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La industria salazonera de El Majuelo
El yacimiento arqueológico de El Majuelo en Almuñécar abarca más de 15 piletas de salazón del siglo IV a.C., donde el pescado maceraba durante 21 días para producir garum. Este patrimonio industrial atrae hoy tanto a investigadores europeos como a turistas extracomunitarios interesados en la histori
El yacimiento arqueológico de El Majuelo en Almuñécar abarca más de 15 piletas de salazón del siglo IV a.C., donde el pescado maceraba durante 21 días para producir garum. Este patrimonio industrial atrae hoy tanto a investigadores europeos como a turistas extracomunitarios interesados en la historia económica del Imperio. Desde Motril hasta las 97 localidades de la comarca, esta ruta arqueológica revela cómo la antigua Sexi estructuró su monopolio pesquero hace dos milenios.
La logistica del garum sexitano
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La producción de garum en la Costa Tropical requería una infraestructura masiva que operó a máximo rendimiento durante los siglos I y II d.C. Las factorías locales procesaban toneladas de pescado azul, exigiendo redes de acueductos para agua dulce y hornos alfareros que fabricaban ánforas específicas para su exportación marítima.
No había nada de romántico en la antigua Sexi cuando el viento soplaba de levante. Quien se acerque hoy a las ruinas consolidadas de El Majuelo corre el riesgo de imaginar a patricios en togas blancas paseando junto al mar, disertando sobre filosofía. La realidad, sin embargo, era mucho más cruda, más pegajosa y, sobre todo, mucho más maloliente. Aquello no era un balneario; era un polígono industrial de la Antigüedad.
La ensenada natural de Almuñécar ofrecía un abrigo perfecto para las flotas pesqueras que regresaban cargadas de atún, caballa y el célebre colias sexitanus, un estornino local que daba fama a la región. En los muelles, el trajín debía ser ensordecedor. Hombres de espaldas curtidas por el sol descargaban los cestos chorreantes de agua salada y sangre. El pescado no se destinaba al consumo fresco de los lugareños, sino que entraba directamente en la maquinaria implacable de la factoría.
Los ingenieros romanos, con ese pragmatismo brutal que los caracterizaba, ubicaron las instalaciones fuera del núcleo urbano. No fue una decisión estética, sino de pura salud pública. El proceso de destripar toneladas de pescado y dejarlas fermentar al sol generaba un hedor que habría hecho inhabitable cualquier ciudad. Aún así, el dinero no huele, como diría Vespasiano, y la Sexi Firmum Iulium se enriqueció enormemente tolerando la pestilencia que emanaba de su costa.
El diseño de las piletas de maceracion
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El núcleo central de El Majuelo conserva decenas de fosos rectangulares revestidos con opus signinum, un mortero hidráulico impermeable compuesto de cal y cerámica triturada. Estas estructuras garantizaban la estanqueidad necesaria durante los 21 días de fermentación al sol, evitando filtraciones de la valiosa salmuera hacia el subsuelo arenoso.
Si uno se detiene al borde de estas piletas, hoy secas y mudas, puede casi intuir la alquimia grotesca que allí tenía lugar. El garum no era otra cosa que la putrefacción controlada de las vísceras del pescado. Los operarios, probablemente esclavos o libertos que trabajaban de sol a sol, arrojaban los intestinos, las branquias y la sangre a estos tanques, alternando capas de pescado con gruesas capas de sal marina. La sal era el límite entre la podredumbre inútil y el producto de lujo; su proporción exacta era un secreto industrial celosamente guardado.
Durante tres semanas, bajo el sol implacable de la costa andaluza, la mezcla burbujeaba y se deshacía. El calor aceleraba la acción de las enzimas estomacales del propio pez, disolviendo la carne hasta convertirla en un líquido espeso, oscuro y de sabor intensamente umami. Había que remover aquella pasta pestilente con largas varas de madera. Imaginen el zumbido de millones de moscas, el sudor cayendo sobre el mortero rosado del opus signinum, el chapoteo viscoso de la salmuera.
Una vez completada la fermentación, el líquido se filtraba. El primer prensado, el liquamen, era oro puro. Los restos sólidos, el allec, se vendían a las clases más bajas. Todo se aprovechaba en esta fábrica donde la muerte del mar se transformaba en el condimento más codiciado del mundo civilizado.
Una economia de industrias auxiliares
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El complejo industrial de Almuñécar no funcionaba de forma aislada, sino que impulsó un tejido empresarial paralelo que empleaba a miles de operarios. Astilleros para la construcción de naves mercantes, salinas para la extracción del conservante y alfares para la producción de envases conformaban un monopolio económico perfectamente integrado.
Para sostener este ritmo de producción, la ciudad entera tuvo que reconfigurarse. El Majuelo era solo el corazón de un organismo mucho mayor. Hacía falta sal, cantidades ingentes de sal, lo que fomentó la explotación de las salinas costeras. Hacía falta agua dulce para lavar el pescado antes del despiece, motivo por el cual se levantaron acueductos cuyas canalizaciones aún asoman en el sector norte del yacimiento, cerca de lo que los arqueólogos sospechan fue un templo dedicado a alguna deidad protectora de la pesca.
Y, por supuesto, hacían falta envases. El garum era un líquido corrosivo y valioso que no podía transportarse en odres de cuero. La alfarería local experimentó un auge sin precedentes. Los hornos escupían humo día y noche, cociendo miles de ánforas de cuello estrecho y panza alargada, diseñadas específicamente para encajar en las bodegas de los barcos. Los bosques cercanos pagaron el precio, talados sin piedad para alimentar el fuego de los hornos y proporcionar madera a los astilleros que construían las naves de carga.
En el sector sur del yacimiento, la zona administrativa, la tierra ha devuelto más de setecientas monedas. No es un hallazgo casual. Allí se sentaban los capataces y los escribas, llevando el registro de las ánforas selladas, pagando a los marineros, calculando los fletes y cobrando los impuestos. Era el centro neurálgico donde el sudor salado de los trabajadores se convertía en el tintineo metálico de los sestercios.
El mercado global del Mediterraneo antiguo
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Las exportaciones de la antigua Sexi Firmum Iulium alcanzaban cuotas de mercado dominantes en puertos de Roma, Cartago y Corinto. Los registros arqueológicos de ánforas sexitanas en pecios hundidos demuestran que el garum local se cotizaba como un producto de lujo, alcanzando precios prohibitivos en las mesas de la élite imperial.
Resulta fascinante, y no exento de una fina ironía, pensar que el producto de aquellas piletas malolientes acabara sazonando los banquetes de los emperadores en el Monte Palatino. Cuando una nave zarpaba de Almuñécar con las bodegas repletas de ánforas selladas con pez, llevaba consigo el esfuerzo de toda una comarca. El viaje era peligroso; las tormentas del Mediterráneo no entendían de monopolios comerciales, y el fondo del mar está sembrado de vasijas que nunca llegaron a su destino.
Pero cuando llegaban, el margen de beneficio era fabuloso. En los mercados de Ostia Antica, los comerciantes buscaban el sello de Sexi en la arcilla. El garum sexitano tenía denominación de origen antes de que inventáramos el concepto. Se utilizaba para todo: para enmascarar el sabor de carnes pasadas, para aderezar verduras, incluso como medicina para curar úlceras o mordeduras de perro, según los escritos de Plinio el Viejo.
La riqueza que retornaba a Almuñécar financió la monumentalización de la ciudad. Los teatros, los foros, las estatuas de mármol; todo aquel esplendor cívico que hoy admiramos en los museos fue pagado, literalmente, con tripas de pescado fermentadas. Es una lección de humildad histórica que conviene no olvidar cuando paseamos por las ruinas de cualquier imperio.
El legado bajo el parque botanico
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En la actualidad, el yacimiento del siglo IV a.C. convive con un parque botánico que alberga más de 180 especies de flora subtropical. La delimitación arqueológica actual representa apenas una fracción de la factoría original, cuyos cimientos se extienden bajo el entramado urbano moderno del centro histórico de Almuñécar.
Hoy, El Majuelo es un lugar de una placidez casi engañosa. Las piletas romanas descansan a la sombra de palmeras traídas de Madagascar, Cuba o Filipinas. Los turistas pasean por los senderos empedrados, tomando fotografías y disfrutando de la brisa marina que ahora huele a salitre limpio y a jazmín, no a pescado podrido. La naturaleza, con la ayuda de los jardineros municipales, ha domesticado el antiguo polígono industrial.
Sin embargo, basta rascar un poco la superficie para comprender la magnitud de lo que hay debajo. La factoría no terminaba donde hoy está la valla del parque. Se extendía mucho más allá, devorada hoy por los cimientos de los bloques de pisos, los bares de tapas y las calles asfaltadas. La ciudad moderna de Almuñécar descansa literalmente sobre las ruinas de su propio pasado industrial.
Cuando observo a los niños correr entre los restos del opus signinum, ajenos a la brutalidad del trabajo esclavo y a la ingeniería comercial que dio forma a esas piedras, no puedo evitar una sonrisa. La historia tiene la costumbre de enterrar sus episodios más ásperos bajo capas de tierra y convertirlos, siglos después, en jardines. Pero las piedras de El Majuelo siguen ahí, obstinadas, recordándonos que antes de ser un paraíso para el descanso, la Costa Tropical fue una ruidosa, pestilente y formidable máquina de hacer dinero.
Hasta la próxima — la Costa os espera, de Almuñécar a la Axarquía.
