfalista de la digitalización. El ochenta y cinco por ciento de los entrevistados afirma que los sensores de humedad y las estaciones agroclimáticas "no saben lo que saben ellos". La frase, repetida con variaciones en casi todas las conversaciones, no es una boutade de abuelo escéptico. Es la constatación de que el conocimiento tradicional opera con variables que la tecnología actual no mide: la textura exacta del suelo según la ladera, el comportamiento de las hormigas antes de un cambio de tiempo, el tono preciso del amarilleo que indica falta de agua y no exceso de sal.
María del Carmen Rivas, investigadora principal del proyecto, explica que los agricultores veteranos han desarrollado un sistema de lectura del terreno que integra señales muy sutiles. Las hormigas, por ejemplo, construyen sus nidos a mayor profundidad cuando el suelo retiene menos humedad de lo habitual. Un regante experimentado detecta ese cambio en una inspección rápida y ajusta el riego sin necesidad de consultar ningún dato. Los sensores, en cambio, miden la humedad en un punto concreto y a una profundidad determinada, pero no interpretan el comportamiento de la fauna del suelo ni la microtopografía del bancal.
La memoria del agua es también una memoria colectiva. Los regantes de Almuñécar han heredado de sus padres y abuelos un calendario de riegos que se ajusta a las fases de la luna, a los vientos de levante y poniente, y a la orientación de cada parcela. Ese calendario no está escrito en ningún sitio, pero se transmite en las conversaciones de la acequia, en las asambleas de la comunidad de regantes y en los ratos de sombra después de la faena. Los investigadores de la UGR han comprobado que muchos de esos criterios tradicionales coinciden con lo que hoy recomiendan los modelos agronómicos, aunque los agricultores no sepan explicar por qué funcionan.
Lo que sí reconocen los entrevistados, y aquí aparece el matiz que evita la idealización del pasado, es que los datos digitales les han ayudado a evitar errores en los años de sequía extrema. La sequía de 2023 y 2024 marcó un punto de inflexión en la comarca. Los caudales de la cuenca del Guadalfeo descendieron a niveles históricos y las restricciones obligaron a regar con dotaciones mínimas. En esas condiciones, la experiencia acumulada durante décadas dejó de ser suficiente, porque los agricultores se enfrentaban a situaciones que no habían vivido nunca. Los sensores de humedad y las imágenes satelitales les permitieron comprobar, con datos objetivos, si sus decisiones estaban siendo correctas.
Antonio Jiménez lo cuenta con una mezcla de orgullo y pragmatismo. "Yo sé cuándo un árbol tiene sed, pero en 2024 no me atrevía a fiarme de lo que veía, porque todo estaba seco y no había referencia", explica mientras señala la sonda que ahora asoma entre dos chirimoyos. El sensor le confirmó que el suelo conservaba más humedad de la que aparentaba en superficie, y que podía espaciar los riegos sin poner en riesgo la cosecha. Ese dato le ahorró agua en un momento en que cada metro cúbico contaba.
El proyecto de la UGR ha grabado también las voces de mujeres agricultoras, un colectivo tradicionalmente invisible en la gestión del riego. Varias de las entrevistadas describen cómo aprendieron a leer el terreno de sus madres y abuelas, que se ocupaban de las huertas familiares mientras los hombres trabajaban en la pesca o en la construcción. Esos saberes, transmitidos en el ámbito doméstico, rara vez aparecen en los registros oficiales de las comunidades de regantes, pero han resultado fundamentales para la subsistencia de muchas explotaciones.
La documentación de estos conocimientos plantea una pregunta incómoda para los impulsores de la agricultura inteligente. ¿Qué se pierde cuando un agricultor deja de mirar la tierra y mira solo el móvil? Los investigadores de la UGR no tienen una respuesta cerrada, pero sospechan que la pérdida no es solo cultural, sino también operativa. Un sistema de riego que dependa exclusivamente de sensores es vulnerable a fallos técnicos, a cortes de conectividad y a errores de calibración. Un agricultor que conserve la capacidad de leer el terreno tiene un plan B que no depende de la cobertura.
En la cooperativa de Motril, algunos jóvenes agricultores han empezado a pedir a los veteranos que les enseñen esas claves de lectura. No lo hacen por nostalgia, sino por una cuestión práctica: los sensores les dicen cuánta agua hay en el suelo, pero no les dicen si el árbol está sufriendo por otra causa, si el viento va a cambiar en las próximas horas o si conviene esperar a que pase la luna llena para podar. Esa información, que no aparece en ninguna aplicación, sigue viviendo en la memoria de los que llevan toda una vida mirando el cielo y tocando la tierra.
El equipo de la UGR prepara ahora una publicación que recogerá las cuarenta entrevistas completas, junto con un glosario de términos locales relacionados con el riego y un mapa de los puntos de la comarca donde se concentran los saberes más específicos. La idea es que ese material sirva de base para futuros programas de formación que combinen la tecnología con el conocimiento tradicional. Porque, como apunta María del Carmen Rivas, "un sensor puede decirte cuánta agua hay, pero no te dice cuánta agua va a necesitar el árbol mañana, y eso es algo que los viejos regantes saben desde hace siglos".
Algoritmos que deciden: ¿quién manda en el riego?
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En la finca experimental de El Zahorí, los sensores de humedad envían datos cada quince minutos a un servidor de la Universidad de Granada. El modelo predictivo procesa esa información junto con las previsiones meteorológicas y devuelve una recomendación concreta: regar mañana a las seis de la mañana, durante cuarenta minutos, con un caudal determinado. La precisión resulta asombrosa, pero el dato que de verdad intriga a los investigadores no está en los sensores ni en los algoritmos. Está en la mano que sostiene el móvil, en el dedo que pulsa el botón de aceptar o en el gesto de ignorar la notificación y salir al bancal con la azada al hombro.
Los estudios de campo realizados por el equipo de la UGR durante las campañas de 2024 y 2025 arrojan una cifra reveladora: el setenta por ciento de los agricultores que utilizan estos sistemas declara que la decisión final sigue siendo suya. No se trata de un rechazo a la tecnología, sino de una integración selectiva. Consultan la recomendación, la comparan con lo que ven en el campo, con la textura de la tierra entre los dedos, con el color de las hojas al atardecer, y solo entonces deciden. El algoritmo funciona como un asesor más, como un perito que aporta datos pero no manda.
Sin embargo, dentro de ese treinta por ciento restante se esconde un fenómeno que los sociólogos de la universidad han comenzado a documentar con cierta inquietud. Entre los agricultores menores de treinta y cinco años, un quince por ciento reconoce que delega completamente en la aplicación. No comprueba los datos, no contrasta con la observación directa, no ejerce ningún control sobre la recomendación. Simplemente riega cuando el sistema lo indica y en la cantidad exacta que marca la pantalla. Los investigadores han bautizado este comportamiento como automatización de la confianza, un término que describe la transferencia total del criterio agronómico a un modelo matemático.
El problema no es teórico. Un error en la cadena de datos puede desencadenar consecuencias graves en un cultivo tan sensible como el aguacate o la chirimoya. Si la estación meteorológica más cercana registra una precipitación que no ocurrió, o si un sensor de humedad se estropea y envía lecturas falsas, el algoritmo recomendará un riego insuficiente. En pleno verano granadino, con temperaturas que superan los treinta y cinco grados, tres días sin agua pueden comprometer la floración y, con ella, toda la cosecha del año siguiente. La confianza ciega en el sistema convierte un fallo técnico puntual en una pérdida económica irreparable.
María del Carmen Rodríguez, ingeniera agrónoma del departamento de Edafología de la UGR, coordina desde hace dos años un proyecto que intenta resolver esta tensión entre automatización y criterio humano. Su equipo trabaja en lo que denominan sistemas híbridos de decisión, una arquitectura informática que incorpora el conocimiento del agricultor como una variable más del modelo. La idea consiste en registrar las decisiones que los agricultores toman cuando contradicen al algoritmo, analizar los resultados de esas desviaciones y alimentar con esa información el sistema de aprendizaje automático. El objetivo es que el algoritmo no solo aprenda de los sensores, sino también de la sabiduría acumulada durante generaciones en los bancales de la Costa Tropical.
Los primeros resultados del proyecto muestran que las desviaciones humanas no son caprichos. Cuando un agricultor veterano decide regar un veinte por ciento menos de lo recomendado porque observa nubes bajas sobre la sierra, acierta en más del ochenta por ciento de las ocasiones. Cuando retrasa un riego porque intuye que va a llover, su predicción basada en la experiencia supera en fiabilidad a algunos modelos meteorológicos a corto plazo. El sistema híbrido empieza a incorporar estos patrones y, en las últimas simulaciones, ha reducido el consumo de agua en un doce por ciento sin merma de producción.
La cuestión de fondo trasciende lo técnico y se adentra en el terreno de la soberanía alimentaria. Quien controla el riego controla la producción, y quien controla la producción controla el territorio. Si las decisiones agronómicas se delegan masivamente en aplicaciones desarrolladas por empresas tecnológicas o en modelos entrenados con datos que no reflejan la realidad local, el agricultor se convierte en un mero ejecutor de instrucciones ajenas. La Costa Tropical, con su microclima peculiar y sus cultivos subtropicales, representa un caso extremo de esta tensión: aquí no sirven los modelos genéricos, y la especificidad local es precisamente lo que los algoritmos aún no saben capturar sin ayuda humana.
Los agricultores más jóvenes, los que han crecido con el móvil en la mano, son los más expuestos a la automatización de la confianza. Han aprendido a regar con una aplicación, no con un maestro que les enseñara a leer el cielo. Su vínculo con la tierra está mediado por la pantalla, y esa mediación, si no se equilibra con formación agronómica y transmisión de conocimiento tradicional, puede dejarles indefensos ante un fallo del sistema. La UGR ha comenzado a incluir módulos específicos sobre los límites de los modelos predictivos en los cursos de incorporación a la empresa agraria que imparte en colaboración con las cooperativas de la comarca.
El debate sobre quién manda en el riego no tiene una respuesta única. En la mayoría de las explotaciones, el algoritmo y el agricultor conviven en una negociación constante, una suerte de diálogo entre datos y experiencia que se resuelve de manera distinta cada mañana. En otras, la tecnología ha ocupado el lugar del criterio sin que nadie haya medido aún las consecuencias a largo plazo. Lo que los datos de la UGR confirman es que la transición digital en el campo andaluz no consiste en sustituir personas por máquinas, sino en redefinir los términos de una relación que, por ahora, sigue necesitando de ambas partes para funcionar.
El coste de ser moderno: inversión y retorno
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En la cooperativa de Motril, el debate ya no gira en torno a si la tecnología funciona, sino a quién puede pagarla. Los números que manejan los técnicos de la Universidad de Granada son claros: instalar un sistema completo de riego inteligente en una hectárea de aguacate cuesta entre 3.000 y 5.000 euros, dependiendo de la densidad de sensores, el tipo de válvulas automatizadas y la conectividad requerida. Esa cifra, que para una explotación de veinte hectáreas representa un desembolso asumible dentro de un plan plurianual, se convierte en una barrera casi infranqueable para el agricultor que cultiva dos o tres hectáreas y vive al límite de la rentabilidad. La modernización tiene un precio de entrada, y no todos llegan a la taquilla con el mismo billete.
El Plan REGADÍA, impulsado por la Consejería de Agricultura, Pesca, Agua y Desarrollo Rural, ha intentado corregir ese desequilibrio con una línea de ayudas que cubre hasta el 60% de la inversión en explotaciones asociativas. La fórmula es deliberada: se prima la incorporación colectiva a la tecnología, de modo que varias fincas pequeñas puedan compartir estaciones meteorológicas, repetidores de señal y plataformas de gestión de datos. Un agricultor que se asocia con sus vecinos puede reducir el coste efectivo de su instalación a poco más de 1.200 euros por hectárea, una cifra que empieza a ser digerible. Pero la letra pequeña importa: las ayudas se abonan contra justificación de gasto, lo que obliga al agricultor a adelantar el dinero y esperar meses para recuperar la subvención. Para muchas economías familiares, ese adelanto es precisamente el obstáculo que la ayuda pretendía eliminar.
Los estudios de retorno elaborados por el departamento de Ingeniería Hidráulica de la UGR sitúan el plazo de amortización entre cuatro y seis años, un horizonte razonable para cualquier inversión productiva. El cálculo se sostiene sobre dos pilares: el ahorro de agua, que alcanza hasta un 25% en las fincas monitorizadas, y la reducción del consumo energético, con un 15% menos de bombeo al ajustar los ciclos de riego a la demanda real del cultivo. En una comarca donde el precio del agua desalada y la tarifa eléctrica han subido de forma sostenida desde 2023, esos porcentajes se traducen en ahorros anuales de entre 600 y 900 euros por hectárea. La aritmética, sobre el papel, es convincente.
Sin embargo, el papel no riega aguacates. El 40% de los pequeños agricultores de la Costa Tropical aún no puede afrontar el desembolso inicial, según los datos recabados por los investigadores granadinos en las encuestas realizadas a las comunidades de regantes de Almuñécar, Salobreña y Motril. Ese porcentaje no es homogéneo: entre los propietarios de menos de dos hectáreas, la cifra supera el 55%, mientras que en las explotaciones de más de diez hectáreas apenas roza el 10%. La brecha entre explotaciones grandes y pequeñas se está ensanchando a un ritmo que preocupa a los técnicos de las oficinas comarcales agrarias, que ven cómo la digitalización del riego corre el riesgo de convertirse en un nuevo factor de desigualdad estructural en el campo granadino.
La paradoja es que los pequeños agricultores son, en muchos casos, quienes más podrían beneficiarse del ahorro. Una finca de una hectárea y media, gestionada por un agricultor a tiempo parcial que riega por turnos y paga el agua a precio de comunidad, puede reducir su factura hídrica en más de 400 euros anuales con un sistema básico de sensores de humedad y electroválvulas programables. Pero ese mismo agricultor carece de acceso al crédito en condiciones razonables, no tiene capacidad para adelantar la subvención del Plan REGADÍA y, en no pocos casos, desconfía de una tecnología que percibe como ajena a su forma de trabajar. El resultado es un círculo vicioso: quien más necesita la eficiencia es quien menos herramientas tiene para alcanzarla.
Las cooperativas han empezado a explorar fórmulas intermedias para romper ese círculo. En algunas comunidades de regantes se estudia la compra conjunta de equipos, con contratos de mantenimiento compartidos y acuerdos de pago aplazado que no dependan de la banca tradicional. Otras han optado por instalar estaciones meteorológicas comunitarias y ofrecer a sus socios un servicio de recomendación de riego por suscripción, a un coste anual de entre 150 y 250 euros por explotación. Es una vía que no exige inversión inicial en sensores propios, aunque renuncia a la precisión que proporciona la monitorización parcela a parcela. Los técnicos de la UGR que asesoran a estas cooperativas insisten en que no existe una solución única: la tecnología debe adaptarse a la estructura de la propiedad, y no al revés.
El debate sobre el coste de la modernización ha llegado también a las organizaciones agrarias, que reclaman a la Junta de Andalucía una revisión de los criterios del Plan REGADÍA. La propuesta que gana apoyos entre los representantes de los pequeños productores es la creación de un fondo rotatorio que adelante la subvención sin necesidad de que el agricultor acuda a la banca, de modo que el reintegro se realice con los propios ahorros generados por el sistema. La Consejería, por su parte, defiende que el actual diseño de las ayudas ya prioriza a las explotaciones asociativas y que el porcentaje de cobertura es de los más altos del país. La discusión, en el fondo, no es técnica sino política: se trata de decidir si la digitalización del campo andaluz será un proceso inclusivo o un privilegio reservado a quienes ya tienen espalda financiera para asumir el riesgo.
Mientras tanto, en los bancales de aguacates y chirimoyos de la Costa Tropical, la transición avanza a dos velocidades. Las fincas grandes estrenan sensores, estaciones meteorológicas propias y cuadros de mando que se consultan desde el móvil. Las pequeñas siguen regando con la experiencia acumulada de generaciones, con el calendario de turnos fijado en la asamblea de regantes y con la mirada atenta al cielo. La tecnología promete eficiencia, pero la eficiencia también tiene un precio, y ese precio está dibujando una nueva geografía en el litoral granadino.
La sequía como acelerador: cuando la necesidad obliga
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Los veranos de 2022 y 2023 rompieron todos los registros en la cuenca del Guadalfeo. Las reservas cayeron por debajo del umbral crítico y la Confederación Hidrográfica impuso restricciones de riego que muchos agricultores de la Costa Tropical no habían conocido en décadas. Las dotaciones se redujeron a la mitad en algunos tramos, y los chirimoyos, aguacates y mangos empezaron a mostrar signos de estrés hídrico que nadie podía ignorar. Fue en ese contexto de emergencia donde la tecnología dejó de ser una opción para convertirse en una tabla de salvación.
La Universidad de Granada, a través de su estación experimental en la vega de Motril, registró un dato revelador durante aquel periodo: la demanda de asesoramiento técnico por parte de agricultores creció un cuarenta por ciento en apenas dos años. No se trataba de grandes explotaciones con departamentos de innovación, sino de pequeños y medianos productores que hasta entonces habían mirado con escepticismo los sensores de humedad y las estaciones meteorológicas automáticas. La necesidad, como tantas veces en la historia agraria, hizo más por la modernización que todas las campañas institucionales.
Los técnicos de la UGR que atendían aquellas consultas describen un patrón común. El agricultor llegaba con una pregunta muy concreta: cuánto regar y cuándo hacerlo para no perder la cosecha con el agua disponible. La respuesta, inevitablemente, pasaba por instalar sensores en el suelo, conectar los datos a un modelo de evapotranspiración y ajustar las dosis de riego a la demanda real del cultivo. Muchos de aquellos escépticos descubrieron que el sistema no solo ahorraba agua, sino que también evitaba el riego excesivo que daña las raíces y favorece enfermedades fúngicas.
Los datos de la estación de Motril, recopilados durante los meses más duros de la sequía, ofrecen una comparación elocuente. Las explotaciones que habían adoptado sistemas de riego inteligente sufrieron un treinta por ciento menos de daños por estrés hídrico que las que mantenían métodos tradicionales. La diferencia no se limitaba al volumen de agua aplicada, sino a la precisión con la que se distribuía a lo largo del ciclo del cultivo. Un riego tradicional tiende a concentrar el agua en momentos puntuales, mientras que el sistema inteligente la administra en pequeñas dosis continuas que siguen la curva de demanda de la planta.
Esa diferencia del treinta por ciento se tradujo en frutos con mejor calibre, menos caída prematura y una recuperación más rápida cuando llegaron las primeras lluvias de otoño. Los agricultores que habían apostado por la tecnología antes de la crisis pudieron comprobar que su inversión actuaba como un seguro frente a la incertidumbre climática. Los que se incorporaron durante la emergencia, a menudo con instalaciones apresuradas y curvas de aprendizaje empinadas, descubrieron que el sistema empezaba a dar resultados desde la primera campaña.
La sequía también transformó la relación entre los agricultores y los datos. Antes de 2022, muchos veían los sensores como un complemento prescindible, una herramienta para optimizar costes en tiempos de bonanza. Después de dos años de restricciones, los datos de humedad del suelo se convirtieron en la base de las decisiones diarias. Los agricultores consultaban las lecturas desde el móvil antes de abrir las válvulas, y algunos llegaron a programar el riego nocturno para aprovechar la menor evaporación, una práctica que los modelos digitales recomendaban pero que pocos aplicaban de forma sistemática.
El cambio de actitud no fue uniforme ni inmediato. Hubo resistencias, sobre todo entre los productores de mayor edad, que confiaban en su conocimiento empírico del terreno y desconfiaban de las recomendaciones generadas por algoritmos. Sin embargo, la presión de la sequía fue erosionando esas reticencias. Cuando un agricultor veía que su vecino con sensores mantenía los árboles en mejores condiciones con la misma dotación de agua, la evidencia se imponía a la tradición. El boca a boca en las cooperativas y los bares de Motril hizo más por la adopción tecnológica que cualquier jornada técnica.
La UGR aprovechó aquel periodo para ampliar su red de estaciones de monitoreo y ofrecer un servicio de interpretación de datos más accesible. Los investigadores adaptaron sus modelos a las condiciones específicas de cada parcela, incorporando variables como el tipo de suelo, la pendiente y la edad de los árboles. Ese trabajo de campo, intensificado durante la sequía, permitió afinar las recomendaciones y ganarse la confianza de un sector que históricamente había sido reacio a las soluciones estandarizadas.
El legado de aquella crisis es ambivalente. Por un lado, la sequía aceleró una modernización que probablemente habría tardado una década más en producirse. Por otro, dejó al descubierto la vulnerabilidad de un modelo agrícola que depende de recursos hídricos cada vez más inciertos. Los sensores y los algoritmos no crean agua, pero permiten estirar la disponible hasta límites que antes parecían imposibles. Esa lección, aprendida a golpe de restricción, ha quedado grabada en la memoria colectiva de la Costa Tropical.
La mujer en la revolución digital del campo
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En la nave de la cooperativa de Motril, el olor a mango recién recolectado se mezcla con el zumbido de los servidores que monitorizan las fincas de la comarca. Allí, entre pantallas que muestran curvas de humedad y previsiones meteorológicas, trabaja Carmen Rodríguez, responsable de digitalización de la entidad y una de las voces que mejor explica el cambio silencioso que atraviesa el campo granadino. Su historia no es una excepción estadística, sino el reflejo de un fenómeno que los datos empiezan a cuantificar con precisión.
Un estudio reciente de la Universidad de Granada ha puesto cifras a una realidad que muchos técnicos ya intuían: el 30% de las explotaciones con riego inteligente en la Costa Tropical están gestionadas por mujeres. El dato sorprende en un sector que sigue siendo mayoritariamente masculino en la titularidad de las tierras y en los puestos de dirección de las grandes organizaciones agrarias. Sin embargo, la explicación tiene raíces profundas en la división tradicional del trabajo agrícola familiar.
Durante décadas, las mujeres del litoral granadino han llevado la contabilidad de las explotaciones, han gestionado los trámites administrativos y han negociado con bancos y proveedores mientras los hombres se ocupaban del trabajo de campo. Esa familiaridad con los números, los formularios y la gestión cotidiana se ha convertido en una ventaja inesperada en la era de los algoritmos. Cuando llegaron las primeras plataformas de riego inteligente, muchas de ellas vieron antes que sus maridos o hermanos el potencial de una herramienta que convertía la gestión del agua en un problema de datos.
La transición no ha sido sencilla. Las resistencias culturales persisten en un entorno donde la autoridad técnica ha estado históricamente asociada a lo masculino. Las mujeres que han impulsado la digitalización en sus explotaciones relatan reuniones donde sus propuestas eran recibidas con escepticismo, miradas que buscaban la aprobación del varón de la familia antes de aceptar una recomendación técnica. Sin embargo, los resultados han ido erosionando esos prejuicios con la contundencia de los datos de cosecha y ahorro hídrico.
El programa europeo 'Elevate', diseñado para fomentar la inclusión femenina en la agricultura digital, ha servido de inspiración para una iniciativa local que ha tomado forma en Motril durante el último año. Cincuenta mujeres agricultoras de la comarca participan en un programa de formación específico en herramientas digitales de gestión del riego. El proyecto, impulsado por la cooperativa local con apoyo de la administración autonómica, combina sesiones presenciales con tutorías personalizadas en las propias fincas.
Las participantes no son un grupo homogéneo. Hay mujeres jóvenes que han regresado al pueblo tras estudiar ingeniería agronómica o administración de empresas, y que ven en la digitalización una oportunidad para profesionalizar la explotación familiar. También hay mujeres de mediana edad que llevan toda la vida gestionando la contabilidad doméstica y agraria, y que ahora descubren que esas habilidades son transferibles al manejo de plataformas digitales. Y hay viudas que han heredado la gestión de fincas que antes administraban sus maridos, y que encuentran en la tecnología una aliada para mantener la rentabilidad sin depender de asesores externos.
La formación abarca desde lo más básico —cómo interpretar los datos de un sensor de humedad— hasta la configuración de alertas automáticas y la integración de datos meteorológicos en la planificación del riego. Las sesiones se celebran en horarios adaptados a las responsabilidades familiares, un detalle logístico que las organizadoras consideran fundamental para garantizar la asistencia. El programa incluye además un módulo de liderazgo y comunicación, orientado a que las participantes puedan defender sus decisiones técnicas ante sus familias y ante las estructuras cooperativas.
Los primeros resultados del programa apuntan a un efecto multiplicador que trasciende a las cincuenta participantes directas. Varias de ellas han comenzado a formar a su vez a otras mujeres de sus municipios, creando redes informales de apoyo técnico que funcionan a través de grupos de mensajería y encuentros periódicos. Esa dinámica de transmisión de conocimiento entre pares, sin jerarquías formales, está demostrando ser más efectiva que los cursos tradicionales impartidos por técnicos externos.
El impacto económico de esta incorporación femenina a la gestión digital del riego empieza a notarse en los balances de las explotaciones. Las fincas gestionadas por mujeres que han completado la formación muestran, según los datos preliminares de la cooperativa, una adopción más rápida de las recomendaciones de riego generadas por los algoritmos. La explicación que ofrecen los técnicos es que estas gestoras tienden a confiar más en los datos que en la intuición, y a ajustar los parámetros con mayor precisión que sus homólogos masculinos, más apegados a los métodos tradicionales de decisión.
La brecha digital de género, que en otros sectores sigue siendo un obstáculo persistente, se está cerrando en la agricultura de la Costa Tropical a un ritmo inesperado. Las razones son múltiples: la familiaridad previa con la gestión administrativa, la necesidad de demostrar competencia en un entorno hostil y el apoyo de programas específicos como el de Motril. El resultado es un ecosistema agrario donde el conocimiento técnico empieza a circular por canales que antes estaban vedados a las mujeres.
Queda mucho camino por recorrer. La titularidad de la tierra sigue siendo abrumadoramente masculina, y las mujeres que gestionan explotaciones digitalizadas lo hacen a menudo sin que su nombre figure en los registros oficiales. Las estructuras de poder en las cooperativas y organizaciones agrarias apenas han comenzado a reflejar esta nueva realidad. Pero los datos de la Universidad de Granada y la experiencia del programa de Motril sugieren que la revolución digital del campo andaluz tiene un rostro cada vez más femenino, y que esa transformación silenciosa está cambiando no solo la forma de regar, sino también la forma de decidir quién riega.
Cooperativas que se convierten en plataformas
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En la sede de la Cooperativa Agrícola de Motril, el mostrador de atención al socio comparte espacio con una pantalla donde se actualizan en tiempo real los datos de riego de más de un millar de fincas. La entidad, que agrupa a 1.200 agricultores de la comarca, ha dejado de ser únicamente un lugar donde entregar la cosecha para convertirse en una suerte de plataforma tecnológica que intermedia entre el campo, el clima y el mercado. La herramienta central de esta transformación es una aplicación móvil desarrollada internamente, que centraliza información de riego, meteorología y precios de mercado en un solo punto de consulta.
La aplicación no nació como un proyecto tecnológico ambicioso, sino como una respuesta práctica a la dispersión de datos que sufrían los agricultores. Antes de su puesta en marcha, cada socio manejaba cuadernos de campo en papel, consultaba partes meteorológicos genéricos y tomaba decisiones de riego basadas en la intuición o en la costumbre heredada. Ahora, la app permite consultar la humedad del suelo en parcelas concretas, las previsiones de viento y temperatura para las siguientes 48 horas, y las cotizaciones de mango, aguacate y chirimoya en los principales mercados europeos. El 55% de los socios la utiliza a diario, una cifra notable si se tiene en cuenta la edad media del agricultor de la zona, que supera los cincuenta años.
El salto cualitativo llegó con la incorporación de la Universidad de Granada al proyecto. El grupo de investigación en recursos hídricos y agricultura de precisión de la UGR colabora desde 2024 en el análisis de los datos recopilados por la cooperativa, con un objetivo concreto: optimizar la programación de riegos colectivos. Los investigadores cruzan la información de sensores de humedad, estaciones meteorológicas locales y caudales autorizados por la Confederación Hidrográfica del Guadalfeo para proponer calendarios de riego que reduzcan el consumo sin penalizar la producción. Los resultados obtenidos hasta la fecha son significativos: la cooperativa ha logrado reducir un 20% el consumo de agua en sus fincas asociadas.
Ese ahorro no es un dato menor en una comarca donde el agua se ha convertido en el recurso más disputado. La Costa Tropical depende de un sistema de embalses y acuíferos sometido a una presión creciente, agravada por los episodios de sequía que han marcado los últimos años. Cada metro cúbico ahorrado en una finca de aguacates o mangos representa una garantía adicional para mantener la viabilidad de las explotaciones en los meses más secos. Los técnicos de la cooperativa insisten en que el ahorro no se ha conseguido a costa de reducir la superficie regada, sino afinando los tiempos y las dosis para adaptarlos a las necesidades reales de cada parcela.
El modelo de gestión colectiva de datos es lo que diferencia a esta cooperativa de otras experiencias de agricultura de precisión. En lugar de que cada agricultor contrate sus propios sensores y gestione su información de manera aislada, la cooperativa actúa como agregador: recibe los datos de las fincas, los procesa con el apoyo de la universidad y devuelve recomendaciones personalizadas a cada socio. Esta arquitectura permite que incluso los agricultores con menos recursos tecnológicos se beneficien de un sistema que, de manera individual, resultaría inasumible. La cuota de socio incluye el acceso a la plataforma y a los informes periódicos de recomendación de riego.
El reto pendiente es la integración de los sensores individuales en una plataforma común. Actualmente conviven en la cooperativa varios sistemas de medición, instalados en diferentes momentos y por distintos proveedores, que no siempre comparten protocolos de comunicación. Algunos socios han adquirido sondas de humedad por su cuenta, otros utilizan los equipos que la cooperativa puso a disposición en las fincas piloto, y un tercer grupo sigue registrando los datos manualmente en la aplicación. Unificar esos flujos de información en un estándar compatible es el siguiente paso para que la plataforma alcance su pleno potencial.
Esa integración técnica tiene implicaciones que van más allá de la comodidad operativa. Si todos los sensores pudieran volcar sus datos en tiempo real y sin intervención manual, la cooperativa podría construir un mapa hídrico de la comarca con una resolución sin precedentes. Ese mapa permitiría detectar patrones de consumo anómalos, anticipar demandas de agua según las previsiones meteorológicas y negociar con la administración hidráulica desde una posición de mayor conocimiento. La transformación de la cooperativa en plataforma no es, por tanto, una cuestión de modernización estética, sino de acumulación de poder informativo.
Los responsables de la entidad son conscientes de que este proceso genera también tensiones internas. No todos los socios ven con buenos ojos que sus datos de riego queden registrados en un sistema centralizado, aunque la cooperativa garantice su uso exclusivamente técnico. La desconfianza hacia la administración y el temor a que la información pueda utilizarse para imponer restricciones adicionales están presentes en las asambleas. La dirección ha optado por una estrategia de transparencia radical: los datos agregados se presentan en reuniones abiertas y cualquier socio puede consultar los informes elaborados con la información de su propia finca.
El caso de Motril ilustra una tendencia que comienza a replicarse en otras zonas agrícolas andaluzas. Las cooperativas, estructuras nacidas en el siglo XX para concentrar la oferta y defender los precios, están descubriendo que su papel en el siglo XXI pasa también por concentrar datos y convertirlos en conocimiento útil para sus socios. La diferencia entre una cooperativa tradicional y una plataforma es, en el fondo, una cuestión de capas: sobre la estructura de siempre se superpone una capa digital que permite tomar decisiones con más información y menos incertidumbre. El agua ahorrada en Motril es la prueba de que esa capa no es un adorno, sino una herramienta de supervivencia.
El espejo de Almería: lecciones que no se importan
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El poniente almeriense se ha convertido en un lugar común del discurso agrícola andaluz: el mar de plástico, la productividad por metro cuadrado, la exportación hortofrutícola que sostiene balanzas comerciales. Desde los despachos de Bruselas hasta las ferias agroalimentarias de Berlín, el modelo intensivo de Almería se presenta como la gran historia de éxito del campo español. Sin embargo, cuando los técnicos de la Universidad de Granada comenzaron a comparar aquel sistema con el de la Costa Tropical, la conclusión fue tan simple como incómoda: no hay tecnología que valga si no se adapta al cultivo y al territorio.
La agricultura bajo plástico almeriense opera con una lógica de precisión casi industrial. Los cultivos herbáceos, de ciclo corto y alta rotación, permiten estandarizar el riego por goteo, calibrar la fertirrigación con exactitud milimétrica y replicar el mismo protocolo en miles de hectáreas. El suelo, enarenado y artificialmente nivelado, se comporta como un sustrato controlado. En la Costa Tropical, en cambio, los protagonistas son leñosos: aguacates, mangos, chirimoyos, nísperos. Árboles que permanecen décadas en el mismo terreno, que desarrollan sistemas radiculares profundos y que no perdonan los errores de un año con una simple replantación.
El terreno accidentado de Motril y Almuñécar añade otra capa de complejidad. Las fincas se escalonan en laderas, con pendientes que superan el veinte por ciento y bancales heredados de generaciones. Un gotero mal calibrado en una terraza alta no solo afecta al árbol que riega, sino que altera la escorrentía que alimenta las parcelas inferiores. Los investigadores de la UGR lo expresan con claridad: el riego de precisión no consiste en aplicar más sensores, sino en entender cómo se mueve el agua en un sistema vivo y heterogéneo.
La comparación entre ambos modelos ha servido a los agricultores granadinos para identificar qué lecciones no deben importarse. La más evidente es la sobreexplotación de acuíferos. En el poniente almeriense, décadas de extracción intensiva han dejado niveles freáticos en descenso sostenido y episodios de intrusión marina en zonas costeras. La Costa Tropical, con el acuífero del Guadalfeo como principal reserva estratégica, ha optado por una vía distinta: sensores de humedad que evitan riegos superfluos, programadores que ajustan las dosis a la evapotranspiración real y una vigilancia comunitaria sobre los caudales autorizados.
Otra lección no importada es la uniformidad varietal. Almería apostó por la especialización extrema: pocas especies, muchas hectáreas, calendarios de producción sincronizados. Ese modelo genera eficiencia logística, pero también vulnerabilidad ante plagas, oscilaciones de mercado y fatiga del suelo. La Costa Tropical mantiene una diversidad de cultivos subtropicales que actúa como amortiguador natural. Un año malo para el mango puede compensarse con una buena campaña de aguacate, y la alternancia de especies reduce la presión de patógenos específicos.
Los técnicos de la cooperativa de Motril han incorporado esta visión diferencial a sus algoritmos de riego. No se trata de copiar los coeficientes de cultivo del tomate almeriense y aplicarlos al aguacate, sino de construir modelos propios a partir de datos locales: textura del suelo, profundidad radicular, estado fenológico del árbol, estrés hídrico medido con sensores de flujo de savia. El resultado es un sistema que riega menos que hace una década, pero con mayor precisión temporal y espacial.
La UGR ha documentado este proceso en varias publicaciones científicas entre 2023 y 2025. Sus conclusiones apuntan a que la eficiencia hídrica en la Costa Tropical ha mejorado un dieciocho por ciento desde la introducción de sensores y programadores inteligentes, sin mermas significativas de producción. El dato contrasta con la meseta de rendimientos que Almería experimenta desde hace años, donde cada incremento de productividad exige un coste hídrico y energético proporcionalmente mayor.
El espejo almeriense también refleja una advertencia sobre la dependencia tecnológica. En el poniente, la digitalización avanzó de la mano de grandes empresas de insumos y distribución, que impusieron paquetes cerrados de hardware y software. En la Costa Tropical, las cooperativas han optado por soluciones abiertas y sensores de bajo coste, mantenidos por personal local formado en la propia comarca. Esta autonomía tecnológica, señalan desde la UGR, resulta decisiva cuando un fallo de conectividad o una avería en un controlador deja una finca sin riego en plena ola de calor.
Los agricultores de Almuñécar han aprendido también de los errores sociales del modelo intensivo. La dependencia de mano de obra migrante en condiciones precarias, la concentración de la propiedad en pocas manos y el abandono de las variedades tradicionales son dinámicas que la Costa Tropical observa con cautela. La estructura minifundista de la comarca, lejos de ser un obstáculo, ha permitido una transición digital más gradual y participativa, donde cada agricultor conserva margen de decisión sobre su finca.
La comparación entre ambos territorios no admite juicios simples. Almería sigue siendo un referente mundial en productividad hortícola y en capacidad exportadora, y su experiencia en fertirrigación ha inspirado mejoras en todo el arco mediterráneo. Pero la Costa Tropical ha entendido que el valor de un modelo no reside en su capacidad de replicarse, sino en su capacidad de adaptarse. Los algoritmos que riegan los subtropicales granadinos no son una copia de los almerienses: son una traducción, con sus propias reglas gramaticales y su propio vocabulario hídrico.
Los investigadores de la UGR insisten en que esta lección debería extenderse a otras comarcas andaluzas. La tentación de importar recetas exitosas sin pasar por el filtro del territorio ha generado fracasos costosos en proyectos de modernización agraria. Un sensor que funciona en un invernadero de El Ejido puede resultar inútil en una ladera de Jete, y un protocolo de fertirrigación diseñado para pimiento no tiene sentido en un chirimoyo centenario. La tecnología, concluyen, no es un fin en sí misma: es una herramienta que solo adquiere valor cuando se moldea sobre el paisaje, el cultivo y la comunidad que la utiliza.
El futuro: ¿riego autónomo o decisión compartida?
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En los laboratorios de la Universidad de Granada, un equipo de investigadores lleva tres años persiguiendo una idea que suena a ciencia ficción aplicada al campo: un sistema de riego que no necesite al agricultor para decidir cuándo, cuánto y cómo regar. Los sensores instalados en las fincas experimentales de la Costa Tropical recogen datos de humedad del suelo, temperatura, velocidad del viento y evapotranspiración cada pocos minutos. Un algoritmo procesa esa información y activa las electroválvulas sin intervención humana. Los primeros resultados en la finca de El Zahorí, en plena vega de Motril, hablan de un ahorro de agua cercano al treinta por ciento respecto a los sistemas de riego programado convencionales.
La cifra no es menor en una comarca que ha vivido varios episodios de restricciones hídricas en los últimos años. El cultivo del mango y el aguacate, que dominan el paisaje agrícola de la zona, exige un aporte hídrico constante y bien calibrado. Un exceso de agua pudre las raíces y dispara los costes energéticos del bombeo. Un déficit reduce el calibre del fruto y, con ello, el precio que paga el mercado. En ese equilibrio inestable, la promesa del riego autónomo resulta tentadora: una máquina que nunca se olvida de cerrar una llave, que no riega por costumbre sino por necesidad medida, que ajusta cada gota a la demanda real de la planta.
Sin embargo, los agricultores de la Costa Tropical no parecen dispuestos a entregar las llaves de sus fincas a un algoritmo. Los estudios realizados por la propia Universidad de Granada entre los regantes de la comarca arrojan un dato revelador: solo el veinticinco por ciento confiaría en un sistema totalmente autónomo sin supervisión humana. El resto prefiere mantener el control, aunque eso signifique renunciar a parte del ahorro potencial. La desconfianza no es caprichosa. Un agricultor que lleva décadas leyendo el cielo, tocando la tierra y observando el color de las hojas no se siente cómodo delegando esa sabiduría acumulada en una caja negra que no explica sus decisiones.
Esa reticencia tiene raíces profundas. En la Costa Tropical, muchas fincas son explotaciones familiares donde el riego es una tarea que se transmite de padres a hijos, cargada de rituales y de un conocimiento tácito difícil de codificar. El agricultor sabe que la tierra de la ladera norte retiene más humedad que la del llano, que el viento de poniente seca los árboles jóvenes más rápido que el de levante, que después de una noche de terral conviene adelantar el riego aunque el sensor diga lo contrario. Un algoritmo entrenado con datos históricos puede aprender esas pautas, pero necesita tiempo y, sobre todo, necesita que el agricultor le enseñe.
La Universidad de Granada ha entendido que el camino no pasa por imponer la automatización total, sino por construir un modelo intermedio que los investigadores denominan de decisión compartida. En este esquema, el algoritmo no ordena: sugiere. Cada mañana, el agricultor recibe en su móvil una propuesta de riego para las próximas veinticuatro horas, elaborada a partir de los datos de los sensores y de los modelos agronómicos. El agricultor puede aceptarla, modificarla o rechazarla. Y cada decisión que toma queda registrada y alimenta el sistema, que aprende de las correcciones para afinar sus futuras recomendaciones.
El mecanismo es sutil y poderoso a la vez. Cuando un agricultor rechaza la propuesta del algoritmo porque sabe que al día siguiente va a llover, el sistema incorpora esa información y ajusta sus modelos. Cuando otro agricultor reduce el tiempo de riego sugerido porque conoce una veta de arcilla que retiene agua, el algoritmo aprende que esa zona de la finca tiene un comportamiento hídrico distinto. Con el tiempo, las propuestas se vuelven más precisas y el agricultor tiende a confiar más en ellas. Pero la decisión final sigue siendo suya, y ese detalle marca la diferencia entre la aceptación y el rechazo.
Los ensayos en El Zahorí han demostrado que este modelo intermedio alcanza ahorros de agua significativos, aunque algo menores que los del riego totalmente autónomo. La diferencia se sitúa en torno a unos pocos puntos porcentuales, un coste que los investigadores consideran asumible a cambio de la implicación activa del agricultor. Porque el objetivo no es solo ahorrar agua, sino transformar la manera en que los productores se relacionan con la tecnología. Un sistema que el agricultor siente como propio, que incorpora su conocimiento y respeta su autoridad, tiene muchas más posibilidades de consolidarse que una imposición externa.
El desafío técnico de este enfoque es considerable. El algoritmo debe ser capaz de procesar no solo los datos cuantitativos de los sensores, sino también las decisiones humanas, que a menudo responden a factores difíciles de medir: una corazonada, una experiencia pasada, una recomendación de un vecino. Los investigadores de la UGR trabajan con técnicas de aprendizaje automático que permiten al sistema identificar patrones en las correcciones de los agricultores y traducirlos a reglas operativas. No se trata de sustituir el conocimiento local, sino de amplificarlo con la capacidad de cálculo de la máquina.
En las reuniones con las comunidades de regantes de Motril, Salobreña y Almuñécar, los investigadores han comprobado que el modelo de decisión compartida despierta un interés que el riego autónomo no consigue. Los agricultores se muestran dispuestos a probar un sistema que les consulta, que les explica por qué propone lo que propone y que acepta sus correcciones sin cuestionarlas. La transparencia del algoritmo se convierte en un requisito imprescindible: nadie quiere seguir las recomendaciones de una caja negra que no da razones. Por eso los desarrollos actuales incluyen interfaces que muestran, en lenguaje sencillo, los motivos de cada propuesta: la humedad del suelo ha bajado del umbral, la previsión de viento aconseja adelantar el riego, la fase de engorde del fruto requiere un aporte extra.
El futuro del riego en la Costa Tropical no se decidirá en los laboratorios de Granada, sino en las fincas y en las cooperativas. La tecnología está madura para dar el salto hacia la automatización total, pero la realidad social del campo andaluz impone sus propios ritmos. El modelo de decisión compartida que propone la UGR representa un punto de encuentro entre la eficiencia que exige el cambio climático y la prudencia que reclama una profesión acostumbrada a convivir con la incertidumbre. No es la solución más ambiciosa desde el punto de vista técnico, pero quizá sea la única viable desde el punto de vista humano. Y en la agricultura, como en casi todo, las soluciones que ignoran a las personas suelen acabar abandonadas en un cajón.
La Costa Tropical como laboratorio para el mundo
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La singularidad de la Costa Tropical no reside en un solo factor, sino en la convergencia de tres elementos que rara vez coinciden en un mismo territorio. El microclima subtropical permite cultivar mangos, aguacates y chirimoyas en el único rincón de Europa continental donde maduran con rentabilidad. Esos cultivos de alto valor justifican inversiones en tecnología que serían impensables en cereales o aceituna de molino. Y sobre esa base económica se asienta una comunidad de regantes organizada desde hace décadas en comunidades que gestionan el agua con una disciplina casi administrativa.
Esa combinación ha convertido la costa granadina en un caso de estudio que trasciende lo local. La Universidad de Granada ha publicado quince artículos científicos sobre esta experiencia en los últimos cinco años, en revistas especializadas en agronomía, gestión hídrica y teledetección. Los trabajos abordan desde la calibración de sensores de humedad en suelos tropicales hasta modelos predictivos de demanda hídrica en fincas de aguacate. Ninguno de esos estudios habría sido posible sin la colaboración activa de los regantes, que han abierto sus parcelas y sus datos a los equipos de investigación.
El interés internacional no se ha hecho esperar. Delegaciones técnicas de Marruecos, Perú y Chile han visitado la comarca para estudiar el modelo sobre el terreno. Los tres países comparten un patrón similar: regiones costeras con microclimas propicios para frutales subtropicales, presión creciente sobre los recursos hídricos y una estructura de pequeños y medianos productores que necesitan coordinarse para invertir en digitalización. Lo que buscan no es copiar un software, sino entender cómo se construyó la gobernanza del sistema: quién decide, quién paga, quién valida los datos.
La respuesta, en el caso granadino, pasa por un equilibrio delicado entre innovación tecnológica y estructuras tradicionales. Las comunidades de regantes no son startups: son organizaciones centenarias con sus propios ritmos, sus asambleas y sus liderazgos locales. La digitalización ha funcionado donde ha respetado esa arquitectura social, integrándose en ella en lugar de sustituirla. Los técnicos que instalan sensores en una finca de Motril saben que la decisión final sobre cuándo regar sigue siendo del agricultor, y que el algoritmo es una herramienta de apoyo, no un sustituto del criterio.
El proyecto Smart Costa Tropical representa el siguiente escalón de esta trayectoria. Su objetivo es escalar la digitalización a las quince mil hectáreas de regadío de la comarca, una cifra que multiplica por varias veces la superficie actualmente monitorizada con sensores y telecontrol. El reto no es solo técnico, sino también económico y formativo: hay que convencer a cientos de pequeños propietarios de que la inversión inicial en sondas, caudalímetros y conectividad se amortiza en ahorro de agua y fertilizantes. Y hay que formar a una población agrícola envejecida en el uso de aplicaciones móviles y paneles de datos.
La escala introduce problemas nuevos que no existían en los proyectos piloto. Un sistema que funciona con cincuenta fincas colaboradoras puede colapsar con quinientas, porque la gestión de datos se multiplica y la heterogeneidad de cultivos, suelos y pendientes exige modelos más sofisticados. Los investigadores de la UGR trabajan en algoritmos de aprendizaje automático capaces de agrupar fincas por comportamiento hídrico similar, de modo que una explotación sin sensores pueda beneficiarse de los datos generados por otras parcelas comparables. Es una forma de democratizar la información sin necesidad de saturar el territorio de dispositivos.
El componente formativo es tan relevante como el tecnológico. Las delegaciones extranjeras que visitan la comarca preguntan siempre por el perfil de los agricultores que han adoptado la digitalización. La respuesta apunta a un factor generacional: los productores más jóvenes, muchos de ellos con formación universitaria o experiencia en otros sectores, actúan como prescriptores dentro de sus propias cooperativas. El boca a boca entre vecinos ha resultado más eficaz que cualquier campaña institucional para vencer la resistencia al cambio.
La dimensión climática añade urgencia al proyecto. La Costa Tropical sufre episodios de sequía cada vez más frecuentes, y los acuíferos que alimentan parte del regadío muestran signos de sobreexplotación. La digitalización no resuelve la escasez, pero permite gestionarla con criterios de eficiencia que antes no existían. Saber exactamente cuánta agua necesita cada árbol en cada momento evita el riego por exceso, que además de desperdiciar recurso provoca problemas de salinización y enfermedades fúngicas en cultivos sensibles como el aguacate.
El modelo granadino despierta interés también por su dimensión institucional. La colaboración entre la Universidad de Granada, las comunidades de regantes y las administraciones locales ha tejido un ecosistema de innovación que funciona sin grandes presupuestos ni estructuras burocráticas pesadas. Esa ligereza organizativa es justo lo que buscan replicar países como Marruecos o Perú, donde la administración pública suele ser más lenta y los productores más desconfiados. La lección granadina: la confianza se construye con resultados tangibles, no con discursos.
Los próximos años dirán si el escalado a quince mil hectáreas consolida este laboratorio o lo diluye. La experiencia de otros territorios apunta a que el salto de escala es el momento más delicado de cualquier proceso de digitalización agrícola. La Costa Tropical parte con una ventaja: quince artículos científicos, visitas internacionales y una comunidad de regantes que ya ha demostrado su capacidad de adaptación. El mundo observa, y la costa granadina riega con algoritmos mientras decide si su modelo es exportable o solo un espejismo subtropical.
