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La Alpujarra guarda los oficios que sus manos aún saben tejer
En Pampaneira, el taller «El Telar de Mercedes», en una casa de más de 300 años, mantiene vivo el tejido tradicional alpujarreño con telares del siglo XVIII y jarapas hechas a mano.
En Pampaneira, el taller «El Telar de Mercedes» mantiene viva una de las tradiciones textiles más antiguas de la Alpujarra: telares centenarios, jarapas multicolores y el saber que se transmite de maestra a artesana.
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Un oficio que se aprende con las manos y se transmite de maestra a artesana
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En el casco antiguo de Pampaneira, una casa catalogada de más de trescientos años guarda uno de los secretos mejor conservados de la Alpujarra: el telar. Allí, entre hilos de lino, lana, alpaca y algodón, se siguen tejiendo a mano tapices, mantas y jarapas con técnicas que no han cambiado en esencia desde finales del siglo XVIII.
El espacio, conocido como «El Telar de Mercedes», está considerado el centro artesano textil más antiguo de la comarca, con más de treinta y cinco años de actividad ininterrumpida. No es un museo ni un decorado para turistas: es un obrador vivo donde la lanzadera sigue cruzando la urdimbre todos los días, y donde quien visita puede sentarse ante un telar centenario y ver nacer una jarapa.
La jarapa, elemento representativo de la Alpujarra, es una tela de algodón de pelo largo y colores vivos que se utiliza como cubrecama, alfombra, colcha o tapiz. Su gran versatilidad y su riqueza cromática, con motivos que mezclan la herencia árabe con otras influencias lejanas, la convierten en una de las piezas más demandadas por los visitantes.
Mercedes Carrascosa: la maestra que recuperó una tradición
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Detrás de este taller hay una historia de recuperación que define el oficio textil alpujarreño. Mercedes Carrascosa, nacida en Pampaneira y procedente de una familia de artesanos, dedicó su vida a recuperar las tradiciones textiles ligadas a las raíces moriscas de la zona. No se limitó a mantener un oficio: lo rescató del olvido y lo devolvió al centro de la vida del pueblo.
Su doble condición de artesana y de exalcaldesa de Pampaneira la convirtieron en una figura excepcional dentro del sector. Desde la gestión pública impulsó el valor de la artesanía local y, desde el telar, defendió la calidad que distingue el trabajo hecho a mano. Esa combinación de compromiso político y destreza manual le granjeó un reconocimiento que trasciende la comarca.
Hoy, Mercedes es considerada una de las tejedoras más veteranas de la Alpujarra. Pero su mayor legado no es solo la obra que ha producido durante décadas, sino haber abierto el camino para que esta tradición continúe en manos de nuevas generaciones de artesanas.
La relevo: Epifania Lagrillière, la artesana que recogió el testigo
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La continuidad de «El Telar de Mercedes» es una lección de cómo un oficio puede sobrevivir cuando encuentra a las manos adecuadas. La responsable de mantenerlo en activo hoy es Epifania Lagrillière, una artesana de origen sueco afincada en la Alpujarra desde 1992.
En su país, Epifania aprendió a manejar telares manuales de jarapas nórdicas. Ya en la Alpujarra, trabajó como aprendiz con la maestra Mercedes Carrascosa, perfeccionando la técnica en los telares de bajo lizo, más complejos. Con más de veinte años de experiencia, produce hoy una variada gama de tejidos finos con materiales naturales.
El taller conserva tres telares de alto lizo y uno de bajo lizo con lanzadera volante, que funcionan según técnicas de finales del siglo XVIII. En ellos se trabajan fibras naturales como el lino, la lana, la alpaca y el algodón, con los que se elaboran tapices de motivos inspirados en la naturaleza y la arquitectura alpujarreña, además de mantas, cojines, ponchos, chales y bufandas, muchas de ellas por encargo.
El resultado es una muestra de cómo tradición y continuidad pueden convivir: la técnica heredada de Mercedes, el conocimiento nórdico de Epifania y la vocación compartida por mantener vivo un oficio que España rural ve desaparecer en demasiados rincones.
El telar como resistencia: técnicas que se niegan a morir
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El telar de bajo lizo no tiene manual de instrucciones. Tampoco lo tuvo el de su maestra, ni el de la maestra de su maestra. El saber viaja de mano en mano, de mujer a mujer, en un circuito que apenas deja rastro escrito y que depende, como tantas cosas en la Alpujarra, de la memoria y de la paciencia.
El proceso comienza mucho antes de que la mano toque la lana. Hay que escardar la fibra, limpiarla de impurezas, cardarla para alinear las hebras y finalmente hilarla. En los telares de la comarca se trabaja todavía con fibras naturales como la lana, el lino, la alpaca y el algodón. Los colores, muchos de ellos obtenidos con tintes naturales, completan un ciclo que respeta los tiempos de la naturaleza.
El telar de alto lizo, uno de los más antiguos de los que se tienen noticia en la península, funciona con una lógica aparentemente sencilla: dos maderos verticales sostienen un rodillo superior donde se enrolla la urdimbre, y un rodillo inferior recoge el tejido acabado. Pero la sencillez del armazón esconde una complejidad técnica considerable. Los lizos, que son los hilos que levantan y bajan la urdimbre para crear el calado, se manejan con los pies mediante pedales. La tejedora debe coordinar el ritmo de los pies con el lanzamiento de la lanzadera y el golpe del peine que compacta la trama.
Alfareros del barro: el oficio que moldea la identidad
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El barro de la Alpujarra tiene memoria. Lo sabe el puño que lo amasa en Órgiva y lo sabe el horno que lo cuece en Ugíjar, dos de los últimos bastiones donde la alfarería se resiste a convertirse en pieza de museo. Aquí, el oficio no se aprende en escuelas: se hereda con el gesto, con la presión exacta de los dedos sobre el torno, con esa paciencia que exige la arcilla cuando aún es solo promesa.
La técnica es la misma que trajeron los artesanos andalusíes hace siglos, y los hornos de leña conservan esa arquitectura de cúpula baja que parece brotar de la tierra, camuflados entre chumberas y bancales. La competencia, hoy, no viene de otro artesano, sino de la cerámica industrial que inunda los mercados con piezas idénticas, perfectas y vacías, producidas en serie a un coste que ningún taller manual puede igualar.
Sin embargo, el valor de la pieza artesanal no reside en la perfección de la serie, sino en su singularidad. Cada cántaro, cada olla, cada tinaja sale del horno con las pequeñas imperfecciones que delatan la mano que lo hizo. Esa diferencia, difícil de explicar pero fácil de percibir, es precisamente lo que da valor a un oficio que se resiste a desaparecer.
Esparteros: el esparto que sostiene la memoria
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El esparto no se corta: se arranca. El maestro espartero lo sabe desde niño: hay que esperar a la luna menguante de agosto, cuando la fibra ha acumulado la fuerza justa y la savia descansa. Entonces se tira de la mata con un movimiento seco de muñeca, sin guantes, dejando que la hoja salga limpia de la tierra. Ese gesto, repetido durante milenios, es el primer acto de un oficio que los íberos ya practicaban en estas mismas laderas.
La recogida es solo el principio. El esparto recién arrancado debe secarse al sol durante días. Después viene el majado: golpearlo con un mazo de madera sobre una piedra plana hasta que la fibra se ablanda. Luego se trenza, se retuerce, se cose. El proceso completo, desde la mata en el campo hasta la cesta terminada, puede llevar semanas. No existe atajo posible.
Los capachos, esas esteras que se colocaban bajo las prensas de aceite para filtrar el líquido dorado, fueron durante siglos el producto estrella de la comarca. Las cestas, los serones para las caballerías, las esteras para secar higos y uvas: todo salía de unas manos que hoy apenas encuentran encargos, pero que conservan la técnica como un tesoro.
La forja y el cuero: oficios que forjan carácter
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El yunque de Antonio sigue frío a las siete de la mañana. El herrero de Mecina Fondales lo enciende con leña de olivo y carbón vegetal, un ritual que repite desde hace décadas. El hierro necesita alcanzar la temperatura adecuada para volverse maleable, y ese calor no se improvisa. Tampoco se improvisa el golpe exacto, la torsión precisa, el temple que convierte una barra informe en una reja de arado.
La forja y el curtido de pieles completan el mapa de oficios que se resisten a desaparecer en esta comarca. Dos disciplinas que no comparten materia prima pero sí destino: la supervivencia silenciosa. Los herreros de la zona crean todavía rejas, herraduras, herramientas de labranza y elementos decorativos que adornan balcones y portales. Los curtidores, por su parte, elaboran correas, bolsos, cinturones y aperos de labranza con un método tradicional.
Ambos oficios exigen una destreza física que no se adquiere en las aulas. No existen escuelas que enseñen estos gestos. Se transmiten de padre a hijo, de maestro a aprendiz, en talleres donde el silencio se rompe con el sonido del martillo o el roce de la cuchilla sobre el cuero.
La Feria de Oficios de Granada: escaparate y esperanza
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Cuando la artesanía alpujarreña sale de sus pueblos, lo hace casi siempre hacia Granada. Ferias como las que se celebran en la capital andaluza convierten el corazón de la ciudad en un taller al aire libre, donde los maestros de la comarca no solo venden, sino que demuestran. El torno gira, la lanzadera cruza y el público, urbano y apresurado, frena el paso. Es la única vez que muchos consumidores ven las manos detrás del objeto.
Para los talleres de la comarca, que en su mayoría son de pequeño tamaño y dependen de la venta directa, estos encuentros son una conexión regular con un mercado que, de otro modo, les resultaría inaccesible. Las ferias no son solo un escaparate: son también un lugar donde el artesano mide la aceptación de sus productos y detecta tendencias.
La relación con el público tiene otra consecuencia menos visible pero igualmente relevante: la educación del consumidor. Cuando una artesana explica cómo se tiñe la lana con plantas del entorno, o por qué una jarapa requiere tanto tiempo de telar, está transmitiendo un conocimiento que ningún folleto turístico recoge. El comprador que entiende el proceso valora más el objeto y acepta mejor su precio.
El relevo generacional: la asignatura pendiente
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La pregunta que recorre los talleres de la Alpujarra no es si hay mercado para sus productos, sino quién ocupará el banco del telar cuando los maestros actuales ya no estén. Es una inquietud compartida por toda la España rural, donde muchos oficios tradicionales ven envejecer a sus últimos practicantes sin que los jóvenes acudan a su relevo.
En el caso del textil alpujarreño, hay un motivo para la esperanza: la transmisión de «El Telar de Mercedes» muestra que el oficio puede continuar cuando encuentra a las manos adecuadas. Epifania Lagrillière, formada como aprendiz de Mercedes Carrascosa, es la prueba de que el saber se puede heredar incluso sin vínculo familiar, siempre que exista vocación y dedicación.
Pero cada oficio tiene su propia historia. La alfarería, el esparto, la forja o el cuero dependen de maestros que en muchos casos no han encontrado aún a quien recoger su testigo. La dureza física del trabajo, los ingresos irregulares y la falta de reconocimiento social alejan a muchos jóvenes de un camino que, sin embargo, ofrece una calidad de vida y un sentido que pocos empleos urbanos pueden igualar.
Artesanía y turismo: ¿salvación o folclorización?
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El sol de mediodía rebota en las fachadas encaladas de Pampaneira y los turistas llenan la calle principal. Entran en las tiendas, fotografían los telares en funcionamiento, preguntan precios. Muchos salen con una pieza de cerámica o un pequeño recuerdo. La Alpujarra vive del turismo, y la artesanía vive en buena medida del turista. La cuestión es a qué precio.
El turismo ha convertido parte de la artesanía en un escaparate de lo pintoresco, pero también ha creado el sustento económico que mantiene abiertos muchos talleres. En los pueblos blancos de la comarca, los obradores abren sus puertas a los visitantes, ofrecen visitas y talleres, y explican su trabajo. Esa apertura, lejos de desnaturalizar el oficio, ha sido clave para su supervivencia.
El riesgo de folclorización es real. Cuando el visitante busca solo un recuerdo barato, la producción tiende a simplificarse para llenar los escaparates. Pero los talleres que han sabido resistir esa presión ofrecen algo que ninguna tienda de souvenirs puede replicar: la posibilidad de ver al artesano trabajar, de conocer el origen de los materiales, de entender por qué una pieza tarda tanto en completarse. Esa experiencia es parte del valor del producto.
Mujeres artesanas: las guardianas del telar
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La historia del textil alpujarreño es, en gran medida, una historia de mujeres. Durante generaciones, fueron ellas quienes tejieron en silencio, dentro de sus casas, sin contrato y sin voz en las decisiones del sector. El oficio se transmitía de madres a hijas, de suegras a nueras, en un circuito doméstico que apenas dejaba rastro escrito.
La figura de Mercedes Carrascosa cambió esa dinámica. No solo tejió, sino que ocupó espacios de decisión, llegando a la alcaldía de Pampaneira, y defendió públicamente el valor de la artesanía local. Su ejemplo abrió el camino para que otras mujeres vieran el telar no como una obligación heredada, sino como un oficio con dignidad y futuro.
La continuidad del taller en manos de Epifania Lagrillière confirma esta evolución: la transmisión del saber ya no es exclusivamente familiar, sino abierta a quien tenga vocación y sepa apreciar el valor del trabajo hecho a mano. Las mujeres siguen siendo las principales guardianas del telar, pero ahora con una visibilidad y un reconocimiento que sus antecesoras no tuvieron.
La economía de lo hecho a mano: el valor del tiempo
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La artesanía alpujarreña se enfrenta a una paradoja: nunca antes había despertado tanto interés entre los visitantes y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil sostener un taller. La diferencia entre el precio de una pieza hecha a mano y su equivalente industrial no es un capricho, sino el reflejo de horas de trabajo y de un conocimiento que no se aprende en un curso intensivo.
Cada jarapa, cada tapiz, cada pieza de cerámica o de esparto lleva incorporado el tiempo de quien la hizo. Una alfombra de tamaño medio requiere semanas de trabajo. Un tapiz encargado puede tardar aún más, entre los estudios previos del diseño, la preparación del telar y el tejido propiamente dicho. Ese tiempo es el verdadero coste de la pieza, y es precisamente lo que la industria no puede replicar.
La economía de lo hecho a mano no va a competir nunca con la producción industrial en volumen ni en precio. Su batalla es otra: la de la calidad, la durabilidad, la identidad cultural y el empleo digno. Cada pieza que sale de un taller de la Alpujarra lleva incorporada una historia, un territorio y un oficio que, si desaparece, no volverá.
La Alpujarra como laboratorio de lo rural
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La Alpujarra granadina funciona como un experimento a cielo abierto. Durante décadas, esta comarca ha ensayado una fórmula que combina turismo rural, producción artesanal y conservación del paisaje, y los resultados ofrecen lecciones que otras regiones de la España vaciada observan con atención.
Los tres pueblos que forman el corazón turístico de la comarca —Pampaneira, Bubión y Capileira— han logrado retener a parte de su población y atraer a nuevos vecinos, muchos de ellos atraídos por un modo de vida que la ciudad ya no ofrece. La artesanía es uno de los pilares de esa retención: cada taller abierto mantiene una cadena de valor que se extiende al proveedor de materiales, a la tienda que comercializa las piezas y al visitante que llega a conocerlas.
La lección principal que la Alpujarra ofrece al resto de España rural es que la especialización productiva puede convivir con la diversificación económica. El visitante que llega atraído por las rutas de senderismo se encuentra con un paisaje humanizado, con huertas trabajadas, con talleres donde se teje, se trabaja el esparto o se modela el barro. Esa autenticidad es lo que diferencia a la comarca de otros destinos que han convertido sus pueblos en decorados vacíos.
El futuro de los oficios: entre la memoria y la innovación
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El telar de Mercedes ya no ocupa un lugar reservado solo a la tradición: se ha convertido en un espacio donde la memoria se combina con nuevas miradas. La escena condensa lo que ocurre en muchos obradores alpujarreños: la técnica se preserva, pero el proceso mira hacia delante. La pregunta ya no es si estos oficios sobrevivirán, sino cómo lo harán.
La clave está en la apertura. Los talleres que reciben visitas y enseñan su trabajo, que aceptan aprendices sin necesidad de vínculo familiar, que explican el valor de lo hecho a mano, son los que mejor resisten el paso del tiempo. «El Telar de Mercedes» es el ejemplo más claro: un oficio que pudo desaparecer con su fundadora encontró en una aprendiz venida de otro país la continuidad que necesitaba.
La innovación no traiciona necesariamente la tradición. Los nuevos artesanos aportan conocimientos que se suman a los heredados, como hizo Epifania Lagrillière al combinar la técnica alpujarreña con el saber nórdico de las jarapas. Esa mezcla, lejos de diluir el oficio, lo enriquece y le abre nuevos mercados.
Un legado que solo sobrevive si se comparte
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La Alpujarra guarda un tesoro que no aparece en los mapas: el saber de sus manos. Saber tejer una jarapa, amasar el barro, arrancar y trenzar el esparto, forjar el hierro o curtir el cuero. Ese conocimiento, acumulado durante siglos, no se encuentra en ningún manual ni se descarga de internet: vive en las manos de quienes lo practican y se transmite únicamente de maestro a aprendiz.
La historia de «El Telar de Mercedes» demuestra que este legado puede sobrevivir si se comparte. Mercedes Carrascosa dedicó su vida a recuperar y transmitir una tradición; Epifania Lagrillière la recoge y la mantiene viva; y quien visita el taller y ve nacer una jarapa se lleva algo más que un recuerdo: la conciencia de que la artesanía alpujarreña es parte viva de la identidad de la comarca.
Mientras tanto, el telar sigue sonando en el rincón más luminoso de esa casa centenaria de Pampaneira. El ritmo es constante, hipnótico: el pedal que baja, la lanzadera que cruza, el peine que golpea. Un tiempo que no se mide en horas de reloj, sino en centímetros de tejido, en madejas de lana consumidas, en piezas terminadas que llevarán su memoria a casas que nunca conocerá. Ese tiempo, el tiempo del telar, es el que se resiste a morir.
