Club Costa Tropical · The Journal
[EN] Les récifs de Maro-Cerro Gordo
The Natural Area of the Maro-Cerro Gordo Cliffs protects 12 kilometers of rugged coastline between Almuñécar and Nerja, encompassing 1,844 hectares, of which 1,415 are marine, sheltering vulnerable species such as the orange coral (*Astroides calycularis*) and offering underwater visibility of 15 me
El Paraje Natural de los Acantilados de Maro-Cerro Gordo protege 12 kilómetros de costa escarpada entre Almuñécar y Nerja, con 1.844 hectáreas de las cuales 1.415 son marinas, albergando especies vulnerables como el coral naranja (Astroides calycularis) y una visibilidad submarina de 15 metros en julio de 2026, con el agua a 24 grados. Para los bañistas que acceden a calas como Cantarriján, el servicio de lanzadera —que evitó la entrada de 11.300 vehículos en 2025 y fue usado por casi 34.000 personas— regula el impacto humano en un ecosistema que combina el recreo estival con la conservación. Esta crónica recorre los secretos sumergidos de la frontera entre la Costa Tropical y la Axarquía, un enclave donde la geología kárstica, la biodiversidad mediterránea y la gestión sostenible dialogan en cada ola.
La memoria de la piedra: acantilados que hablan
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Bajo el sol de julio, los acantilados de Cerro Gordo se alzan hasta 150 metros sobre el Mediterráneo. Son mármoles de la Sierra de Almijara, plegados y fracturados por millones de años de tectónica, que la erosión marina ha esculpido en cuevas y grutas. En la Punta de la Mona, cerca de Almuñécar, las paredes verticales se abren en oquedades donde el agua lame sin descanso. Allí, en la Cueva de la Virgen, el susurro de las olas se mezcla con el eco de los bañistas que llegan en kayak. Los geólogos llaman a esto modelado kárstico: el mármol, soluble en agua ligeramente ácida, se disuelve lentamente, creando un laberinto subterráneo que se extiende bajo el mar. Es una memoria de piedra que cuenta la historia de cuando estas rocas estaban en el fondo de un antiguo océano.
El jardín sumergido: biodiversidad en cada rincón
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He tenido la suerte de bucear en la Reserva Marina de Maro, pegada al paraje. A 15 metros de profundidad, la luz tamiza un mundo de paredes verticales tapizadas por el coral naranja. Este Astroides calycularis forma colonias que parecen flores de fuego en la penumbra. Entre ellas, pululan meros desconfiados, morenas que asoman la cabeza desde sus grietas y bancos de sargos que giran al unísono. Las praderas de Posidonia oceanica —esa planta endémica que oxigena el Mediterráneo— cubren el fondo arenoso a partir de los 10 metros. Un guardián del paraje me cuenta que aquí se han contabilizado más de 200 especies de algas, 150 de moluscos y una treintena de equinodermos. Cada inmersión es una sorpresa: una raya que se entierra en la arena, un pulpo que cambia de color para camuflarse. La vida pulsea en cada centímetro de roca.
Cantarriján: el acceso regulado como modelo
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La cala de Cantarriján, justo en el límite entre Granada y Málaga, es un laboratorio de gestión. En verano, el acceso en coche está prohibido; una lanzadera sale cada hora desde el aparcamiento habilitado en la carretera N-340. En 2025, 33.952 personas usaron este servicio, y la medida evitó 11.300 vehículos —una reducción de emisiones y de presión sobre el frágil ecosistema. Los bañistas llegan cargados con neveras y sombrillas, caminan los últimos metros entre pinos carrascos y lentiscos. En la orilla, socorristas y voluntarios de la Junta de Andalucía recuerdan las normas: no pisar la posidonia, no llevarse conchas, no molestar a la fauna. El chiringuito, de madera y sin cemento, sirve pescaíto frito y cerveza fría. Es un equilibrio delicado: la cala puede llenarse, pero nunca desbordarse.
La amenaza silenciosa y la esperanza del coral
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El coral naranja es el centinela de la calidad del agua. Es vulnerable a la contaminación orgánica, al anclaje de embarcaciones y al buceo irresponsable que lo rompe al aferrarse a las paredes. En julio de 2026, los termómetros marcan 24 grados; el calentamiento global estresa a los corales, que pueden blanquearse. Pero hay noticias que alumbran: el proyecto MedCoral, impulsado por la asociación Hombre y Territorio, ha creado arrecifes artificiales en las inmediaciones del paraje. En ellos han trasplantado fragmentos de Astroides calycularis, y hoy esas estructuras albergan más de 180.000 colonias. Lo más emocionante: se ha documentado por primera vez la reproducción natural de los corales trasplantados. Las larvas se asientan en las cercanías, iniciando nuevas colonias. Es un signo de que la restauración ecológica funciona, de que la mano humana puede reparar parte del daño.
Una inmersión personal: el encuentro con la morena
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En una de mis últimas salidas, acompañé a un biólogo marino que monitoreaba las estaciones de censo. Descendimos por la pared de la Punta del Pino, a 18 metros. El fondo estaba salpicado de erizos de mar y anémonas. De repente, una morena gigante, de casi metro y medio, emergió de una grieta. El biólogo me dijo que la conocía: la llamaban "la abuela", porque llevaba años en ese mismo refugio. Abrió la boca, mostrando dientes afilados, pero no era amenaza, solo respiraba. Nos observó un instante y se retiró lentamente. Esa escena me recordó que estos acantilados no son solo un paisaje bonito; son hogar de criaturas que merecen respeto. El buceo aquí debe ser contemplativo, no intrusivo. Cada vez que veo a turistas tocar el coral o perseguir peces, pienso en la morena que confía en que no la molestemos.
El futuro: sostenibilidad entre dos provincias
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La gestión de Maro-Cerro Gordo es un caso de estudio para la Costa Tropical. Se extiende entre Almuñécar y Nerja, dos municipios que compiten en oferta turística pero colaboran en la protección. Este verano, se han instalado boyas ecológicas para evitar que los fondeos dañen la posidonia. Los centros de buceo locales ofrecen charlas gratuitas sobre la normativa. Y la lanzadera de Cantarriján se ha copiado en otras calas, como la de La Herradura. Pero el desafío sigue: la presión humana no cesa, y el cambio climático añade incertidumbre. Por eso, cada visitante tiene la responsabilidad de ser un guardián temporal. Si todos actuamos como si el coral naranja fuera nuestro —porque lo es, patrimonio de todos—, estos arrecifes seguirán brillando bajo el agua.
Hasta la próxima — la Costa os espera, de Almuñécar a la Axarquía.
