El último tañido: la agonía del toque manual en Almuñécar

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El último tañido: la agonía del toque manual en Almuñécar

# El último tañido: la agonía del toque manual en Almuñécar En Almuñécar, solo tres campaneros mayores de 70 años descifran aún los códigos de un lenguaje sonoro declarado Patrimonio Inmaterial por la UNESCO desde 2022. ## Un lenguaje que se apaga: la muerte de los últimos campaneros En

El último tañido: la agonía del toque manual en Almuñécar

En Almuñécar, solo tres campaneros mayores de 70 años descifran aún los códigos de un lenguaje sonoro declarado Patrimonio Inmaterial por la UNESCO desde 2022.

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Un lenguaje que se apaga: la muerte de los últimos campaneros

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En Almuñécar, el reconocimiento internacional del toque manual como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO convive con una paradoja difícil de ignorar: la transmisión generacional se ha roto por completo. Mientras los organismos internacionales blindan el valor simbólico de esta práctica, en las torres de la localidad granadina el conocimiento se concentra en tres hombres que superan los setenta años. Ninguno de ellos tiene un aprendiz que espere su turno junto a la soga.

El contraste con otras regiones españolas resulta demoledor. En León, los campanarios conservan una tradición documentada desde hace siglos, transmitida de padres a hijos y mantenida mediante encuentros como el de Villavante, que lleva casi cuatro décadas celebrándose. Allí, el oficio se aprende desde la infancia, cuando los niños acompañan a sus mayores a la torre y memorizan los ritmos escuchando, repitiendo y equivocándose. En Almuñécar, ese hilo se ha cortado sin que nadie haya sabido anudarlo de nuevo.

Las cofradías locales, depositarias históricas de la gestión de los toques, reconocen la gravedad del problema. Sin urgencia, sin un programa estructurado de formación, el conocimiento acumulado durante siglos se perderá en menos de una década. No se trata de una hipótesis catastrofista: basta con hacer números. Si los tres campaneros activos superan los setenta años, la biología impone un calendario que ninguna declaración patrimonial puede detener.

El toque manual no es un adorno folclórico ni una reliquia para turistas. Es un lenguaje completo, con su gramática, su sintaxis y sus dialectos locales. Cada repique, cada pausa, cada aceleración comunica algo distinto: una boda no suena igual que un entierro, un aviso de incendio no se confunde con la llamada a misa. Quien domina ese código posee una competencia comunicativa que ninguna aplicación móvil ha logrado replicar con la misma profundidad emocional.

En Almuñécar, los tres campaneros que aún suben a las torres cargan con un saber que ya no interesa a las generaciones jóvenes. Los motivos son múltiples y se entrelazan: la mecanización de los campanarios, la despoblación de los centros históricos, la pérdida de centralidad de la vida parroquial. Pero el resultado es el mismo: nadie pregunta, nadie observa, nadie pide aprender. El oficio se apaga en silencio, precisamente en el lugar donde el silencio nunca fue una opción.

La UNESCO declaró el toque manual Patrimonio Cultural Inmaterial en 2022, tras una candidatura impulsada por varios países europeos. El reconocimiento llegó acompañado de discursos solemnes y compromisos de salvaguarda. Sin embargo, en Almuñécar, como en tantos otros municipios del sur peninsular, la declaración no ha alterado la realidad cotidiana de las torres. Los campaneros siguen subiendo las escaleras de caracol con las mismas rodillas gastadas y la misma incertidumbre sobre quién ocupará su lugar.

La comparación con León resulta especialmente dolorosa porque demuestra que la continuidad es posible cuando existe una voluntad colectiva de mantenerla. Allí, los campaneros no son una rareza etnográfica: son figuras respetadas, integradas en la vida comunitaria, con un estatus que atrae a los jóvenes. En Almuñécar, el oficio ha quedado reducido a una práctica de ancianos, una costumbre que se tolera mientras no moleste demasiado y que desaparecerá sin que nadie levante la voz.

Las cofradías locales reconocen que no existe un plan de urgencia. No hay escuelas de campaneros, ni talleres de iniciación, ni campañas de captación entre los adolescentes. Tampoco hay un registro sistemático de los toques tradicionales de la zona, esos matices locales que distinguen el tañido de Almuñécar del de cualquier otro pueblo andaluz. Cuando los tres campaneros actuales dejen de subir a las torres, se llevarán consigo un vocabulario sonoro que ninguna grabación podrá reconstruir por completo.

El problema no es exclusivo de Almuñécar. En la mayoría de los municipios de la costa granadina, la mecanización de los campanarios avanzó durante las últimas décadas con la promesa de eficiencia y ahorro. Los motores eléctricos sustituyeron a las manos, los programadores digitales reemplazaron a la memoria humana. Lo que se ganó en puntualidad se perdió en matices: un motor puede reproducir un toque pregrabado, pero no puede improvisar, no puede adaptar el ritmo a la emoción del momento, no puede dialogar con la comunidad.

Los tres campaneros de Almuñécar representan la última generación de un linaje documentado desde mediados del siglo XVI en las actas capitulares de la localidad. Sus manos conservan la memoria de miles de toques: fiestas patronales, funerales, alertas de tormenta, llamadas a concejo. Esa memoria no está escrita en ningún manual, no se puede descargar de internet, no se aprende en un curso intensivo. Se transmite por contacto, por repetición, por años de convivencia con el sonido y con la torre.

El tiempo corre en contra. Cada año que pasa sin que aparezca un relevo es un año de conocimiento que se erosiona, un año de matices que se desvanecen. Las cofradías lo saben, los campaneros lo saben, las instituciones lo saben. Pero saber no basta. Hace falta un compromiso activo, una decisión colectiva de que este lenguaje no merece morir en silencio. Y esa decisión, por ahora, no se ha tomado en Almuñécar.

La declaración de la UNESCO debería haber sido un punto de inflexión, un acicate para actuar antes de que fuera demasiado tarde. En cambio, se ha convertido en un recordatorio incómodo de la distancia que separa los discursos oficiales de la realidad local. Mientras en Pamplona se celebran jornadas académicas sobre el valor del toque manual, en Almuñécar los tres campaneros suben a las torres sin saber si serán los últimos en hacerlo.

El lenguaje de las campanas se apaga lentamente, como un eco que se aleja en la montaña. Cada toque manual que aún suena en Almuñécar es un acto de resistencia, una afirmación de que este código sigue vivo mientras haya manos que lo ejecuten. Pero la resistencia tiene fecha de caducidad. Y esa fecha se acerca más rápido de lo que las cofradías están dispuestas a admitir en público.

El código secreto de las campanas: cómo se descifra cada tañido

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El tañido de una campana nunca fue un sonido aleatorio. Cada golpe, cada pausa y cada secuencia rítmica respondía a un código preciso que los vecinos aprendían desde la infancia sin necesidad de manuales ni explicaciones formales. En Almuñécar, como en tantos pueblos de la geografía española, el campanario funcionaba como una central de comunicaciones donde el bronce sustituía a la palabra hablada. Bastaba con escuchar unos segundos para saber si alguien había muerto, si el fuego amenazaba las eras o si la procesión doblaba ya la esquina de la plaza.

El caso más revelador de este sistema es el toque a difuntos, conocido tradicionalmente como clamor. Los campaneros mayores de Almuñécar describen una ejecución lenta, a cuerda, donde dos campanas se alternan en un diálogo grave y espaciado que parece imitar el llanto contenido de la comunidad. La clave no estaba solo en la cadencia, sino en el número de golpes: en Almuñécar, dos toques anunciaban la muerte de una mujer, tres la de un hombre, aunque estos códigos variaban notablemente según la región. Este detalle, aparentemente menor, permitía a los vecinos identificar de inmediato el sexo del fallecido antes de que corriera la voz por las calles.

La precisión del código no dejaba margen para la ambigüedad. Un campanero que equivocara el número de toques podía sembrar la confusión en todo el pueblo, atribuyendo la pérdida a una familia equivocada o generando una alarma innecesaria. Por eso el oficio exigía una concentración absoluta y un conocimiento profundo de las variantes locales, transmitido de maestro a aprendiz durante años de práctica en el campanario. Los ancianos de Almuñécar aún recuerdan cómo sus abuelos detenían cualquier conversación al escuchar el primer tañido del clamor, contando mentalmente los golpes para descifrar el mensaje.

Frente a la solemnidad del toque a difuntos, los repiques de fiesta desplegaban una energía completamente distinta. Los ritmos se aceleraban hasta volverse casi frenéticos, con las campanas girando a gran velocidad y los badajos golpeando el bronce en cascadas ininterrumpidas. No había dos fiestas iguales: la patrona, el Corpus o la llegada del obispo tenían cada una su secuencia característica, reconocible desde las huertas más alejadas del casco urbano. El campanero se convertía en una suerte de músico popular que interpretaba partituras centenarias sin más instrumento que la cuerda y el contrapeso.

Los toques de alarma ocupaban un lugar aparte en este vocabulario sonoro. Eran repiques repetitivos, intensos, sin la gracia rítmica de las celebraciones ni la pausa meditativa de los funerales. Su función era puramente práctica: movilizar a los vecinos ante un incendio, una riada o cualquier amenaza colectiva que exigiera una respuesta inmediata. En una época sin sirenas ni megafonía, el campanario era el único altavoz capaz de despertar a todo un pueblo en plena madrugada o de convocar a los hombres del campo en cuestión de minutos.

Las procesiones, por su parte, requerían un toque de acompañamiento que marcara el recorrido de las cofradías por las calles. No se trataba de un repique festivo ni de una alarma, sino de un pulso constante que guiaba el paso de los costaleros y anunciaba a los enfermos que no podían salir de casa el momento exacto en que la imagen pasaba ante su puerta. Los campaneros de Almuñécar ajustaban la intensidad según la distancia: más suave cuando la procesión estaba lejos, más potente cuando se acercaba al templo, creando una geografía sonora que los vecinos interpretaban sin esfuerzo.

Este sistema funcionaba como un auténtico "WhatsApp de antes", según la expresión que ha popularizado la etnografía reciente. La comparación no es exagerada: las campanas transmitían información en tiempo real, sin necesidad de que el receptor se desplazara ni de que existiera una infraestructura tecnológica compleja. Un campesino que trabajaba en su bancal podía saber, solo con levantar la cabeza y escuchar, si debía volver al pueblo por una emergencia o si podía continuar su jornada sin preocupación. La información viajaba a la velocidad del sonido, con una eficacia que hoy resulta difícil de imaginar.

La codificación no se limitaba a los grandes acontecimientos. Existían toques para el Ángelus, que estructuraban la jornada laboral en tres momentos de oración; toques para llamar a concejo, que convocaban a los vecinos a la plaza para tratar asuntos comunales; y toques de nublo, destinados a ahuyentar las tormentas que amenazaban las cosechas. Cada uno tenía su ritmo, su duración y su intensidad, conformando un vocabulario de decenas de mensajes distintos que cualquier vecino adulto dominaba con naturalidad. El campanario era, en definitiva, el centro neurálgico de la vida comunitaria.

Hoy, cuando la automatización ha sustituido a la mano humana y los toques se programan mediante sistemas electrónicos, ese vocabulario se desvanece a un ritmo alarmante. Los campaneros mayores de Almuñécar conservan en su memoria las claves de un lenguaje que ya casi nadie sabe interpretar, y con ellos desaparece una forma de entender la comunidad basada en la escucha atenta y el conocimiento compartido. El código de las campanas, documentado en Almuñécar desde mediados del siglo XVI, se apaga lentamente sin que la sociedad contemporánea haya encontrado un sustituto que transmita tanta información con tan pocos recursos.

Del siglo XVI a la era digital: la historia documentada del repique

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Los primeros testimonios escritos que mencionan el uso de campanas en Almuñécar aparecen en las actas capitulares y en los libros de fábrica de la parroquia de la Encarnación, cuyos fondos más antiguos conservados se remontan a mediados del siglo XVI. En esos folios, los sacristanes anotaban con minuciosidad los pagos recibidos por tañer a concejo, por doblar a muerto o por repicar en las festividades del calendario litúrgico. No se trataba de un oficio decorativo: el campanero era un empleado municipal y eclesiástico a la vez, con obligaciones recogidas en ordenanzas que regulaban desde el número de golpes hasta la duración exacta de cada toque.

Los archivos municipales de Almuñécar conservan referencias indirectas a esas ordenanzas en los libros de actas del cabildo, donde se debatían asuntos tan prosaicos como el mantenimiento de las sogas, la compra de badajos o la reparación de los campanarios dañados por temporales. La documentación revela que el tañido cumplía una triple función: convocaba a los vecinos a los concejos abiertos, marcaba los ritmos de la jornada laboral y avisaba de peligros como incendios, tormentas o incursiones de piratas berberiscos, amenaza constante en la costa granadina durante los siglos XVI y XVII. Cada uno de esos avisos tenía un patrón rítmico distinto, y su correcta ejecución podía marcar la diferencia entre la calma y el pánico colectivo.

La comparación con otras localidades ayuda a dimensionar la antigüedad del oficio. El encuentro de campaneros de Villavante, en la provincia de León, lleva celebrándose treinta y nueve años de manera ininterrumpida, una cifra respetable que sin embargo palidece frente a los más de cuatro siglos de repique documentado en Almuñécar. Esa longevidad no implica inmovilidad: el oficio ha evolucionado en técnicas, en repertorios y en significados, adaptándose a las necesidades de cada época. Lo que en el siglo XVI era un sistema de comunicación esencial para la supervivencia, en el XIX se convirtió en un marcador de identidad local y en el XX empezó a percibirse como un residuo del pasado.

El punto de inflexión llegó en la década de 1960, cuando la electrificación de los campanarios comenzó a imponerse en la mayoría de los municipios españoles. En Almuñécar, como en tantos otros, los motores sustituyeron a las manos y los relojes programables reemplazaron a los sacristanes que subían a la torre varias veces al día. La automatización prometía regularidad, ahorro y una precisión que el pulso humano no siempre garantizaba.

Pero con ella se perdió algo más difícil de cuantificar: la capacidad de improvisar matices, de ajustar la intensidad del golpe al estado de ánimo del pueblo, de diferenciar un repique de fiesta mayor de otro de fiesta menor con variaciones que ningún motor podía reproducir. Los libros de cuentas parroquiales de esa época registran las partidas destinadas a la instalación de los primeros mecanismos eléctricos, junto a las últimas nóminas de campaneros manuales.

Algunos de esos hombres siguieron subiendo a la torre durante años, no porque hiciera falta, sino porque se negaban a abandonar un oficio que habían heredado de sus padres y abuelos. Las actas de la parroquia no recogen sus nombres con el detalle que merecerían, pero sí dejan constancia de una transición silenciosa: la sustitución de un lenguaje humano por un zumbido mecánico que sonaba igual en los bautizos que en los entierros.

La documentación histórica permite reconstruir también la geografía sonora del municipio. No era lo mismo la campana grande de la Encarnación, reservada para los anuncios solemnes y los dobles por fallecidos ilustres, que la campana menor del convento o las esquilas de las ermitas repartidas por el término municipal. Cada una tenía un timbre, un alcance y una función específica, y los vecinos sabían distinguirlas sin necesidad de ver la torre. Esa cartografía auditiva, que hoy apenas puede intuirse en los documentos, constituye uno de los patrimonios inmateriales más frágiles de Almuñécar.

Los archivos notariales añaden otra capa de información, y no precisamente menor. En los testamentos y capitulaciones matrimoniales de los siglos XVII y XVIII aparecen mandas destinadas a pagar toques de campana por el alma del difunto, con indicaciones precisas sobre el número de repiques y la solemnidad requerida. Esas cláusulas, aparentemente menores, demuestran hasta qué punto el sonido de las campanas formaba parte del contrato social y espiritual de la comunidad. Morir sin un tañido adecuado era, para muchos, una forma de morir dos veces: una en la tierra y otra en la memoria de los vivos.

La era digital ha añadido un nuevo capítulo a esta historia, y no precisamente tranquilizador. Los sistemas actuales permiten programar los toques desde un teléfono móvil, ajustar el volumen, simular repiques tradicionales e incluso emitir sonidos pregrabados sin necesidad de que nadie pise el campanario. La paradoja es evidente: nunca ha sido tan fácil hacer sonar una campana y nunca ha habido tan pocas personas capaces de tocarla de verdad. La tecnología que prometía conservar el sonido ha terminado por vaciarlo de sentido, convirtiendo un lenguaje en una simple notificación acústica.

Los historiadores locales que han trabajado con los fondos parroquiales y municipales de Almuñécar coinciden en un punto: la documentación existe, es abundante y permite reconstruir con notable precisión la evolución del toque manual desde el siglo XVI hasta la actualidad. Lo que falta es el relevo generacional que convierta ese conocimiento archivístico en práctica viva. Los papeles pueden esperar en los legajos durante siglos, pero las manos que saben interpretar lo que esos papeles describen se están apagando una a una, sin que nadie haya encontrado todavía la forma de transmitir lo que no se aprende leyendo.

Las cofradías contra el silencio: la lucha por el relevo generacional

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En el despacho parroquial de la iglesia de la Encarnación, los responsables de la Hermandad del Cristo del Mar guardan un cartel plastificado que anuncia un taller de toque manual de campanas. La fecha corresponde al otoño pasado y el número de inscripciones no llegó a cubrir ni la mitad de las plazas ofertadas. La escena resume con precisión el estado de una batalla que las cofradías sexitanas libran desde hace años contra el silencio progresivo de sus campanarios.

La Cofradía de Nuestra Señora de la Antigua, vinculada al templo que domina el casco antiguo, intentó una estrategia similar durante la primavera. Organizaron dos sesiones de iniciación al toque manual, con la colaboración desinteresada de un campanero jubilado que se ofreció a transmitir los rudimentos del oficio. Acudieron cuatro personas, dos de ellas familiares directos del propio campanero, y ninguna repitió en la segunda convocatoria. Los hermanos mayores consultados coinciden en que el problema no es la difusión de la actividad, sino la naturaleza del compromiso que exige.

El contraste con otras localidades del territorio andaluz resulta especialmente doloroso para quienes conocen la tradición campanera. En Villavante, pequeña localidad leonesa, los campaneros mantienen vivo el toque manual como una herencia transmitida de padres a hijos sin necesidad de manuales ni convocatorias formales. Allí el relevo generacional se produce de manera orgánica, porque el toque de campanas sigue integrado en la vida cotidiana y en las celebraciones que estructuran el calendario comunitario. En Almuñécar, esa cadena de transmisión se ha roto en algún punto de las últimas tres décadas.

Los jóvenes sexitanos muestran un interés genuino por el patrimonio local, como demuestra la participación en rutas históricas o en iniciativas de recuperación de la memoria fotográfica del municipio. Sin embargo, ese entusiasmo no se traduce en una disposición a subir regularmente al campanario, aprender los toques codificados y asumir la responsabilidad de mantenerlos vivos. El oficio exige una disponibilidad que choca con los ritmos laborales y de ocio de las nuevas generaciones, pero también con una percepción del campanero como figura del pasado, ajena a las inquietudes del presente.

La financiación constituye otro obstáculo estructural que las cofradías no logran sortear. Los presupuestos de estas hermandades se destinan prioritariamente a la conservación de imágenes, pasos procesionales y enseres litúrgicos, dejando un margen mínimo para actividades formativas. Un taller de toque manual requiere, en condiciones óptimas, una remuneración digna para el instructor, material didáctico y un seguro de responsabilidad civil que cubra el acceso al campanario. Ninguna de las cofradías consultadas dispone actualmente de fondos suficientes para sostener un programa de aprendizaje continuado.

La paradoja resulta evidente para quienes observan la situación desde fuera. Las campanas de Almuñécar siguen sonando, pero lo hacen cada vez más a través de mecanismos electrónicos que reproducen grabaciones o activan martillos automáticos. El sonido permanece, pero el lenguaje desaparece, porque el toque manual implica precisamente la capacidad de modular, improvisar y adaptar cada tañido a la circunstancia concreta. Un repique automático no distingue entre una boda y un funeral, entre la fiesta patronal y una alerta meteorológica.

Los intentos de las cofradías por revertir esta tendencia han incluido también la búsqueda de alianzas con centros educativos. La Hermandad del Cristo del Mar propuso al instituto de enseñanza secundaria del municipio una actividad extraescolar que combinara la historia del toque manual con una demostración práctica en el campanario. La respuesta del claustro fue cortés pero evasiva, y la iniciativa quedó aparcada a la espera de una disponibilidad horaria que nunca llegó a concretarse. El episodio ilustra la dificultad de insertar un saber tradicional en los márgenes de un sistema educativo orientado a otras prioridades.

Mientras tanto, los campaneros veteranos que aún conservan el conocimiento de los toques tradicionales envejecen sin relevo. Algunos han comenzado a grabar vídeos domésticos con sus teléfonos móviles, conscientes de que esas imágenes pueden convertirse en el único testimonio disponible para futuras generaciones. Las cofradías guardan esas grabaciones con un celo que revela la conciencia de estar preservando un patrimonio en estado crítico, pero saben que ningún vídeo sustituye la transmisión directa, el aprendizaje corporal que solo se adquiere subiendo una y otra vez al campanario.

La lucha por el relevo generacional se libra en un terreno donde la voluntad no basta. Las cofradías sexitanas han identificado el problema, han diseñado respuestas y han chocado con los límites de sus propios recursos. El silencio que amenaza los campanarios de Almuñécar no es producto de la desidia, sino de una combinación de factores estructurales que ninguna hermandad puede resolver por sí sola. La pregunta que queda en el aire es si la declaración de la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial servirá para movilizar los apoyos institucionales que hasta ahora no han llegado.

El perfil del campanero: oficio, vocación y memoria oral

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En Almuñécar quedan tres hombres que aún suben los escalones de piedra hasta el campanario con la certeza de quien repite un gesto aprendido en la infancia. Los tres están jubilados, superan los setenta años y aprendieron el oficio entre los cincuenta y los sesenta, cuando el toque manual no era una rareza patrimonial, sino el pulso sonoro que ordenaba la vida cotidiana. Ninguno figura en nóminas parroquiales ni en registros municipales como campanero profesional; ese cargo nunca existió formalmente en la localidad. Su vínculo con las campanas se forjó por cercanía familiar, por vecindad con la torre y por una vocación que entonces no se distinguía de la simple disponibilidad.

La transmisión del conocimiento entre los campaneros sexitanos ha seguido un patrón estrictamente oral, similar al que los etnógrafos han documentado en las comarcas leonesas donde el toque manual conserva cierta vitalidad. Allí describen un código de señales transmitido de padres a hijos durante generaciones, con variantes locales que funcionan como dialectos dentro de un mismo idioma de bronce. En Almuñécar, ese relevo generacional se produjo en las décadas centrales del siglo XX, cuando los niños acompañaban a sus mayores a la torre para sujetar las cuerdas, observar la colocación de las manos y memorizar las secuencias rítmicas que distinguían un repique festivo de un toque de difuntos. No existía manual escrito ni escuela formal: el aprendizaje se basaba en la repetición, la corrección inmediata y la confianza que el campanero veterano depositaba en el aprendiz con oído y paciencia.

Los testimonios recogidos entre estos tres campaneros activos revelan que el oficio siempre estuvo ligado a una responsabilidad social que trascendía lo meramente técnico. El campanero no era un músico ni un operario, sino un intermediario entre los acontecimientos y la comunidad, alguien capaz de traducir una noticia en una secuencia de golpes que todos los vecinos sabían interpretar sin necesidad de explicaciones. Esa función exigía una disponibilidad absoluta: el campanero debía acudir a la torre a cualquier hora del día o de la noche, en plena cosecha o durante una tormenta, porque el mensaje no admitía demoras. Los tres hombres que hoy mantienen viva la práctica en Almuñécar recuerdan haber interrumpido comidas, jornadas de trabajo en el campo y celebraciones familiares para atender un toque urgente.

La memoria oral que conservan estos campaneros no se limita a la técnica de los tañidos. Sus relatos incluyen anécdotas que iluminan el significado social de cada toque y la manera en que la comunidad respondía a los mensajes codificados. El toque de alarma, por ejemplo, no era una abstracción: avisaba de incendios en los secanos cercanos o de la presencia de embarcaciones sospechosas frente a la costa, un eco lejano de los ataques de piratas berberiscos que durante siglos asolaron el litoral granadino. Cuando la campana sonaba con ese ritmo urgente y entrecortado, los hombres abandonaban las faenas y corrían hacia el punto de reunión establecido, mientras las mujeres aseguraban las puertas y reunían a los niños. El campanero que ejecutaba ese toque sabía que de la claridad de su repique dependía la rapidez de la respuesta vecinal.

El toque de difuntos constituye otro capítulo fundamental de esa memoria oral, y los campaneros sexitanos lo describen con una precisión que revela la complejidad del código. No existía un único tañido para anunciar una muerte, sino variantes que informaban sobre la edad del fallecido y, en consecuencia, sobre el carácter del duelo. Un niño recibía un toque distinto al de un adulto, y el de un anciano se diferenciaba a su vez por un ritmo más pausado que los vecinos interpretaban como el cierre natural de un ciclo vital. Esa gradación sonora permitía que la noticia circulara por el pueblo antes de que nadie pronunciara una palabra, y preparaba a la comunidad para el tipo de ceremonia que correspondía celebrar.

La vocación de estos campaneros se sostiene sobre una paradoja que ellos mismos verbalizan sin dramatismo: dedican horas a una tarea que ya no resulta imprescindible, en un tiempo en que los mecanismos electrónicos pueden reproducir cualquier toque con una regularidad perfecta. Sin embargo, su insistencia en subir a la torre responde a una convicción que la automatización no alcanza a sustituir. El toque manual introduce variaciones imperceptibles para un oído desatento pero significativas para quien conoce el código: un golpe ligeramente más fuerte, una pausa un instante más larga, una aceleración casi involuntaria que delata la emoción del campanero. Esa textura humana del sonido constituye, según sus propios testimonios, la diferencia entre informar y comunicar.

La memoria oral que atesoran estos tres hombres incluye también los nombres y las peculiaridades de las campanas que han tocado a lo largo de sus vidas. Cada una tiene su carácter, su respuesta al golpe, su punto exacto donde el badajo produce el sonido más limpio. Ese conocimiento no figura en ningún inventario ni en ninguna ficha de catalogación patrimonial, y desaparecerá con ellos si no encuentran a quién transmitírselo. Los campaneros lo saben, y por eso insisten en la urgencia de un relevo que no se presenta, una preocupación que comparten con los responsables de las cofradías locales y que se ha convertido en el centro de los esfuerzos por preservar la práctica.

El perfil de estos campaneros jubilados dibuja una figura que ya no se corresponde con ningún oficio reconocido en el mercado laboral ni en las estructuras eclesiásticas actuales. Son, más bien, depositarios de un saber comunitario que se transmitió durante siglos por vía oral y que hoy depende de la voluntad individual de tres personas. Su autoridad no procede de un título ni de un nombramiento oficial, sino del reconocimiento tácito de los vecinos que aún identifican sus nombres con la torre de la Encarnación y con los sonidos que han marcado las horas decisivas de la vida local. Esa legitimidad silenciosa, construida a lo largo de décadas, constituye el fundamento último de un oficio que se resiste a desaparecer mientras haya manos dispuestas a tirar de las cuerdas.

La automatización: el enemigo silencioso que ya ganó la partida

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El primer motor eléctrico que sustituyó a un brazo humano en Almuñécar se instaló sin ceremonia ni testigos de excepción. Fue a mediados de los años ochenta, cuando un técnico de una empresa granadina subió al campanario de la Encarnación con una caja de herramientas y bajó dejando atrás un mecanismo capaz de golpear la campana con regularidad cronométrica. Los campaneros de entonces lo observaron con una mezcla de curiosidad y recelo, conscientes de que aquel artilugio no necesitaba aprender los toques ni heredar la memoria de sus mayores. Bastaba con pulsar un interruptor para que el bronce sonara exactamente igual que siempre, sin matices, sin errores y sin la intervención de una mano.

La automatización llegó a Almuñécar con la promesa de resolver un problema práctico: la falta de relevo generacional. Las parroquias argumentaron que un sistema eléctrico era más barato que mantener a una persona disponible a cualquier hora del día o de la noche, y más fiable que depender de la salud o la voluntad de un anciano. Los párrocos de la época vieron en aquellos dispositivos una solución administrativa impecable, una forma de garantizar que las campanas siguieran sonando aunque ya no quedara nadie dispuesto a subir los escalones del campanario. Lo que no calcularon fue el coste simbólico de aquella decisión, la pérdida silenciosa de un lenguaje que solo podía articularse con las manos.

Hoy, la mayoría de las iglesias sexitanas funcionan con sistemas eléctricos que reproducen toques pregrabados. El sonido sale de un altavoz o de un martillo mecánico accionado por un programador digital, y suena idéntico en cada funeral, en cada boda y en cada fiesta patronal. La diferencia es imperceptible para el oído no entrenado, pero los campaneros que aún quedan en el municipio la detectan al instante: falta el pulso humano, esa variación mínima en el ritmo que distinguía el toque de un campanero del de otro. Falta también la capacidad de improvisar, de alargar un repique cuando la ocasión lo merecía o de acortarlo cuando el viento amenazaba con desestabilizar la campana.

Los campaneros locales admiten que la automatización ganó la partida hace décadas. Lo dicen con la resignación de quien ha visto cómo su oficio se desvanecía sin estridencias, sin un momento exacto que marcar en el calendario como el día de la derrota. La transición fue gradual: primero se automatizaron los toques de misa diaria, luego los de difuntos y finalmente los festivos, hasta que el campanero quedó relegado a un papel testimonial que solo se reivindica en contadas ocasiones. La tecnología no necesitó imponerse por la fuerza; bastó con ofrecer una alternativa más cómoda y más económica para que las parroquias la adoptaran sin resistencia.

La frase que resume la posición de los resistentes pertenece a Villavante, campanero y estudioso del toque manual, quien sostiene que "la IA nunca podrá hacer el toque manual". Su afirmación no es una bravuconada tecnófoba, sino una constatación técnica: el toque manual depende de la fuerza, el equilibrio y la sensibilidad de un cuerpo humano en relación con una campana concreta, con su peso específico, su inclinación y hasta la temperatura del metal. Un sistema automático puede reproducir una secuencia de golpes, pero no puede sentir la campana, no puede ajustar el gesto a las condiciones del momento ni dialogar con el bronce como lo hace un campanero experimentado.

La paradoja es que la automatización, presentada como una garantía de continuidad, ha acelerado la desaparición del conocimiento que pretendía preservar. Al dejar de ser necesaria la presencia física del campanero, se interrumpió la cadena de transmisión oral que durante siglos había mantenido vivo el oficio. Los jóvenes ya no suben al campanario porque ya no hay nadie que les enseñe, y no hay nadie que les enseñe porque las parroquias dejaron de necesitar aprendices. El resultado es un vacío generacional que ningún dispositivo electrónico puede llenar, una ruptura en la memoria colectiva que se manifiesta en la uniformidad de los toques actuales.

Los sistemas automáticos ofrecen una ventaja que los campaneros manuales jamás pudieron igualar: la puntualidad absoluta. Un programador digital no se retrasa, no enferma ni olvida un toque de difuntos a las tres de la madrugada. Las parroquias valoran esa fiabilidad por encima de cualquier consideración patrimonial, y los feligreses se han acostumbrado a un sonido predecible que ya no exige interpretación. El toque manual, con sus variaciones y sus silencios cargados de significado, se ha convertido en un recuerdo borroso que solo los más mayores identifican con claridad.

En Almuñécar, la automatización no encontró una oposición organizada. Los campaneros de los años ochenta eran hombres mayores, acostumbrados a un oficio que ya entonces se consideraba residual, y no tenían capacidad para articular una defensa colectiva de su forma de trabajo. Aceptaron los nuevos sistemas con la misma naturalidad con la que habían aceptado otras transformaciones del paisaje urbano, quizá porque intuían que la batalla estaba perdida de antemano. La tecnología llegó envuelta en el lenguaje del progreso y la modernización, y oponerse a ella equivalía a declararse enemigo del futuro.

El resultado es un paisaje sonoro empobrecido, donde todas las campanas suenan igual y ningún toque revela la identidad de quien lo ejecuta. Los campaneros que aún suben a los campanarios de Almuñécar lo hacen por convicción personal, no porque las parroquias requieran sus servicios. Su presencia es casi un acto de resistencia silenciosa, una forma de recordar que el toque manual fue durante siglos el latido sonoro de la comunidad. La automatización ganó la partida, pero no ha conseguido borrar del todo la memoria de lo que se perdió.

El toque de difuntos: un código que distingue sexo, edad y duelo

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En Almuñécar, cuando una campana dobla a muerto, el aire se llena de un mensaje que casi todos los vecinos de cierta edad saben descifrar sin necesidad de preguntar. El toque de difuntos se ejecuta a cuerda, con dos campanas que dialogan entre sí en una secuencia pausada, grave, sin adornos. No hay prisa en ese tañido: cada golpe se deja morir antes de que llegue el siguiente, como si el bronce necesitara tiempo para que el duelo se asiente en quien lo escucha desde la calle, desde la cocina o desde el campo.

El código esencial se transmite de oído, de campanero a aprendiz, sin manuales ni partituras. En Almuñécar, dos toques anuncian que la fallecida es una mujer; tres, que es un hombre. Esa distinción binaria, que hoy puede parecer tosca, funcionó durante siglos como un boletín parroquial instantáneo: bastaba con contar las campanadas para saber si el luto que se avecinaba vestiría de viuda o de viudo, si los hijos que quedaban huérfanos acababan de perder a la madre o al padre. La comunidad entera se enteraba antes de que el pregonero o el boca a boca completaran los detalles.

Los campaneros mayores de Almuñécar, sin embargo, han añadido matices que convierten ese esquema básico en un lenguaje mucho más rico. El número de campanadas no solo indica el sexo, sino que también aproxima la edad del difunto: un fallecido joven recibe un toque más breve, casi tímido, mientras que a un anciano se le despide con una serie más larga, como si la torre quisiera enumerar los años que se lleva consigo. Esa variación no está escrita en ningún reglamento; vive en la memoria de quienes aún suben al campanario y en la sensibilidad con la que interpretan cada pérdida.

El toque se interrumpe durante la función religiosa, un detalle que revela hasta qué punto este código está integrado en la liturgia y en la vida cotidiana. Mientras el sacerdote oficia la misa de cuerpo presente, las campanas callan: el duelo se traslada al interior del templo, donde el silencio tiene otro peso. Después, cuando el féretro sale hacia el cementerio, el tañido se reanuda con la misma cadencia, acompañando el cortejo fúnebre hasta que la comitiva desaparece de la vista de la torre. Esa pausa ritual no es un capricho acústico, sino una muestra de respeto que los campaneros han mantenido siempre, incluso cuando nadie les ha pedido que lo hagan.

La dificultad de preservar este código radica precisamente en su naturaleza intangible. No basta con saber que dos toques corresponden a mujer y tres a hombre; hay que haber escuchado cientos de entierros para distinguir el matiz que separa a un niño de un adulto, a un hombre de mediana edad de un anciano que muere en su cama rodeado de nietos. Esa memoria auditiva se construye con años de exposición y con una sensibilidad que ningún motor eléctrico puede replicar. Los campaneros actuales lo saben: cuando ellos falten, el código se irá con ellos, porque no hay forma de anotar en un papel la tristeza con la que se deja caer la cuerda en un entierro de un joven.

En las conversaciones que aún se mantienen en los bares del casco antiguo, algunos vecinos recuerdan cómo, de niños, aprendieron a contar las campanadas sin que nadie se lo explicara formalmente. Era un conocimiento que se absorbía por ósmosis, escuchando a las abuelas comentar “han tocado a hombre” o “pobre, era una chiquilla” mientras se asomaban al balcón. Ese aprendizaje comunitario, que convertía a cada oyente en un intérprete del bronce, se ha ido perdiendo a medida que los toques automáticos uniformizan los mensajes y los reducen a un simple aviso sonoro sin matices.

El toque de difuntos es, de todos los que componen el repertorio campanil, el que más exige del campanero. No se trata de una fiesta, donde el ritmo puede ser alegre y los errores se disimulan entre el bullicio; aquí cada golpe es un acto de comunicación solemne que no admite improvisaciones. La cuerda se maneja con una contención especial, con una economía de movimientos que refleja el respeto por el muerto y por su familia. Los campaneros veteranos hablan de ese toque con una gravedad particular, como si cada difunto que han despedido desde la torre les hubiera dejado una huella en las manos.

La comunidad de Almuñécar ha comprendido durante generaciones que ese tañido no es un simple aviso de defunción, sino una forma de acompañamiento. Cuando suena el doble, los vecinos interrumpen por un instante sus tareas y escuchan, cuentan, interpretan. En ese breve lapso, la campana ejerce una función que ninguna aplicación móvil ha podido sustituir: la de hacer sentir a la familia del difunto que su pérdida no pasa desapercibida, que el pueblo entero se detiene un momento para reconocer el vacío que deja quien se va. Ese vínculo emocional, tejido a base de siglos de repetición, es el que está en juego cuando se habla de la desaparición del toque manual.

Fiestas y alarmas: los otros lenguajes que también se pierden

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En Almuñécar, el tañido festivo no admitía medias tintas. Los campaneros que aún recuerdan las verbenas de San Miguel y de la Virgen de la Antigua describen un ritmo rápido, casi eufórico, que se desbordaba desde el campanario como una invitación difícil de rechazar. No era un simple aviso de que la fiesta había comenzado: era la fiesta misma, convertida en vibración y en aire. Las campanas repicaban con una alegría contagiosa que se colaba por las calles estrechas del casco antiguo y subía por las laderas hasta los cortijos más apartados.

Ese lenguaje festivo tenía sus propias reglas, transmitidas de oído y de mano en mano entre generaciones de campaneros. El repique de fiesta se distinguía por su cadencia viva, por la forma en que las campanas parecían perseguirse unas a otras sin alcanzarse jamás. Los vecinos no necesitaban asomarse al balcón para saber que la procesión estaba a punto de salir o que los fuegos artificiales comenzarían en breve. El sonido lo decía todo, con una precisión que hoy resulta difícil de imaginar en un mundo saturado de notificaciones y alarmas digitales.

Frente a esa euforia sonora, el toque de alarma representaba el extremo opuesto del espectro emocional. Los campaneros lo describen como un tañido repetitivo e intenso, carente de cualquier matiz festivo, que se incrustaba en el pecho de quien lo escuchaba. Servía para avisar de incendios, de riadas repentinas o de cualquier emergencia que exigiera la movilización inmediata del vecindario. En una época sin sirenas ni megafonía, aquel sonido era la diferencia entre la vida y la muerte para muchas familias del municipio.

La intensidad del toque de alarma no era uniforme ni caprichosa. Los campaneros veteranos recuerdan que el volumen y la fuerza con que se golpeaba la campana permitían a los vecinos deducir la proximidad del peligro. Un tañido poderoso, que hacía vibrar las vigas del campanario, indicaba que la emergencia estaba cerca, quizá en el mismo casco urbano o en sus inmediaciones. Un sonido más contenido, en cambio, sugería que el problema se localizaba en las afueras, en los campos de cultivo o en las zonas altas del municipio.

Esa gradación acústica convertía el toque de alarma en un sistema de información geográfica rudimentario, pero eficaz. Quienes escuchaban desde sus casas podían calibrar con el oído si debían salir corriendo con cubos de agua o si aún tenían margen para organizarse antes de acudir al lugar del siniestro. Los campaneros no necesitaban explicar nada: el bronce hablaba por ellos, con una elocuencia que hoy se ha perdido casi por completo. La automatización ha sustituido ese lenguaje matizado por un sonido uniforme, idéntico para todas las emergencias y para todas las distancias.

El contraste entre el toque de fiesta y el de alarma revela la riqueza comunicativa de un sistema que hoy parece condenado al silencio. No se trataba de dos variantes de un mismo sonido, sino de dos lenguajes distintos, cada uno con su gramática, su tempo y su carga emocional. El primero invitaba a la comunidad a reunirse, a celebrar, a olvidar por unas horas las fatigas del trabajo diario. El segundo la convocaba a la acción inmediata, a la solidaridad urgente frente a un peligro compartido. Ambos cumplían una función social que ningún altavoz moderno ha logrado replicar con la misma eficacia.

Los campaneros de Almuñécar insisten en que el toque de alarma era tan distintivo que los vecinos no lo confundían con ningún otro. Aunque sonara a medianoche, en plena tormenta o en medio de una jornada de trabajo, todos sabían reconocerlo al instante. Esa claridad comunicativa se basaba en la repetición constante de un patrón rítmico que se aprendía desde la infancia, como se aprende el timbre de la voz de un familiar. Las campanas formaban parte del paisaje sonoro cotidiano, y su ausencia actual ha dejado un vacío que pocos saben nombrar.

La pérdida de estos lenguajes no afecta solo a la memoria de los mayores. Afecta también a la capacidad de la comunidad para entenderse a sí misma como un cuerpo colectivo, con sus propios códigos y sus propias formas de comunicación. El toque de fiesta y el de alarma eran, en el fondo, expresiones de una misma verdad: que Almuñécar funcionaba como un organismo vivo, capaz de alegrarse y de alertarse al unísono. La automatización ha fragmentado esa experiencia compartida, sustituyéndola por sonidos pregrabados que no distinguen entre la alegría y el peligro.

Los tres campaneros que aún suben al campanario de Almuñécar conservan en sus manos la memoria de aquellos ritmos. Saben cómo se repicaba para San Miguel, cómo se doblaba para la Virgen de la Antigua y cómo se golpeaba el bronce cuando el fuego amenazaba los campos. Pero su conocimiento se extingue con ellos, porque no hay aprendices que quieran dedicar horas a dominar un oficio que ya no se considera necesario. El último tañido manual de fiesta o de alarma podría sonar en cualquier momento, sin que nadie lo reconozca como lo que es: el final de un idioma entero.

La UNESCO y la teoría: un reconocimiento que no llega a la práctica

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El expediente que viajó a París llevaba el respaldo de comunidades autónomas, diputaciones, obispados y decenas de asociaciones locales. La candidatura del toque manual de campanas se construyó sobre la idea de que España conserva uno de los patrimonios sonoros más ricos y diversos del continente, con variantes dialectales que cambian de valle en valle y de campanario en campanario. La UNESCO aceptó los argumentos y en 2022 inscribió la práctica en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El anuncio se celebró en muchos municipios como una victoria simbólica, un espaldarazo internacional que blindaría los toques frente al olvido.

En Almuñécar, la noticia se recibió con una mezcla de orgullo y escepticismo. Los campaneros veteranos, aquellos que aún suben a las torres de la Encarnación o de la parroquia de San Miguel, sabían que el reconocimiento no venía acompañado de ninguna obligación concreta para los ayuntamientos. La UNESCO no impone planes de salvaguarda vinculantes ni transfiere fondos directos a los municipios. Su sello es una distinción moral, un recordatorio de que la comunidad internacional considera valiosa una práctica, pero la gestión cotidiana sigue dependiendo de la voluntad política local y de los presupuestos municipales.

Tres años después de la inscripción, las cofradías sexitanas denuncian que el reconocimiento no se ha traducido en una sola medida tangible. No existe una escuela municipal de campaneros, ni un programa de formación para jóvenes, ni una partida presupuestaria destinada a la conservación de los conjuntos de campanas. Los bronces históricos de Almuñécar, algunos fundidos en el siglo XVIII, siguen expuestos a la intemperie, sujetos a yugos de madera que se agrietan y a badajos que golpean con más fuerza de la que las estructuras pueden soportar. La declaración de la UNESCO no ha cambiado ni un tornillo de esa realidad.

El caso de Almuñécar no es una excepción en el panorama andaluz. La inscripción en la lista representativa de la UNESCO no genera automáticamente líneas de financiación estatal ni autonómica para los municipios que conservan toques tradicionales. Las ayudas que existen suelen estar vinculadas a proyectos de restauración arquitectónica, no a la transmisión de saberes inmateriales. Un campanario puede recibir fondos para arreglar grietas o consolidar muros, pero difícilmente para pagar a un maestro campanero que enseñe los toques de difuntos, de fiesta o de alarma a una nueva generación.

Las cofradías de Almuñécar han planteado en más de una ocasión la necesidad de crear una escuela de campaneros que funcione de manera estable. La propuesta no requiere grandes inversiones: bastaría con habilitar un espacio en alguna dependencia parroquial, establecer un calendario de prácticas y contar con la disponibilidad de los campaneros veteranos que aún conservan el repertorio completo. Sin embargo, la iniciativa no ha encontrado eco en el Ayuntamiento, que no ha incluido el toque manual en sus programas de patrimonio ni en su oferta de actividades culturales. El reconocimiento de la UNESCO se menciona en los discursos oficiales, pero no aparece en los presupuestos.

La protección de los conjuntos de campanas históricas es otra de las asignaturas pendientes. En Almuñécar existen bronces que superan los dos siglos de antigüedad, piezas que han sobrevivido a guerras, terremotos y reformas litúrgicas. Algunas conservan inscripciones con el nombre del fundidor, la fecha de fabricación y la advocación a la que fueron dedicadas. Estos elementos no están catalogados como bienes muebles de interés cultural, ni cuentan con un plan de conservación preventiva que regule su manipulación. La UNESCO reconoce el valor del toque, pero no obliga a proteger los instrumentos que lo hacen posible.

La paradoja es evidente para quienes conocen el terreno. La comunidad internacional declara que el toque manual es un patrimonio de la humanidad, mientras que en Almuñécar los campaneros que lo practican no reciben ningún tipo de compensación económica ni reconocimiento administrativo. Suben a las torres por devoción, por costumbre o por un sentido de responsabilidad que no figura en ningún contrato. Si uno de ellos deja de acudir, el toque se pierde y nadie tiene la obligación legal de sustituirlo. La UNESCO ha puesto el foco sobre la práctica, pero el foco no calienta los campanarios.

Los expertos en patrimonio inmaterial insisten en que la salvaguarda efectiva requiere medidas de transmisión, documentación y apoyo a las comunidades portadoras. Sin esos tres pilares, la inscripción en la lista de la UNESCO se convierte en un gesto vacío, una placa que se cuelga en la pared mientras el saber se extingue en silencio. En Almuñécar, la documentación de los toques locales es fragmentaria y dispersa: algunos están grabados en cintas de casete guardadas en casas particulares, otros solo existen en la memoria de los campaneros más ancianos. No hay un archivo sonoro municipal que recoja el repertorio completo ni un inventario de los toques que se practican en cada parroquia.

La distancia entre la teoría y la práctica se mide en metros, no en kilómetros. Basta con subir a la torre de la Encarnación y observar el estado de los badajos, las cuerdas deshilachadas y los yugos que crujen con cada tañido. La UNESCO ha dicho que ese sonido es valioso para toda la humanidad. Las cofradías de Almuñécar esperan que alguien, en algún despacho del Ayuntamiento o de la Junta de Andalucía, traduzca esa declaración en una partida presupuestaria, un programa de formación o una simple orden de mantenimiento. Hasta ahora, el silencio administrativo contrasta con el ruido de las campanas que aún resisten.

Villavante como espejo: lo que Almuñécar podría aprender

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En la localidad leonesa de Villavante, a orillas del río Órbigo, cada primer fin de semana de agosto se repite un ritual que ya cumple treinta y nueve ediciones. Campaneros llegados de Asturias, Cantabria, Galicia, Castilla y León y ocasionalmente de otras comunidades suben a la torre de la iglesia parroquial para turnarse en el toque manual, intercambiar técnicas y, sobre todo, hacerse visibles ante un público que abarrota la plaza. El encuentro nació en 1986 como una iniciativa modesta de un grupo de vecinos preocupados por la desaparición de los toques tradicionales, y con el paso de las décadas se ha convertido en una cita de referencia para el campaneo del noroeste peninsular.

Lo que ocurre en Villavante no es un simple acto folclórico ni una exhibición para turistas despistados. Los organizadores insisten en que el objetivo principal es crear cantera: cada edición incorpora a jóvenes que nunca habían agarrado una soga y que, tras dos o tres veranos, acaban asumiendo responsabilidades en sus propios campanarios. La fórmula combina talleres prácticos por las mañanas, toques colectivos al mediodía y una comida de hermandad que funciona como espacio informal de transmisión oral. Los campaneros veteranos cuentan anécdotas, corrigen posturas, enseñan los ritmos específicos de cada valle y resuelven dudas que ningún manual escrito podría recoger.

Almuñécar carece de un evento equivalente, y esa ausencia pesa más de lo que podría parecer a simple vista. Los campaneros sexitanos que aún conservan el conocimiento de los toques locales nunca han sido invitados a compartirlo en un marco organizado, ni dentro del municipio ni en encuentros de otras regiones. No existe una fecha en el calendario que los reúna, que los ponga frente a un micrófono o que los presente ante las nuevas generaciones como depositarios de un saber valioso. El contraste con Villavante resulta elocuente: allí la tradición se celebra, se practica y se renueva cada año; aquí se apaga en silencio, confinada a la memoria de unos pocos y a las campanas que ya apenas suenan.

La visibilidad, o su ausencia, determina en gran medida la salud de un patrimonio inmaterial. Un encuentro anual como el leonés cumple una doble función: legitima socialmente la actividad ante los vecinos y atrae a curiosos que, de otro modo, jamás se plantearían aprender a tocar. En Almuñécar, la falta de un espacio similar ha convertido el toque manual en una práctica invisible, casi clandestina, que solo emerge en funerales o en alguna festividad cuando la automatización falla. Los campaneros locales no se sienten reconocidos, y los posibles aprendices ni siquiera saben que existe algo que aprender.

El modelo de Villavante demuestra que no se necesitan grandes presupuestos ni infraestructuras complejas para revertir una tendencia de declive. Basta con una torre accesible, un grupo de personas dispuestas a organizarse y la voluntad de abrir las puertas a cualquiera que muestre interés. Los encuentros se financian con aportaciones modestas de los participantes y con el apoyo puntual de la junta vecinal, y aun así han logrado mantener viva una red de campaneros que se extiende por decenas de pueblos. La clave reside en la continuidad: treinta y nueve años de convocatorias ininterrumpidas han creado un hábito, una expectativa y un sentido de pertenencia que trasciende a los individuos concretos.

Almuñécar podría mirarse en ese espejo sin necesidad de copiar el formato exacto. Un encuentro anual de campaneros del litoral granadino, por ejemplo, permitiría conectar a los pocos conocedores que aún residen en la comarca con otros llegados de la Alpujarra, de la Axarquía o del Campo de Gibraltar. La diversidad de toques entre zonas tan cercanas geográficamente pero tan distintas en su historia aportaría un atractivo añadido, y la presencia de visitantes foráneos ayudaría a que los vecinos de Almuñécar redescubrieran un patrimonio que llevan décadas ignorando. La torre de la iglesia de la Encarnación, con su imponente conjunto de campanas, ofrece un escenario idóneo para una iniciativa de este tipo.

El caso de Villavante también enseña que la transmisión no puede depender exclusivamente de la buena voluntad individual. Los campaneros leoneses han entendido que necesitan estructuras mínimas de apoyo: un calendario fijo, un lugar de reunión, canales de difusión y, sobre todo, el reconocimiento de las instituciones locales. En Almuñécar, ninguna de esas piezas está colocada. Los campaneros sexitanos no disponen de un espacio donde reunirse, no figuran en la programación cultural del municipio y no han recibido propuesta alguna para documentar sus toques o para enseñarlos a las generaciones más jóvenes.

La comparación entre ambas localidades no pretende idealizar el modelo leonés ni presentar a Almuñécar como un caso perdido. Villavante ha cometido errores, ha atravesado años de escasa participación y ha tenido que adaptarse a los cambios demográficos del medio rural. Sin embargo, su persistencia demuestra que la organización colectiva puede frenar, e incluso revertir, la pérdida de un lenguaje sonoro que parecía condenado a desaparecer. Almuñécar cuenta con campanas históricas, con campaneros que aún recuerdan los toques de difuntos, de fiesta y de alarma, y con un tejido social lo bastante denso como para sostener un encuentro anual si alguien diera el primer paso.

Ese primer paso, según la experiencia de Villavante, suele ser el más difícil. Requiere vencer la inercia, superar la sensación de que ya es demasiado tarde y convencer a los propios campaneros de que su conocimiento merece ser compartido. En el pueblo leonés, los impulsores del encuentro recuerdan que al principio muchos veteranos se mostraban reticentes: no entendían por qué alguien querría aprender unos toques que ellos habían practicado por obligación, sin glamour alguno. La respuesta llegó cuando los primeros jóvenes se acercaron con curiosidad genuina y los veteranos descubrieron que su saber, lejos de ser un residuo del pasado, despertaba admiración y respeto.

Almuñécar tiene ante sí la posibilidad de replicar esa dinámica, adaptándola a su realidad costera y a su calendario festivo. Un encuentro de campaneros celebrado en primavera u otoño, alejado de la saturación turística del verano, podría convertirse en una cita modesta pero significativa dentro del panorama cultural de la Costa Tropical. La materia prima existe: campanas, campaneros, historia y un público potencial que, como demuestra Villavante, responde cuando se le ofrece la oportunidad de escuchar y de aprender. Lo que falta es la decisión de convocar, de abrir la torre y de confiar en que el sonido de las campanas todavía tiene algo que decir.

La memoria sonora: grabaciones y archivos para no olvidar

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En el bolsillo de media Almuñécar duerme ya un archivo involuntario. Son grabaciones de móvil tomadas a pulso, con el viento de levante colándose en el micrófono, donde un tañido de difuntos o un repique de fiesta queda atrapado entre el ruido de una moto y la voz de un niño. Nadie las ha catalogado, nadie las ha pedido, pero existen. Son la memoria sonora espontánea de un pueblo que intuye que algo se le escapa y que, sin saber muy bien por qué, decide guardarlo en la galería del teléfono junto a las fotos de la paella del domingo.

El archivo municipal conserva, en cambio, un material de otra naturaleza. Allí descansan cintas magnetofónicas de los años setenta con registros de toques que ya nadie ejecuta, grabaciones realizadas cuando la mecanización aún no había silenciado los campanarios. El problema es que esas cintas se degradan en cajas de cartón, sin un plan de digitalización que las rescate antes de que el óxido magnético se las trague para siempre. No hay presupuesto asignado, ni técnico responsable, ni calendario de actuación. Solo la certeza de que cada año que pasa, la cinta pierde un poco más de su capacidad de devolvernos aquel sonido.

La paradoja es cruel: Almuñécar guarda testimonios sonoros de los años setenta mientras deja que los toques actuales, los últimos manuales, se desvanezcan sin registro sistemático. Los vecinos graban a retazos, con la mejor intención, pero sin criterio documental. Falta quien anote la fecha, la festividad, el nombre del campanero, el significado del toque. Falta quien pregunte por qué ese repique lleva tres golpes secos al final o por qué aquel tañido se alarga más de lo habitual. Sin esos datos, la grabación es solo ruido hermoso; con ellos, se convierte en documento etnográfico.

El modelo que podría iluminar el camino está en León. Los campaneros de aquella provincia han construido un archivo sonoro con más de quinientas grabaciones, un fondo que no se limita a almacenar audios sino que los contextualiza, los data y los vincula a los nombres de quienes los ejecutaron. Ese archivo no nació de una institución ni de un proyecto europeo: nació de la obstinación de unos cuantos hombres y mujeres que entendieron que cada toque perdido es una palabra que se extingue. Quinientas grabaciones pueden parecer pocas frente a la inmensidad del patrimonio peninsular, pero son quinientas más de las que tiene Almuñécar.

La tecnología actual permitiría replicar ese modelo con un coste reducido. Un teléfono de gama media, un micrófono de solapa de veinte euros y una cuenta en un repositorio digital bastarían para empezar. Lo que falta no es dinero, sino la decisión de hacerlo. Falta que alguien en el Ayuntamiento entienda que digitalizar una cinta de 1974 no es un capricho de nostálgicos, sino una operación de salvamento cultural tan urgente como restaurar un retablo o apuntalar una muralla. El sonido también es patrimonio, aunque no ocupe espacio en las vitrinas ni luzca en las guías turísticas.

Los campaneros sexitanos que aún suben al campanario no son eternos. Algunos superan los setenta años y sus manos, aunque firmes, empiezan a fallar en los repiques largos. Cuando ellos falten, nadie podrá explicar por qué el toque de ánimas se ejecuta con esa cadencia lenta, casi arrastrada, que imita el paso de un cortejo fúnebre. Las grabaciones actuales, tomadas sin método, no bastarán para reconstruir ese saber. Hará falta el archivo que hoy no existe, el proyecto que nadie ha puesto en marcha, la voluntad que se demora mientras las cintas de los setenta se deshacen en silencio.

Hay una escena que se repite en las terrazas de la plaza del Ayuntamiento cuando suena el campanario. Los turistas levantan la vista, sonríen, graban diez segundos con el móvil y siguen comiendo. Esos diez segundos, multiplicados por cientos de visitantes cada verano, forman un archivo caótico y disperso que jamás será consultado. Mientras tanto, el archivo municipal guarda cintas que nadie digitaliza y los campaneros de León demuestran que el trabajo sistemático es posible. Almuñécar tiene los mimbres: tiene los sonidos, tiene los informantes, tiene la tecnología. Le falta el cesto.

El tiempo juega en contra, y no solo por la edad de los campaneros. Las cintas magnetofónicas de los años setenta tienen una vida útil limitada, y cada reproducción sin las condiciones adecuadas acelera su deterioro. Si en los próximos años no se aborda su digitalización, el último tañido manual de Almuñécar podría quedar reducido a un recuerdo borroso en la memoria de los mayores, sin soporte físico que lo preserve para las generaciones venideras. La memoria sonora de un pueblo no debería depender de la suerte de un teléfono móvil ni de la resistencia de una cinta olvidada en un cajón.

El relevo imposible: por qué los jóvenes no quieren ser campaneros

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En Almuñécar, el relevo generacional del toque manual no se ha roto por falta de intentos. Se ha desgastado por una suma de factores que van desde la precariedad económica hasta una percepción social que asocia el oficio con un tiempo que ya no existe. Las cofradías sexitanas han organizado talleres para adolescentes en los últimos años, con la esperanza de despertar vocaciones entre quienes aún no han cumplido los dieciséis. Los resultados han sido magros: algunos chavales se acercan por curiosidad, aprenden los primeros compases del repique, pero rara vez vuelven al campanario cuando descubren que no hay un sueldo al final del mes.

El toque manual exige una combinación de destreza física, sensibilidad auditiva y un conocimiento tradicional que no se adquiere en una tarde. No basta con tirar de la cuerda; hay que entender los ritmos, las pausas, los matices que distinguen un toque de difuntos de un repique festivo. Ese saber se transmite de maestro a aprendiz, en horas de práctica que no figuran en ningún contrato. Para un joven que busca orientación laboral, la ecuación es desalentadora: meses de aprendizaje para un oficio que no paga facturas y que apenas recibe reconocimiento público más allá de las fiestas patronales.

La falta de remuneración es el primer muro. En Almuñécar, los campaneros tradicionales han ejercido su labor de forma voluntaria o a cambio de pequeñas gratificaciones simbólicas que no alcanzan para considerarlo un empleo. Las cofradías no disponen de presupuesto para contratar aprendices, y las administraciones locales no han contemplado una partida específica para mantener viva esta práctica. Un adolescente que compara el tiempo invertido en el campanario con cualquier trabajo de verano en la hostelería —sector pujante en la costa granadina— encuentra pocas razones para elegir la cuerda frente a la barra de un chiringuito.

El escaso prestigio social agrava la situación. En una localidad volcada al turismo y a la modernización de su imagen, el campanero aparece como una figura del pasado, casi folclórica, que no encaja en los referentes aspiracionales de la juventud. Los talleres organizados por las cofradías han chocado con esa barrera invisible: los chicos participan con una mezcla de curiosidad y condescendencia, como quien asiste a una demostración de un oficio antiguo en un museo vivo. No ven en el campanario un futuro, sino una postal.

La comparación con Villavante, donde el toque manual ha logrado cierta continuidad, revela una diferencia estructural. Allí, la tradición se ha integrado en un calendario comunitario que la dota de sentido y de orgullo colectivo; en Almuñécar, el toque manual compite con una oferta de ocio y consumo que no deja espacio para actividades sin retorno inmediato. Los jóvenes sexitanos no rechazan la tradición por desprecio, sino por una lógica pragmática que les han enseñado desde la escuela: el tiempo es dinero, y el campanario no cotiza.

La frase de Villavante, recogida en el contexto del expediente patrimonial, resuena aquí con una doble lectura. “La IA nunca podrá hacer el toque manual” es una reivindicación del factor humano, pero también una constatación de que ese factor humano se está extinguiendo por falta de relevo. La inteligencia artificial podrá programar tañidos, automatizar repiques y simular ritmos, pero no podrá sustituir la sensibilidad de unas manos que interpretan el viento, la lluvia o el estado de ánimo del pueblo. El problema es que esas manos ya no encuentran quien las herede.

En Almuñécar, el último campanero manual en activo —cuya identidad las cofradías prefieren no exponer públicamente— ha manifestado en reuniones internas su temor a que el oficio muera con él. No hay un aprendiz formal, ni un protocolo de transmisión, ni un plan municipal que garantice la continuidad. Los talleres puntuales han servido para documentar la práctica, para grabarla y archivarla, pero no para crear una cadena de transmisión viva. La diferencia entre archivar y transmitir es la misma que existe entre conservar una partitura y formar a un músico.

La paradoja es que Almuñécar presume de su patrimonio histórico —el castillo de San Miguel, la factoría de salazones, el acueducto romano— mientras deja morir un patrimonio sonoro que no requiere restauración arquitectónica, sino voluntad política y social. Un campanario en silencio es un monumento incompleto, una voz que se apaga sin que nadie la reclame. Las campanas siguen ahí, colgadas en sus yugos, esperando unas manos que ya no llegan.

Los intentos de las cofradías por atraer a adolescentes han tropezado con un problema de método. Los talleres se han planteado como actividades extracurriculares, sin continuidad ni seguimiento, y sin una figura de referencia que ejerza de mentor a largo plazo. Un chaval de catorce años puede entusiasmarse con el primer repique, pero ese entusiasmo se diluye si no hay un camino trazado, un reconocimiento tangible o una comunidad que lo acoja. El aprendizaje del toque manual no es una afición más; es una iniciación que requiere tiempo, paciencia y un vínculo afectivo con el lugar.

La falta de remuneración no es solo una cuestión económica, sino simbólica. Pagar por el toque manual significaría reconocer que ese saber tiene valor, que no es un pasatiempo de abuelos ni una curiosidad etnográfica. Mientras el campanero sea una figura voluntaria, el mensaje implícito es que su trabajo no merece retribución, y ese mensaje cala en los jóvenes con más fuerza que cualquier discurso patrimonial. En Villavante, la continuidad se ha sostenido sobre una red comunitaria que valora el toque como parte de su identidad; en Almuñécar, esa red se ha debilitado por la presión turística y la fragmentación social.

El relevo imposible no es, por tanto, una fatalidad biológica. Es el resultado de decisiones que no se han tomado, de presupuestos que no se han asignado y de una mirada que sigue viendo el campanario como un decorado y no como un órgano vivo del cuerpo social. Los jóvenes no huyen del toque manual por pereza ni por ignorancia; huyen de un oficio que nadie ha sabido hacerles deseable. Y sin deseo, no hay transmisión posible.

La última Semana Santa: crónica de un repique que se apaga

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La Semana Santa de 2025 en Almuñécar no se midió por el número de pasos procesionales ni por la afluencia de visitantes, sino por la capacidad física de tres hombres para subir escaleras de caracol. Los tres campaneros que aún conservan el oficio en la localidad granadina se turnaron durante aquellos días con una precisión de relevo militar, conscientes de que cualquier ausencia forzosa obligaría a las cofradías a pulsar un botón. Y el botón, aunque reproduce el sonido, no reproduce la intención.

El primero de los turnos comenzó el Viernes de Dolores, cuando la cofradía del Nazareno requirió el toque de vísperas. Uno de los campaneros, con más de setenta años y una artrosis que le deforma los nudillos, ascendió los cuarenta y tres escalones de la torre de la Encarnación apoyándose en la pared de cal. El esfuerzo le costó una pausa de varios minutos antes de poder asir el badajo, pero el repique sonó limpio, con esa cadencia entrecortada que los vecinos reconocen como anuncio de procesión. Abajo, en la plaza, los más mayores levantaron la cabeza al escuchar el primer tañido, como quien reconoce la voz de un familiar al otro lado del teléfono.

El Jueves Santo marcó el primer punto de fractura. La cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración había programado su salida para las nueve de la noche, pero el campanero encargado de aquel turno sufrió un episodio de vértigo al mediodía. La familia lo obligó a guardar reposo, y la cofradía se encontró con una disyuntiva incómoda: o suspendía el toque manual o activaba el mecanismo automático instalado en la parroquia. Optaron por lo segundo. El resultado fue un repique metálico, regular, sin alma, que algunos vecinos describieron después como "el sonido de una lavadora en centrifugado". Las críticas no tardaron en llegar, sobre todo de los residentes de más edad, que interpretaron aquel toque como una falta de respeto a la tradición y a la propia imagen titular.

El Viernes Santo amaneció con la tensión palpable en las calles del casco antiguo. Los otros dos campaneros, conscientes de lo ocurrido la noche anterior, decidieron repartirse las estaciones de penitencia sin margen para imprevistos. Uno de ellos, el más joven del grupo a sus sesenta y cuatro años, se comprometió a cubrir los toques de la mañana y la tarde, mientras que el tercero, con una cadera operada dos veces, se reservó para la procesión magna de la noche. La coordinación funcionó, pero el precio físico fue alto: al término de la jornada, ambos hombres tuvieron que ser asistidos para descender de las torres, con las piernas temblorosas y la respiración entrecortada.

El Sábado Santo se vivió como una tregua tensa. Las cofradías, reunidas de urgencia en la sacristía de la Encarnación, debatieron sobre la conveniencia de recurrir al toque automático en las procesiones restantes para no someter a los campaneros a un esfuerzo excesivo. La discusión enfrentó dos posturas: quienes defendían la preservación del toque manual a cualquier coste y quienes priorizaban la salud de los tres hombres. No hubo acuerdo formal, pero se impuso una solución intermedia: los campaneros tocarían solo los momentos esenciales —la salida, el paso por la plaza principal y el encierro— y el resto del recorrido quedaría en silencio o con el acompañamiento de las bandas de música.

El Domingo de Resurrección, la procesión del Encuentro puso el broche final a una semana agotadora. El campanero de mayor edad, aquel que había sufrido el episodio de vértigo el Jueves Santo, insistió en subir a la torre para el toque de gloria. Lo hizo acompañado de su nieta, una adolescente que lo sostuvo por el brazo durante el ascenso y que presenció, por primera vez, el ritual completo de su abuelo: la comprobación de las cuerdas, el ajuste del badajo, la inclinación del cuerpo para imprimir fuerza al primer golpe. El repique sonó a victoria, pero también a despedida. Nadie lo dijo en voz alta, aunque todos lo pensaron: aquel podría ser el último Domingo de Resurrección con toque manual íntegro en Almuñécar.

Las cifras de aquella semana resumen la fragilidad del oficio. De los catorce toques procesionales previstos, solo nueve se ejecutaron de forma manual. Los cinco restantes se resolvieron con el sistema automático o se suprimieron directamente. Las cofradías, que durante décadas habían dado por sentada la disponibilidad de los campaneros, descubrieron de golpe la precariedad de una tradición que depende de tres cuerpos envejecidos y de una voluntad que se agota. Los vecinos mayores, herederos de un lenguaje sonoro que ya no se enseña, expresaron su malestar en los corrillos de la plaza y en las puertas de las iglesias, con esa mezcla de resignación y reproche que caracteriza a quienes ven desaparecer un mundo sin que nadie les consulte.

La Semana Santa de 2025 no fue, en sentido estricto, el final del toque manual en Almuñécar. Los tres campaneros siguen vivos y, en la medida de sus fuerzas, dispuestos a repetir la experiencia el próximo año. Pero sí fue la primera vez que la automatización se coló en el corazón de las procesiones, no como una amenaza teórica sino como una necesidad práctica. Y eso, en un oficio que se transmite por imitación y por contacto directo con la cuerda, equivale a una rendición silenciosa. La pregunta que quedó flotando en el aire tras el último tañido del Domingo de Resurrección no era si los campaneros podrían aguantar otra Semana Santa, sino si alguien estaría allí para recoger el badajo cuando ellos ya no puedan subir las escaleras.

Propuestas para salvar el toque: de la escuela al mecenazgo

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La declaración del toque manual como Patrimonio Cultural Inmaterial no es un adorno protocolario: comporta obligaciones jurídicas concretas para las administraciones titulares de los campanarios. En el caso de Almuñécar, el Ayuntamiento y la Diócesis de Granada comparten la responsabilidad de conservar una práctica que, según los expedientes de la UNESCO, no puede limitarse a preservar los bronces como piezas de museo. La campana muda es, a efectos patrimoniales, un bien cultural mutilado, porque su valor reside en el gesto humano que la hace hablar.

La primera propuesta que barajan los campaneros veteranos de la localidad es la creación de una escuela municipal de toque manual. No se trataría de un curso de fin de semana ni de un taller folclórico, sino de un programa estable con remuneración simbólica para los aprendices, al estilo de las escuelas de dulzaina o de gaita que funcionan en otras comunidades. El modelo existe y ha dado resultados en localidades como Villavante, en León, donde el encuentro anual de campaneros, celebrado desde hace casi cuatro décadas, ha servido para que jóvenes sin vínculo previo con la tradición se acerquen a las cuerdas con curiosidad técnica y respeto por los códigos heredados.

Esa referencia leonesa no es casual. Los encuentros de campaneros funcionan como espacios de transmisión oral donde los toques no se aprenden en partituras, sino imitando el gesto, escuchando el ritmo y corrigiendo la muñeca. Almuñécar podría acoger un encuentro andaluz de toque manual, aprovechando la red de campanarios de la costa granadina y la presencia de cofradías con arraigo. La organización de un evento así requiere poco más que voluntad política, coordinación con las parroquias y un presupuesto modesto para dietas y difusión.

Las cofradías sexitanas, por su parte, representan el eslabón más sólido entre el toque manual y la vida cotidiana. Subvencionar la formación de campaneros dentro de las hermandades no sería una ayuda a la religiosidad, sino una inversión en patrimonio inmaterial perfectamente justificable desde la Ley de Patrimonio Histórico. Un convenio entre el Ayuntamiento y las cofradías podría financiar becas de aprendizaje, seguros de responsabilidad civil para los campaneros y el mantenimiento de los accesos a las torres, hoy en muchos casos clausurados por seguridad.

El mecenazgo privado ofrece otra vía complementaria. Empresas locales del sector turístico y agroalimentario, que se benefician de la imagen de Almuñécar como destino con identidad, podrían apadrinar campañas concretas o ciclos de toques anuales. La fórmula ya se aplica en la restauración de órganos históricos y en la financiación de festivales de música antigua, con deducciones fiscales que hacen atractiva la aportación. Un campanario restaurado y sonando es un reclamo turístico tangible: el visitante no solo ve la torre, sino que escucha un lenguaje que no existe en ningún otro lugar del mundo.

La Universidad de Granada aparece en este mapa como un aliado estratégico poco explorado. El departamento de Antropología Social y el de Historia del Arte podrían colaborar en la documentación sistemática de los toques sexitanos, grabando con equipos profesionales los repiques, dobles y clamores que aún se conservan en la memoria de los campaneros activos. Esa digitalización no sería un simple archivo pasivo: serviría como material didáctico para la escuela municipal y como base para futuras investigaciones sobre la variante local del lenguaje campanero andaluz.

La digitalización, con todo, no puede sustituir al aprendizaje presencial. Los campaneros insisten en que el toque se transmite de mano a mano, con la cuerda en la palma y el oído atento al vaivén del bronce. Las grabaciones sirven para fijar la memoria, pero no para formar campaneros. Por eso la escuela municipal debería combinar las sesiones prácticas en torre con el estudio de los archivos sonoros, en una metodología que ya se ensaya en Cataluña, donde la Generalitat financia desde hace años la formación de campaneros en colaboración con los obispados.

El coste económico de estas medidas es reducido si se compara con otras partidas culturales. Mantener una escuela de campaneros con dos docentes y una docena de alumnos no superaría el presupuesto de un concierto de feria. La restauración de los yugos y badajos de las tres parroquias principales podría financiarse con cargo al 1,5% cultural que la ley reserva para la conservación del patrimonio. Lo que falta no es dinero, sino la decisión de considerar el toque manual como un servicio público cultural de primera necesidad.

El tiempo juega en contra. Cada año que pasa sin relevo generacional, se pierden matices del repertorio local que ninguna grabación podrá recuperar del todo. Los campaneros sexitanos que hoy superan los setenta años guardan en su memoria toques específicos para tormentas, para incendios, para llamar a concejo o para despedir a los difuntos. En Almuñécar, dos toques anunciaban la muerte de una mujer y tres la de un hombre, un código que no es universal y varía según la localidad. Cuando ellos falten, ese vocabulario desaparecerá con la misma irreversibilidad con la que se extingue una lengua sin hablantes.

La declaración patrimonial de la UNESCO no es una meta, sino un punto de partida. Obliga a las administraciones a proteger, pero también a promover y transmitir. En Almuñécar, la protección pasa por abrir las torres, por pagar a los maestros campaneros, por implicar a las cofradías y por convencer a los jóvenes de que aprender a tocar las campanas no es un oficio del pasado, sino una forma de pertenencia al presente. Sin medidas concretas como la escuela municipal, los convenios con las hermandades o la documentación universitaria de los toques, el último tañido manual en Almuñécar no será una metáfora: será una fecha concreta en el calendario, un sonido que se apaga para siempre y un silencio que ninguna campana automática podrá llenar.

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